(Derechos de autor, protegidos)
Era mediados de los maravillosos años
70s. Todo lo difícil lo resolvíamos de manera fácil, y lo fácil se nos tornaba difícil.
Empezábamos a hablar de extraterrestres, teorías conspirativas, contracultura,
predicas anticlericales, y nos íbamos haciendo contestatarios a las políticas y
los órdenes establecidos. Éramos una generación de jóvenes rebeldes convencidos
de que podríamos cambiar el mundo, con flores, amor libre y rock & roll.
¿Cuándo la conocí, y cuándo empezamos
a recorrer juntos los polvorientos caminos de nuestro terruño? Se me hace difuso
en el espacio-tiempo-recuerdo. Debió ocurrir como un acto mágico, algo fortuito
que de pronto ocurrió, y listo.
Angiolina, a quien siempre llamé
Angie, era una hermosa criatura con todos los atributos físicos para ser
considerada una chica linda. Su gracia latina mezclada con sus rasgos europeos
la exponían fácilmente a la curiosidad pública, pues era evidente que no
encajaba en el contexto que habitábamos, se notaba que no pertenecía al lugar,
pero por azares del destino, estaba allí. Su atractivo físico y encanto se
hacían notar por donde pasaba; los jóvenes se enamoraban fácilmente, y también había
muchos varones adultos suspirando al verla pasar.
Coincidimos en estudiar en la misma
escuela secundaria, por lo que nos veíamos a menudo. En esas circunstancias, en
algún momento hicimos un pacto de hermandad (A veces pienso que, en su
sapiencia juvenil, Angiolina me conminó a este juramento para evitar algún
desborde de mi libido) Debo alegar que siempre estuve tentado de mandar al
demonio esa promesa e intentar cometer incesto con mi hermana postiza, pero la
adoro tanto que sería incapaz de dañarla, o siquiera contrariarla.
Vagar con Angie era algo
aparentemente inútil, aunque, lo digo yo, el charlar entre ambos, siempre
derivaba, en una prolífica fabricación de mundos, personajes, e historias
fantásticas y delirantes. Vale decir, que muchos de nuestros senderos los
recorríamos consumiendo uno que otro porrito de marihuana…tampoco éramos
viciosos.
¿Que los cerditos no vuelan? Eso resulta una mentira monumental. Una amiga en común, tenía unos kilos demás, y nosotros con mucho cariño, la identificábamos como una hermosa cerdita; pero no era una cerdita cualquiera; si fumaba porros con nosotros, entonces era una cerdita voladora:
<Las cerditas voladoras eran una rara especie de marranas que solo despegaban del suelo durante sus etapas de apareamiento; en esos trances, se embadurnaban con varias capas de maquillaje, se pintaban los ojos y labios, y se llenaban de pendientes y aretes las orejitas para hacerse más atractivas a los machos; entonces emprendían vuelo, y desde arriba oteaban en qué lugar había concentraciones de marranos machos, para descender y provocarles…Por alguna extraña razón, nuestra cerdita amiga, pasada la etapa de celo, siempre volvía a nosotros virgen e inmaculada…>
Angie y yo teníamos suerte, pues entre nuestra pobreza económica y nuestras carencias nos topábamos con personajes y realidades sensibles a ser reescritas en sus contextos. Unas cuantas veces nos cruzamos con un tipo de una delgadez en extremo, muy inspiradora para nuestra imaginación:
<Ese flaquito es tan flaquito que se viste con manguera. Tiene cuatro o cinco trozos de manguera de diferentes colores. Se viste con un trozo de manguera, cuando este se ensucia, se lo quita, escoge otra manguerita de otro color, y listo, ya cambió de ropa. Siempre que nos topábamos con él, a hurtadillas y en voz baja, hacíamos esta alusión y sonreíamos…>
Otro de nuestros personajes recreados era el Muerto Javier. Él ya tenía ese apodo cuando lo conocimos, y entre nuestras fantasiosas realidades inventadas lo asumimos como si realmente fuese un cadáver andante:
<Con nuestra amiga la cerdita voladora, Angie y yo solíamos visitar algunas noches al Muerto. Tocábamos su puerta y al unísono pronunciábamos su nombre, él siempre respondía de inmediato, pero tardaba en salir. Nosotros cuchicheábamos que se demoraba, pues no debería resultarle fácil ocultar su ataúd. Al recibirnos era muy amable, creo que le parecíamos divertidos, pues siempre nos esperaba con porritos y nos daba licencia para encender su televisor, voltearlo y poner la pantalla contra la pared, bajarle totalmente el volumen y poner rock & roll en el tocadiscos. Esa mezcla de las luces de la pantalla del televisor rebotando en la pared, la música en el tocadiscos, y la acción de pitar los porritos, nos sumergía en un alucinante trance psicodélico. Cuando nos despedíamos, nosotros murmurábamos burlonamente “descansa en paz” …>
El ogro era otro personaje que llegó a nosotros ya con ese apodo. Era un vendedor de marihuana al menudeo:
<El ogro era un enorme afro descendiente, físicamente muy mal parecido; no es que tuviera alguna malformación. Siempre llevaba un rostro de mal humorado, diríamos que era feo por vocación, realmente tenía el aspecto de un ogro, mas, nos estimaba y nos proveía gratuitamente de mariguana. Nosotros también lo apreciábamos, pero claro está que evitábamos interactuar con él en público; socialmente, hay status de belleza y status de fealdad realmente irreconciliables…>
Como pueden notar, al parecer la vida de Angie y la mía transcurrían paralelamente como estúpidas formas de perder el tiempo; pero esa impresión es errónea, Angie y yo éramos amantes del surrealismo y la fantasía, y el re contextuar a nuestros personajes escogidos era un tipo de ejercicio que al menos a mí, me sirvió de mucho para desarrollarme como escritor y artista plástico (¡Gracias a todos aquellos que, queriendo o sin querer, fueron o son un ingrediente a mi inspiración!).
La vida continuó su curso. Angie y yo compartiendo y departiendo risas y fantasía siempre que se podía, y luego retornando a la crudeza de nuestra realidad miserable y copada de carencias. Por allí nos llegamos a dar un par de inocentes besitos, sin que ello significara compromiso sentimental alguno. Éramos hermanos, y punto.
Transcurrían los diez y seis años de edad de Angie, cuando un día, ella se presentó a mi puerta; luego de los afectuosos saludos, nos sentamos en una grada que había a la entrada de mi casa, y ella con su carita compungida me contó:
-He conocido a un hombre un poco mayor que nosotros, con una buena posición económica, y desea matrimoniarse conmigo… ¿Tú qué me aconsejas? –
Ella requería el consejo de un hermano, y yo debía aconsejar como hermano. Entonces dije:
**- ¿Deseas hallar tu plenitud o deseas tener dinero? –
-Solo deseo salir de esta mierda…-



No hay comentarios:
Publicar un comentario