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sábado, 1 de agosto de 2026

DONDE QUEDÓ TU GRÁCIL VUELO





Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




Llevaba varias horas vagando entre la chatarrería buscando piezas para restaurar una motocicleta. Ya casi estaba desanimado, cuando para asombro mío, en el interior de un destartalado Volkswagen escarabajo, hallé un nido de gallinazos de cabeza roja. La madre estaba allí empollando sus huevos. Me pareció un ave hermosa; me aseguré de que no fuera agresiva, y me puse lo más cómodo posible para dedicarme a observarla. Ella no se inquietó para nada con mi presencia; es más, al rato hasta me permitió que le acariciara su desplumada cabecita.

De regreso a casa, sin las piezas necesarias para la restauración de la motocicleta, lo primero que hice fue recabar toda la información posible sobre los gallinazos de cabeza roja. Así, leyendo y consultando sobre la vida de los gallinazos de cabeza roja, repentinamente estaba fascinado con la vida de aquella ave. A la mañana siguiente volví a la chatarrería, pero no para buscar repuestos para la motocicleta, sino para continuar con mi observación de los gallinazos y de su hábitat.

Esta vez, apenas me vio llegar, la madre gallinazo, como si fuera su intención mostrarme sus huevos, se puso de pie al costado del nido. La nidada, como máximo, por naturaleza, debían ser dos huevos amarillentos con algunas manchas oscuras. Sin embargo, esta vez fueron tres; y para redondear lo insólito, el tercer huevo tenía una extraña coloración celeste, y era más grande que el tamaño normal; realmente daba la impresión de tratarse de una joya, en contraste con su nido en medio del basural. Luego de dos meses de abnegada incubación por parte de su madre y su padre por turnos, los tres huevos eclosionaron, el celeste, y más grande, fue el último. Los tres, como todos los polluelos de gallinazo, tenían plumones color marrón, mas, el último se diferenciaba de sus hermanos por ser más grande y mostrar cierta altives en cada uno de sus actos, además, no tenía los ojos en los laterales como los demás de su especie; sus ojos estaban ubicados en el frontis de su rostro, es decir, estaba dotado de vista estereoscópica, como los depredadores, los simios, y los humanos ¡Sí! Su mirada tenía la profundidad del mirar humano. Durante todo ese tiempo yo asistí sin faltar ni un día. Ahora estaba extasiado de ver todas estas características especiales, anatómicas y de comportamiento del polluelo tan especial. En mi mente de artista surrealista, se generaban elucubraciones sobre su origen, que llevaron mi imaginación hacia hechos ocurridos en el pasado de nuestra historia republicana.

<<El bisabuelo de este peculiar pajarraco debió ser testigo presencial de aquella sangrienta batalla del cincuenta y siete, donde ambos bandos, los Partisanos y los Partidistas iban a enfrentarse a balazos por conflictos políticos, pero tuvieron que abstenerse de disparar los Winchester, y lidiarse a puño limpio, a pedradas, con palos, y con bayonetas y arma blanca, pues debido al mal tiempo nunca llegaron las municiones. Luego de casi cuatro horas de continuas escaramuzas bajo la lluvia torrencial, los pocos sobrevivientes de ambos bandos debieron retirarse llevando a sus respectivos heridos y dejando el campo de batalla plagado de cadáveres que, por falta de personal, nadie se tomó la molestia de enterrar.

Durante varias semanas, el bisabuelo del avechucho protagonista de nuestra narración, junto con otros congéneres, debieron revolotear el escenario de la masacre, y luego bajarían a darse su festín de carroña con los restos de los combatientes abatidos. Quizás en esas opíparas ingestas de cadáveres absorbió proteínas con genes de ADN humano que se adhirieron a su propio ADN como genes recesivos, pasando a su prole sin manifestarse, hasta llegar a su biznieto del huevo celeste, en quien se hicieron evidente algunos rasgos humanizados.>>

Al cabo de unas semanas, nuestro personaje ya mostraba un hermoso plumaje negro tornasolado, con destellos verdes y azules. Fue el primero en abandonar el nido… Puedo imaginarme como fue esa crucial despedida:

<<Nuestro joven y hermoso amigo alado extendiendo sus enormes alas y rodeando como en un abrazo a su familia mientras cariñosamente restregaba su cabeza contra las cabezas de sus progenitores y hermanos, luego debió irse entusiasmado, a buscar otros vientos, otras realidades, otro futuro.>>

Por razones de trabajo deje de asistir a la chatarrería por mucho tiempo, y cuando decidí volver, ya no había rastros de lo que fuera el habitáculo de la familia de gallinazos. Pasaron unos meses, y olvidé por completo el asunto.

Un día decidí visitar a mi amigo el loco Gillo en su casona ubicada en la zona más exclusiva de la capital, aunque en contraste, él pasaba penurias económicas; esa enorme y otrora lujosa casa era herencia de sus ancestros adinerados. “El loquito”, como solía llamarlo, andaba muy mal mental y emocionalmente debido al consumo excesivo de diversas drogas y estupefacientes, aun así, era una persona noble y compartíamos nuestra pasión por las motocicletas y el rock duro. Cuando llegué a la casa, Gillo me invito amablemente a pasar a lo que sería su sala ¡¿Y a quién encontré allí?! …¡¡Al gallinazo especial que conocí desde su nacimiento en la chatarrería!! Gillo lo miró con mucho respeto, y me lo presento – Amigo mío, él es el Señor Horacio. Es un halcón que vino volando a visitarme, y me hizo el honor de quedarse a vivir conmigo-… ¡¿Halcón?!...¡¡Pero si este es un gallinazo!!... Mas no tuve el valor de refutarle. El ahora señor Horacio nos miraba desde su silla con la solemnidad y el porte de un excéntrico catedrático en filosofía. Su mirada era atenta y daba la impresión de derrochar inteligencia y hasta ironía; sus ademanes y movimientos se habían sofisticado. En un momento se retiró a mirar desde la terraza al malecón; su andar era lento, con la seguridad de quien se sabe un elemento importante de la escena y del paisaje. Gillo y yo lo mirábamos extasiados, sin pronunciar palabra alguna.

La amistad entre Gillo y Horacio fue in crescendo, hasta convertirse en una simbiosis. Era común ver a ambos juntos por el parque o por el malecón causando la admiración de vecinos y turistas. Los paseos de Gillo y Horacio se convirtieron en todo un acontecimiento para los viandantes del malecón, y hasta de los coches saludaban al gallinazo que iba convirtiéndose en una celebridad mediática - ¡Hola Señor Horacio! – Horacio, casi sin inmutarse, movía su cabecita como asintiendo los saludos, pero su mirada y su invariable postura seguían siendo la de un refinado intelectual académico que estaba allí para observar y escudriñar el comportamiento de los humanos. Se me ocurre que Horacio hasta podía ser un alienígena encarnado en un gallinazo de cabeza roja, para no despertar sospechas de que nos observaba y espiaba quien sabe con qué fines. Las conjeturas que yo iba sacando sobre el extraordinario Horacio, al parecer sí tenían asidero, pues fui testigo de sus conocimientos y reacciones sobre la empatía, el amor, y el desamor de los humanos…

Una tarde Gillo me llamó de urgencia, estaba teniendo una crisis emocional y me necesitaba como soporte. Subí a la motocicleta, y en unos minutos estaba en casa de mi amigo. Me recibió, saludé a ambos, tomamos asiento en la sala, y Gillo, sin mediar palabras se echó a llorar. Yo no sabia qué hacer…o decir. Horacio se puso de pie, caminó hacia donde estaba Gillo, saltó hacia sus rodillas, con su cabecita roja desplumada le restregó las lágrimas de sus mejillas, le miró fijamente, le cubrió el pecho con una de sus alas, y depositó su cabecita sobre el regazo del camarada afligido…

Así continuaron los paseos de Gillo y el Señor Horacio, entre saludos, fotos con turistas, y miradas de curiosos apostados alrededor; pero a horacio parecía no interesarle para nada la fama. Estoy casi seguro que el malecón era su laboratorio; el viento del Pacífico su biblioteca; y su materia de estudio, las personas que se detenían a mirarlo creyendo que observaban un ave, cuando en realidad era él quien los contemplaba y analizaba.

Cuando falleció Gillo, entre todos los familiares y asistentes al velorio apareció Horacio, caminando con marcada actitud de aristócrata, con un refinamiento casi elegante. Para asombro de todos, Horacio, de un brinco saltó sobre el ataúd, por la mirilla de vidrio contemplo a su amigo fallecido, dio dos picotazos sobre la mirilla, brincó hacia el piso y sin perder su compostura se fue. Muchos de los presentes aseguran que Horacio tenía lagrimas en los ojos al salir.

Por los años transcurridos, Horacio también ya debe ser difunto, sin embargo, aun hay personas en el malecón que, de puros despistados, al ver un gallinazo de cabeza roja lo saludan - ¡Hola Señor Horacio! -





















martes, 21 de julio de 2026

TRES PLANOS EN PLENO



Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




La Madre tierra prodigaba todo lo necesario para subsistir, y más… Vivir en esa realidad era realmente una dadiva. Había de todo en cantidad suficiente, y al alcance de la mano. Era lo más cercano a la idealización de un paraíso. Ni siquiera morir era un acto dramático. No existían las enfermedades; quienes cumplían su ciclo de vida, se acostaban por sus propios medios, y dormían soñando sueños hermosos donde la vida, como despedida, les daba la razón en todos sus actos vividos. Los deudos y familiares del difunto solían destaparle el cráneo, extraer los sesos y devorarlos de manera compartida; la creencia era que así se transmitían las habilidades y conocimiento del fallecido. Con ese ritual, además, se presumía que el difunto no se iba, que sus ideas y pensamientos estarían siempre presentes en el clan.

Todo parecía estar calculado para brindar dicha y abundancia; a un lado estaba el río de mediano caudal, cargado de peces, y el resto del perímetro rodeado de escarpadas montañas protegiendo a la comunidad de los vientos y las heladas. Nadie nunca tuvo el aliciente ni la necesidad de salir del lugar. Era un mundo dentro del mundo, sin interrelación, felizmente aislado e ignorado.

Sorpresivamente, una mañana llegaron unos forasteros errantes que atravesaron el río con sus miserias a cuestas. Era evidente que además de su pobreza, traían un profundo temor. Los miembros de la aldea los recibieron con beneplácito, pues hasta ese momento, jamás habían interactuado con nadie venido del otro lado del río, y estos despertaban curiosidad e inspiraban empatía. Les dieron de comer y les proporcionaron cobijo. De primera impresión a todos les pareció una buena idea tener nuevos miembros en la aldea; al fin y al cabo, había subsistencias para todos, y más. Inicialmente no hubo necesidad de imponer costumbres ni cultura, los recién llegados se adecuaron a la forma de vida de los lugareños, sin asperezas.

A las pocas semanas, otro grupo de errantes aparecieron vadeando el río; igualmente fue general la disposición de aceptarlos y darles cobijo, aunque esta vez era aún más notorio el miedo que cada uno de ellos traía consigo. Entre ellos vinieron brujos, shamanes, adivinos, y todo tipo de manipuladores de la mente y las emociones. Aunque lo peor llegó con la cuarta oleada de inmigrantes: la religión; con sus falsos profetas y sacerdotes predicadores de doctrinas que amenazaban con terribles castigos a aquellos que desobedecieran sus pregones. Estos personajes motivaban en la muchedumbre un temor desmedido a la muerte y condenas infernales por toda la eternidad si no fueron obedientes, sumisos, y devotos en vida. Con estos argumentos mantenían a todo el gentío en permanente sentimiento de culpa, remordimiento, y temor por los supuestos castigos divinos que les acaecerían.

Ahora el lugar iba rebasado de una población multirracial y multicultural, donde la gente nativa iba quedando como la minoría. Las creencias y supercherías importadas por los nuevos pobladores fueron calando fácilmente en las mentes de los oriundos pobladores, otrora libres de lastres emotivos y espirituales. De a pocos, la alegría fue siendo reemplazada por la ansiedad, temores irracionales, fobias, y angustias obsesivas. Aquella comuna rebosante de plenitud, ahora era una sociedad enferma y apática. La muerte empezó a presentarse como un verdadero drama finalizador, y los hijos de los aborígenes cambiaron el antiguo ritual de devorar los sesos de los difuntos para asimilar las habilidades y conocimiento del fallecido por el llanto y los rezos. Ya no había forma de acudir a la sabiduría de los ancestros.

En un escaso lapso de tiempo, cuatro generaciones habían estado expuestas a estas predicas invasivas y contaminantes. Gente obsesionada orando, implorando, auto flagelándose física y mentalmente; y viviendo su muerte mucho antes de morir.

Las personas enfermas de espíritu, enferman el lugar que habitan y el suelo que pisan. La tierra dejó de ser fructífera; cada vez había menos frutos para consumo humano, y menos pasto para el ganado. Todo había degenerado; no solo eran las supercherías de los brujos, astrólogos, adivinos, shamanes; las sectas, y religiones… ¡Sí! Pluralizo, pues no era una sola secta ni una sola religión; estas habían proliferado en número y también en cantidad de dioses y credos. Cada secta y cada religión aseguraba que su culto estaba dirigido a un dios único y verdadero; lo cual desembocaba en una rivalidad, que terminaba en enfrentamientos de devotos radicales, los cuales peleaban por la supremacía y exclusividad de su dios.

Era frecuente, de pronto hallarse en medio de una multitudinaria gresca de gente armada con palos y piedras, y dándose a matar. La otrora armonía reinante en el lugar, por culpa de las sectas y las religiones, se había convertido en el escenario de cruentas batallas campales con muertos y heridos.

Para cuando las matanzas se hicieron un accionar de cada día, los grupos neutrales y los no radicales fueron abandonando el que alguna vez fuera un lugar paradisiaco y acogedor.

Los grupos de fugitivos que salían huyendo en todas direcciones, en su camino se encontraban cara a cara con gentíos que venían en sentido contrario; paradójicamente, estas muchedumbres también huían de situaciones similares, pero en versión macro. A sus espaldas estaban dejando sangrientas guerras santas, en las que se masacraban todos contra todos, cada uno luchando por la convicción de que su dios era el verdadero por encima de los demás.

Todos y cada uno de los bandos juraban que su dios era el único, el verdadero, y que era todo amor.






























lunes, 6 de julio de 2026

FRENTE A FRENTE SIN REGLAS





Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




Si hay un bicho cuya sola presencia me provoca repulsión extrema y pánico, esa es la cucaracha. Desde su nombre ya me motiva asco y fobia.

Empezaré por contarles que, debido a una enfermedad degenerativa, solo me es posible caminar con la ayuda de un andador ortopédico. Y bueno, una mañana cualquiera, estaba yo en pantaloncillos cortos y descalzo, sentado en mi sillón de descanso, viendo en la televisión uno de esos estúpidos programas que uno ve, pero jamás mira. Fue entonces cuando desde la cocina ingreso un soberbio ejemplar de asquerosa cucaracha, fornida, robusta, y de reluciente caparazón. En comparación conmigo, vaya que era una diminuta alimaña, pero ya les he comentado la repulsión que en mi provocan estos asquerosos insectos.

Un rápido paneo de inspección a la habitación donde estaba yo, y se quedó mirándome fijamente. Sus ojos se veían fieros y cargados de odio ¡Sí! Estoy seguro. Ese bicho me estaba odiando. Con determinación giró con dirección a mí, y empezó a caminar amenazante. Yo me moría de miedo, y tenía desechada la idea de darle un pisotón. Estaba descalzo, ni pensar en aplastarla con mis pies desnudos. Hubiera querido salir huyendo a la carrera, pero obviamente eso me era imposible.

Mirándome fijamente con sus ojillos de ente maligno, el bicho siguió viniendo hacia mí. Era evidente que había olfateado mi miedo, y se regocijaba intimidándome.

Cuando estuvo cerca de mis pies, claramente sentí que rozó con sus antenas el dedo gordo de mi pie derecho. Cerré mis ojos apretadamente y solo atiné a hacer aspavientos con los brazos y patalear como un poseído.

Me detuve por cansancio, entonces recién abrí los ojos y miré entre mis pies. La cucaracha o cucaracho, tenía ambos ojos morados por hematomas; sangraba profusamente por la nariz; le faltaban dos dientes, y tenía el labio inferior literalmente reventado… Menuda pateadura que le había propinado. Pero ni eso lo había desanimado, el bicho continuaba amenazante. Tuve miedo y pánico; temí su venganza…

Desesperadamente miré a todos lados buscado una forma de escapar, una ayuda. No muy lejos de mi mano derecha vi algo ¡¡Eureka!! ¡¡Allí estaba!! ¡Un pote en spray de BLACK FLAG RAID! Lo anunciaban como la muerte segura para cualquier bicho. Aseguraban que era tan extraordinario que, si se lo rociabas en la cara, podrías matar un elefante. Envalentonado, tomé entre mis manos el spray, apunte a la cucaracha, y le vacié todo el contenido, para asegurarme de no tener que volver a lidiar con aquel repugnante insecto.

Pero, para mi desgracia, en unos instantes, cuando se disipó la nube provocada por el spray, pude ver, que la acción del cucarachicida había sido inútil. El bicharraco seguía con vida, y a modo de mofa, levantó su pata derecha delantera, y con la izquierda se rascó la axila, como diciéndome que mi sobrevalorado spray, para él, era como un desodorante…

Ahora sí estaba en problemas. Cucaracha y yo, frente a frente. Yo sudaba frío y temblaba de miedo, cuando miré mi mano derecha, y vi que tenía una alternativa…

Con el pote del spray le pegué un soberano porrazo sobre el lomo; un fuerte crujido de exoesqueleto reventado, y solo quedó un amasijo de patas, alas, antenas, y vísceras descuajeringadas.

BLACK FLAG RAID, muerte segura para las cucarachas…

























domingo, 21 de junio de 2026

CON LAS ALAS DESPLEGADAS




Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




Hay atardeceres en los que la agonía del sol te pone los pelos en punta.

Muy lentamente el pequeño autito iba deslizándose cuesta abajo. Yo con ambas manos encadenadas al timón del volante, hacía lo imposible para no patinar; para ello, desesperadamente iba haciendo cortos giros hacia la izquierda y a la derecha. La carretera estaba completamente empapada por la persistente lluvia. Así resultaba sumamente difícil mantener el control del vehículo, además de la casi nula visibilidad. Por esas razones, aunque deseaba salir volando de esa situación, no aceleraba la marcha.

Mis dos pasajeros sentados en los asientos de atrás me aterraban. Su aspecto era macabramente extraño. La piel de sus rostros se mostraba extremadamente pálida y escamosa; la cubierta de sus cráneos era transparente, por lo que sus sesos quedaban expuestos a la vista. Pero no es esto lo que me resultaba más espeluznante, sino, el continuo chirrido que hacían con sus afilados colmillos …Lo que yo temía es que estuviesen tramando atacarme a dentelladas, y devorarme. Debía mantenerme concentrado en el camino, pero también debía mantener la vigilancia de mis dos pasajeros, aunque sí decidieran atacarme, poco o nada podría hacer para defenderme con las manos encadenadas; igual, procuraba no quitarles la vista de encima ayudándome con el rabillo del ojo.

¿En qué momento y en qué circunstancias me fui de esa realidad?

Cuando recuperé la conciencia, estaba sentado sobre el asfalto de una carretera. Mis manos habían sido liberadas del volante del autito, mas, continuaban encadenadas una a otra a la altura de las muñecas[O1] ; ya no había autito ni los aterradores seres que venían como mis pasajeros.

Unos momentos cavilando sobre que hacer hasta que, para mi sorpresa, por el carril contrario apareció un hombrecillo desnudo, con un tórax y espalda descomunales en proporción a su talla; su cabeza enorme iba sobre un cuello también desproporcionado que daba la impresión de tener unida la mandíbula a los hombros. Su rostro era fiero, y parecía estar malhumorado. Venía halando una roca un poco más grande que él; haciendo un gran esfuerzo tiraba de ella con unas gruesas lianas.

Al pasar frente a mí, el hombrecillo me echó una mirada escudriñadora que me heló la sangre y me dejó inmóvil. Lo vi recoger sus lianas con aparente serenidad, y empezó a manipularlas haciéndole nudos. El movimiento para mí fue tan de improvisto, que solo me enteré de que yo era el objetivo, cuando; de un certero lance ya me había lazado con su liana maniatándome los codos a la altura de la cintura. Seguidamente, empezó a tironearme con rudeza, hasta arrojarme de cara al piso. La fricción contra la aspereza del piso literalmente me estaba desollando. Al llegar a su alcance, se preocupó de atarme con más eficiencia, y me levantó como un fardo sobre su hombro, y emprendió la caminata conmigo a cuestas.

No muy lejos, me hizo ingresar en una casucha destartalada, en cuyo centro había un fogón encendido, y sobre él una gran olla echando vapor. Me bajó de su hombro, tomó mis encadenadas manos con su mano izquierda, las jaló por sobre el vapor hirviente que manaba de la olla, y antes que yo siquiera sospechara algo, cogió un hacha y me cercenó ambas manos a la altura de las muñecas, cayendo estas al interior de la olla. Luego introdujo mis muñones en su boca y empezó lamer y succionar la sangre que manaba por la zona de la mutilación.

Calculando que ya estaban en su punto de cocción, sacó mis manos de la olla y empezó a comerlas con avidez.

Nuevamente era de tarde, y yo nuevamente en el autito bajando por una pendiente, pero esta vez sentado es una posición, por demás incomoda; ahora sin manos y con los pies desnudos encadenados al volante. En mi afán de no desbarrancar o estrellarme, iba haciendo maniobras y piruetas con mis piernas y pies. De pronto pude ver que esta vez también llevaba a mis dos anteriores pasajeros en el asiento de atrás. Los vi, y venían besándose y acariciándose muy efusivamente, lo cual me resultó muy tranquilizador. Yo seguía con mi empeño de no perder el control del vehículo. Atrás, las caricias y besos fueron subiendo en apasionamiento. Ahora se golpeaban, arañaban y mordían, lastimándose sin miramientos. Las heridas eran cada vez más profundas y evidentes. Literalmente se estaban devorando. Había trozos de carne y regueros de sangre por los vidrios y todo el interior del autito…

Hay atardeceres en los que la agonía del sol te pone los pelos en punta.

















lunes, 8 de junio de 2026

DE TAL PALO…




Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




<<Así fuimos creados, a imagen y semejanza de un Dios dual, mezcla de Dios y demonio, luz y oscuridad. Él mismo se describe cuando nos dice -Yo hago el bien, y también hago el mal- …esto consta en los escritos bíblicos.

Un Dios bipolar, celoso, vengativo, y castigador…y nosotros con sus genes entre nuestro diseño.

Así, con todas esas taras en su esencia, nos creó, exactamente idénticos a él. En su libro sagrado hay escritos a su nombre arengando a su pueblo elegido - ¡Mátenlos a todos, hombres, mujeres y niños, pues ellos no creen en mí, no me adoran! - Si aparentemente todos somos sus hijos, si se auto proclama un Dios todo amor ¿Por qué reclama la sangre de sus propias criaturas? ¿Acaso el amor se impone…?>>

Quincho Huamán era un humano común y corriente, un joven provinciano, devoto por herencia y por convicción. Para su sustento, se dedicaba a la venta de periódicos y revistas en un quiosco a la entrada de la zona. Quincho estaba enamorado de una agraciada niña aun en edad escolar. Los padres de la niña hallaban en la etnia y en la condición económica de Quincho, razones para oponerse a esa relación, por lo cual prohibieron a la niña mantener ni siquiera amistad con el susodicho; lo cual, la niña prometió acatar.

El día Sábado, muy temprano, en horas en que aun mucha gente permanecía durmiendo; como era su rutina, la niña salió acompañada de su hermanita de nueve años a trotar por los rededores de la zona.

Cuando el dúo de niñas pasó frente al quiosco de Quincho, este salió a la carrera a su encuentro; llevaba dos botellas de plástico apretadas entre su brazo izquierdo y su pecho. Con la mano derecha intentó tomar del brazo a la niña objeto de su amor, pero esta logró zafarse, dio dos pasos hacia atrás, y le dijo que se alejara, que ella no tenía nada que hablar con él.

Como si estuviera siguiendo un guion escrito con anterioridad, Quincho destapo una de las botellas y rápidamente le roció el contenido sobre el rostro. La niña lanzó un grito de dolor y se llevó las manos a los ojos…el líquido era ácido muriático. La niña daba espeluznantes chillidos mientras sus pies giraban errabundos. El ácido estaba lacerando sus ojos y las mucosas de la nariz y la boca. Su hermanita, invadida por el estupor, solo se limitaba a llorar, paralizada.

Aprovechando que su víctima eventualmente le dio la espalda, Quincho extrajo de entre sus ropas un enorme cuchillo de cocina, y empezó a asestarle una tras otra, catorce cuchilladas. Cuando la niña cayó al piso dando sus últimos estertores, Quincho destapó la segunda botella y la roció sobre su víctima…era gasolina, seguidamente, le prendió fuego, y salió huyendo a la carrera. Como un poseído mientras corría hacía molinetes con los brazos.

Cuando atraparon a Quincho Huaman, por su crimen lo condenaron a cadena perpetua.

Quincho amaba locamente a la niña, como ella decidió no corresponderle, él la mató de la manera más cruel.

<< ¿Qué diferencia hay entre el crimen de Quincho Huaman y los crímenes que perpetra el Dios bíblico? En ambos casos el móvil es la negación a entregar amor o adoración ¿Es que acaso el amor se impone…?

 ¿Cuál será la condena que se le impondrá al Dios bíblico, por todas las crueldades a las que somete a sus criaturas? Es lógico sospechar que ese Dios es un farsante…>>








martes, 12 de mayo de 2026

SORORITAS AETERNA




Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




Era mediados de los maravillosos años 70s. Todo lo difícil lo resolvíamos de manera fácil, y lo fácil se nos tornaba difícil. Empezábamos a hablar de extraterrestres, teorías conspirativas, contracultura, predicas anticlericales, y nos íbamos haciendo contestatarios a las políticas y los órdenes establecidos. Éramos una generación de jóvenes rebeldes convencidos de que podríamos cambiar el mundo, con flores, amor libre y rock & roll.

¿Cuándo la conocí, y cuándo empezamos a recorrer juntos los polvorientos caminos de nuestro terruño? Se me hace difuso en el espacio-tiempo-recuerdo. Debió ocurrir como un acto mágico, algo fortuito que de pronto ocurrió, y listo.

Angiolina, a quien siempre llamé Angie, era una hermosa criatura con todos los atributos físicos para ser considerada una chica linda. Su gracia latina mezclada con sus rasgos europeos la exponían fácilmente a la curiosidad pública, pues era evidente que no encajaba en el contexto que habitábamos, se notaba que no pertenecía al lugar, pero por azares del destino, estaba allí. Su atractivo físico y encanto se hacían notar por donde pasaba; los jóvenes se enamoraban fácilmente, y también había muchos varones adultos suspirando al verla pasar.

Coincidimos en estudiar en la misma escuela secundaria, por lo que nos veíamos a menudo. En esas circunstancias, en algún momento hicimos un pacto de hermandad (A veces pienso que, en su juvenil sapiencia, Angiolina me conminó a este juramento para evitar algún desborde de mi libido) Debo alegar que siempre estuve tentado de mandar al demonio esa promesa e intentar cometer incesto con mi hermana postiza, pero la adoro, y sería incapaz de dañarla, o siquiera contrariarla.

Vagar con Angie era algo aparentemente inútil, aunque, lo digo yo, el charlar entre ambos, siempre derivaba, en una prolífica fabricación de mundos, personajes, e historias fantásticas y delirantes. Vale decir, que muchos de nuestros senderos los recorríamos consumiendo uno que otro porrito de marihuana…tampoco éramos viciosos.

¿Que los cerditos no vuelan? Eso resulta una mentira monumental. Una amiga en común, tenía unos kilos demás, y nosotros con mucho cariño, la identificábamos como una hermosa cerdita; pero no era una cerdita cualquiera; si fumaba porros con nosotros, entonces era una cerdita voladora:

<Las cerditas voladoras eran una rara especie de marranas que solo despegaban del suelo durante sus etapas de apareamiento; en esos trances, se embadurnaban con varias capas de maquillaje, se pintaban los ojos y labios, y se llenaban de pendientes y aretes las orejitas para hacerse más atractivas a los machos; entonces emprendían vuelo, y desde arriba oteaban en qué lugar había concentraciones de marranos machos, para descender y provocarles…Por alguna extraña razón, nuestra cerdita amiga, pasada la etapa de celo, siempre volvía a nosotros virgen e inmaculada…>

Angie y yo teníamos suerte, pues entre nuestra pobreza económica y nuestras carencias nos topábamos con personajes y realidades sensibles a ser reescritas en sus contextos. Unas cuantas veces nos cruzamos con un tipo de una delgadez en extremo, muy inspiradora para nuestra imaginación:

<Ese flaquito es tan flaquito que se viste con manguera. Tiene cuatro o cinco trozos de manguera de diferentes colores. Se viste con un trozo de manguera, cuando este se ensucia, se lo quita, escoge otra manguerita de otro color, y listo, ya cambió de ropa. Siempre que nos topábamos con él, a hurtadillas y en voz baja, hacíamos esta alusión y sonreíamos…>

Otro de nuestros personajes recreados era el Muerto Javier. Él ya tenía ese apodo cuando lo conocimos, y entre nuestras fantasiosas realidades inventadas lo asumimos como si realmente fuese un cadáver andante:

<Con nuestra amiga la cerdita voladora, Angie y yo solíamos visitar algunas noches al Muerto. Tocábamos su puerta y al unísono pronunciábamos su nombre, él siempre respondía de inmediato, pero tardaba en salir. Nosotros cuchicheábamos que se demoraba, pues no debería resultarle fácil ocultar su ataúd. Al recibirnos era muy amable, creo que le parecíamos divertidos, pues siempre nos esperaba con porritos y nos daba licencia para encender su televisor, voltearlo y poner la pantalla contra la pared, bajarle totalmente el volumen y poner rock & roll en el tocadiscos. Esa mezcla de las luces de la pantalla del televisor rebotando en la pared, la música en el tocadiscos, y la acción de pitar los porritos, nos sumergía en un alucinante trance psicodélico. Cuando nos despedíamos, nosotros murmurábamos burlonamente “descansa en paz” …>

El ogro era otro personaje que llegó a nosotros ya con ese apodo. Era un vendedor de marihuana al menudeo:

<El ogro era un enorme afro descendiente, físicamente muy mal parecido; no es que tuviera alguna malformación. Siempre llevaba un rostro de mal humorado, diríamos que era feo por vocación, realmente tenía el aspecto de un ogro, mas, nos estimaba y nos proveía gratuitamente de mariguana. Nosotros también lo apreciábamos, pero claro está que evitábamos interactuar con él en público; socialmente, hay status de belleza y status de fealdad realmente irreconciliables…>

Como pueden notar, al parecer la vida de Angie y la mía transcurrían paralelamente como estúpidas formas de perder el tiempo; pero esa impresión es errónea, Angie y yo éramos amantes del surrealismo y la fantasía, y el re contextuar a nuestros personajes escogidos era un tipo de ejercicio que al menos a mí, me sirvió de mucho para desarrollarme como escritor y artista plástico (¡Gracias a todos aquellos que, queriendo o sin querer, fueron o son un ingrediente a mi inspiración!).

La vida continuó su curso. Angie y yo compartiendo y departiendo risas y fantasía siempre que se podía, y luego retornando a la crudeza de nuestra realidad miserable y copada de carencias. Por allí nos llegamos a dar un par de inocentes besitos, sin que ello significara compromiso sentimental alguno. Éramos hermanos, y punto.

Transcurrían los diez y seis años de edad de Angie, cuando un día, ella se presentó a mi puerta; luego de los afectuosos saludos, nos sentamos en una grada que había a la entrada de mi casa, y ella con su carita compungida me contó:

-He conocido a un hombre un poco mayor que nosotros, con una buena posición económica, y desea matrimoniarse conmigo… ¿Tú qué me aconsejas? –

Ella requería el consejo de un hermano, y yo debía aconsejar como hermano. Entonces dije:

**- ¿Deseas hallar tu plenitud o deseas tener dinero? –

-Solo deseo salir de esta mierda…-






















sábado, 9 de mayo de 2026

CAMINOS LABERINTOSOS




Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




Hace mucho tiempo suelo hacerlo. Desde el suicidio de mi hermano me quedó el reflejo de la disposición a hacerlo cada vez que se presentaba la ocasión. Una de las secuelas que me dejó esa tragedia fraterna, fue un sentimiento de culpa, que me aqueja por no haber sido capaz de socorrerlo cuando él más lo necesitaba. Ello me empuja a reaccionar para intentar evitar que otros seres humanos vivan dramas similares… Así me convertí en un “Comedor de pecados”.

No soy un Maestro en estos menesteres, solo soy un aprendiz, pero he acumulado suficiente conocimiento como para aliviar algunos pecados de los que acuden a mí por ayuda.

Esto funciona así:

<<El afligido acude con su pesar, en busca del ”Comedor de pecados”, que hasta ese momento está en paz. El afligido narra al ”Comedor de pecados” el motivo de su aflicción. El ”Comedor de pecados” va escuchando atentamente, y va involucrándose en el problema del afligido para ser lo más acertado posible al momento de emitir su consejo. Su consejo dará alivio y sosiego al antes afligido y ahora este se irá desahogado y con su carga superada, mientras el ”Comedor de pecados”, ahora se queda lleno con una aflicción completamente ajena.>>

Existen varios trucos y protocolos que ayudan al ”Comedor de pecados” a superar esas cargas y sus secuelas: Beber cerveza caliente para auto inducirse a eructar; a vomitar; o defecar; esas acciones suelen liberar la carga psicológica y emotiva…

Esta historia ocurrió hace algunos años, y ha sido uno de los casos más difíciles y dramáticos que he asistido.

Una buena amiga de Facebook, seguidora de mis publicaciones de arte surreal, me escribió por chat. Serían aproximadamente las ocho de la noche…

-Hermanito hay algo muy intimo que deseo contarte. Algo me indica que puedo confiar en ti ¿Puedo hacerte una llamada de audio?

Presto, acepté la llamada...

-Empezaré por decirte que tengo sesenta y nueve años, tengo un hijo de treinta y tres años, que es arquitecto. Mis días transcurrían en paz, entre una vida económicamente solvente, además poseía varias propiedades inmuebles en pleno centro de Buenos Aires.

-Hace algunos años, mi hijo trajo a un colega contemporáneo, de visita por unos días; tiempo suficiente para que hiciéramos una gran amistad, y hasta hiciéramos planes para construir una enorme y vanguardista playa de estacionamiento en un gran terreno que yo tenía en el centro de la ciudad.

-Debido a nuestros ahora planes en común, la estadía del amigo de mi hijo en casa, fue prolongándose.

-Casi sin darnos cuenta, el amigo de mi hijo y yo, pronto nos vimos envueltos en una relación sentimental.

**…Pero tú le doblas la edad…No creo que haya sido buena la idea, pero es tu opción…

-Al inicio, el me encaró que mejor olvidáramos esa relación, pues él se sentía incomodo de ser pobre, y tener que actuar como dependiente absoluto de mi dinero. Yo, que ya estaba perdidamente enamorada, le ofrecí el manejo y administración de todos mis bienes. Él, inicialmente se resistió, pero ante mis insistencias, aceptó. Le di el poder de manejar mi vida.

*Voy avizorando que fuiste de error en error…

-Por varios años fui muy feliz a su lado, hasta que el año pasado noté en él una baja en su interés, comenzó a ausentarse cada vez más seguido, y nuestra comunicación fue limitándose a lo estrictamente cotidiano… Hasta que unos meses atrás, él me dijo que ya no se sentía bien a mi lado, y que había decidido irse de casa. Yo le pedí explicaciones llorando, pero sin darme razones, cargó con sus maletas, que ya las tenía listas, abordó el auto que con mi dinero compró, y se fue…

**Vaya vaya, ocurrió lo que por defecto tenía que ocurrir. Lo siento amiga. Creo que ya ni vale la pena llorar…Es un hecho que, por los detalles que me das, desde el inicio ya tenía un final anunciado.

-Esta noche, a partir de la medianoche, cumpliré mi onomástico setenta, y las leyes aquí en Argentina declaran como inimputable de cualquier delito a quien fuere, a partir de los setenta años. Entiende esto. A partir de esta noche estoy facultada para matar a ese desgraciado, y no sufrir consecuencias. Con lo que me ha hecho, me ha matado en vida. Yo voy a matarlo realmente; lo destriparé. Tengo planeado al detalle su final; esparciré sus tripas por todo el vecindario, y me bañaré toda con su mugrosa sangre.

**Cálmate amiga. Estás llevando esto demasiado lejos ¡No sigas hermana! Si ya te jodió la vida ¿Encima quieres condenar tu alma a cargar con su muerte?

-Tengo el cuchillo entre mis manos. Siento que debo ir a buscarlo ahora mismo. No debo fallar. Siento aquí a mi diestra al maldito acosándome. Ahora él guía mis manos y se está apoderando de mi voluntad ¡¡No puedo dar marcha atrás!! ¡¡Me ordena que vaya a matarlo ahora mismo!!

-¡¡Es el mismo demonio en persona quien me empuja a matar!! ¡¡Hermanoooo!! ¡¡Hermanitooo!! ¡¡No me dejes sola con él!!

Era muy pasada la medianoche. Mi amiga no cesaba de chillar y vociferar; llevábamos muchas horas en ese trance. Ni siquiera sabía a qué me enfrentaba, y a cada minuto empeoraba todo. De muy buena gana hubiera apagado el ordenador y me hubiera largado a dormir, pero mis principios, mis reflejos y mis recuerdos me impedían abandonar a alguien en esas circunstancias…

-¡¡Hermanito!! ¡No quiero condenar a mi alma con semejante pecado, pero el Demonio guía mis actos y me está obligando a matar! ¡¡No te vayas!! ¡No me dejes sola!

**No me iré, confía en mí ¡No te dejes vencer! ¡¡Rezaaaa!! Sea cual sea tu Dios ¡¡Rezaaaaaa!!

No sabía si se trataba de un caso de auto sugestión, un cuadro esquizofrénico, o realmente se trataba de un acto de posesión diabólica. Definitivamente, creo que no estaba facultado para manejar ninguno de estos casos…si apenas era un aprendiz de ”Comedor de pecados”. Pero ya me hallaba metido en ello, y no estaba dispuesto a aceptar mi derrota, ni siquiera ante el mismo Satanás.

Ya era un poco más de las cuatro de la madrugada, y nuestra comunicación continuaba en el mismo tenor. Debió ser por el agotamiento físico y mental, que poco a poco nuestras palabras se hicieron menos dramáticas y más distanciadas, hasta que debí caer vencido por el sueño, un sueño plagado de sangrientas y espeluznantes pesadillas. De allí estuve varios días agotado, con dolores articulares, lleno de ansiedad, y con terribles pesadillas.

A al cabo de unos días, mi amiga me escribió agradeciéndome mi apoyo, y me dijo que estaba pasando por un periodo de mucha paz …Y yo, psíquica, física, y emocionalmente, con mi vida hecha un caos.