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viernes, 25 de septiembre de 2026

EMBRIONES




Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




Aquella tarde ocurrió una seguidilla de acontecimientos que pasaban por ser presagios de malos augurios. El atardecer tiñó el cielo de rojo carmesí, cual si el ocaso estuviera desangrándose; luego las aguas se retiraron varios metros mar adentro, como si este tuviera temor de algo terrible que estaba por suceder. La noche cayó entre un zumbido perturbador que no se sabía de donde provenía, pero estaba presente en todo el ambiente. Gente de todos los lugares aledaños se fueron apostando cautelosamente en las riberas, llenos de curiosidad y temor. Fue entonces que de entre las arenas húmedas empezaron a emerger unos seres difíciles de distinguir en medio de la oscuridad; lo que sí resultaba notorio era el número, rápidamente se multiplicaban, en unos instantes coparon todo el litoral hasta donde la vista alcanzaba, y seguían saliendo más y más, parecía que las entrañas del subsuelo se habían desbocado pariendo de manera interminable estas raras criaturas. Los lugareños, un tanto aturdidos por el zumbido que acompañaba la dantesca escena, como si estuvieran siendo hipnotizados permanecían oteando estupefactos, haciéndose cada vez más visibles y vulnerables a cualquier posible hostilidad por parte de los recién llegados; quizás esa era la función efecto del zumbido que se esparcía en el espacio. De pronto, como si se tratara de una macabra coreografía, las criaturas alzaron sus brazos, lanzaron un gruñido ensordecedor, y amenazadores se lanzaron a la carrera contra los grupos de curiosos ubicados en las riberas. Solo unos cuantos lograron reaccionar y huir, los de las primeras líneas fueron alcanzados, despanzurrados, y rápidamente devorados. Las huestes infernarles tenían garras fuertes y filudas, así como mandíbulas dotadas de dientes aserrados, que desgarraban la carne y tendones con gran facilidad. Cuando alcanzaban a sus presas, empezaban mordisqueando los genitales y las partes blandas; aun con vida les devoraban las entrañas a sus víctimas, continuaban luego con los músculos y tendones hasta dejar solo las osamentas completamente descarnadas, entonces se lanzaban sobre una nueva víctima.

Las personas que lograron escapar de la primera embestida de la apocalíptica horda, corrían por sus vidas, y aunque no había comunicación oral, a su paso todos se alertaban y se unían a la huida aun sin saber de qué huían; era fácil leer y contagiarse del pánico de los huyentes. El dantesco enjambre solo se detenía unos instantes para devorar a cualquier ser vivo que tuviera sangre y carne, luego continuaban para atrapar la siguiente presa.

Conforme iban asolando y desolando aldeas y caseríos, también seguían creciendo en número; y es que esta especie de seres, todas eran hembras, y no requerían de machos para procrear; se reproducían por partenogénesis, eso les permitía parir y reproducirse mientras continuaban cazando.

El fenómeno de la repentina aparición de estos seres se había dado en todas las playas del mundo, era un fenómeno global, y en su avance hacia el interior de la parte continental iban acorralando a todos los seres vivos, haciendo inminente que sucumbieran a su voracidad. Cuando todos los frentes convergieron en los centros de las zonas continentales, detrás de ellos dejaban diezmado y aniquilado todo tipo de vida caminante, voladora o rastrera, excepto algunos insectos pequeños.

Ahora ya no quedaba nada que pudiera saciar la enorme voracidad de las infernales huestes. Frente a frente, se miraron a los ojos, lentamente fueron alzando los brazos; un alarido estentóreo, que se oyó por toda la faz del mundo; pues un calco de este evento se estaba dando en todos los puntos centrales de las zonas continentales. Entonces se desató el canibalismo, especie contra especie, raza contra raza; hermana contra hermana…La matanza en pro de la tragazón, Todos contra todos; la sangre inundando el suelo; alaridos amenazantes, gritos de dolor, ayes de agonía. Nadie se detenía, ataque y defensa. La muerte no cesaba de danzar de aquí para allá… Igualmente, la vida continuaba brotando.

Muchas de estas criaturas iban pariendo mientras atacaban y eran atacadas. Era tan insaciable su voracidad que, las madres alumbraban, y al instante devoraban a sus crías intentando evitar que las demás las despojaran de esos bocados.

Cada vez eran menos en pie; los campos iban quedando cubiertos únicamente por osamentas desnudas, y es que estos seres infernales no desperdiciaban nada, ni musculo, ni piel… hasta la sangre que caía era lamida del piso. La vida valía poco en ese contexto, un bocado de carne importaba más que exponer la existencia.

Cuando solo quedaron unas pocas, empezaron las persecuciones, muchas de ellas como actos suicidas. Literalmente morían por su desmedida glotonería.

Finalmente, las pocas sobrevivientes que quedaron, se guarecieron de manera solitaria en cavernas, o se retiraron hacia las montañas, pero lamentablemente sin oportunidad de sobrevivencia ni como individuos ni como especie. Si parían, se comerían a sus hijas. Su extinción estaba marcada como pronto; y con ello también se determinaba la extinción de la vida en el planeta…

Quizás los insectos desarrollarían más sensatez y evolucionarían a ser las nuevas especies dominantes de este mundo...






























lunes, 31 de agosto de 2026

CUÉNTAME UNA HISTORIA




Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




En una de esas tantas épocas en que las condiciones se pusieron duras para mi carrera artística, y tuve que dedicarme a realizar labores ajenas a las artes plásticas y la literatura. Un familiar, que tenía una panadería, me propuso que le pintara unas figuras geométricas en la fachada de su negocio. Con la asistencia de un ayudante nos pusimos manos a la obra, aprovechando que el horario de atención había finalizado. Empezamos marcando con cinta auto adhesiva, y para que no se hiciera aburrida la jornada, encendimos la radio; no hay tedio que no supere una buena dosis de rock & roll. Cuando fui a sintonizar la emisora indicada, de pronto, entre la quietud de la mañana, un aleteo desesperado vino desde la esquina próxima. Un gallito de pelea dio vuelta en la curva, a toda carrera, y sobre una patita, para no perder el equilibrio, a la vez que aleteaba como un poseído. Sin disminuir para nada su velocidad, se vino hacia nosotros y con las mismas se metió a la panadería, por la puerta que estaba abierta. Lo primero que se me ocurrió fue gritarle a mi asistente -¡¡Cierra la puerta!!- El muchacho, diligente, me obedeció de inmediato.

Unos instantes, y apareció una señora por la misma ruta por donde vino el gallito. Intuyendo lo ocurrido y las posibles consecuencias, subí el máximo del volumen a la radio. La señora movía los labios y hacía aspavientos; yo sabía que me hablaba a mí, y me preguntaba por el gallito, pero yo, amparado por el elevado volumen de la radio, me hacía el desentendido. La señora se cansó de hablarme mientras yo me hacía el sordo, y se fue… Lo cierto es que me quedé con cierto sentimiento de culpa, sabía que acababa de cometer un delito, pero, ya estaba hecho.

Al terminar la jornada de trabajo, guardamos las herramientas, metí al gallito en una caja de cartón, y con él bajo el brazo, cerré la puerta de la panadería, y me fui rumbo a casa.

En cuanto llegué a casa, mi hijita de seis años mostró curiosidad por la caja de cartón que llevaba en manos - ¿Qué me trajiste papito? – Era el momento de pensar rápido - ¡Mira es un hermoso gallito! - ¿Cómo decirle a mi pequeña que su padre era un miserable ladrón que acababa de hurtar un gallito? Había que inventar algo contundente sobre la marcha.

-Hijita de mi corazón. Él parece un gallo, pero en realidad no es un gallo; él es un pirata que navegaba allá por las costas de los mares del sur. Su nombre es Jacinto Candelario. Este en sus correrías se dedicaba a raptar jovencitas para luego venderlas como esclavas a los Reyes de las tierras de Hur. Lamentablemente para él, entre sus últimas fechorías cometió el error de llevarse entre sus víctimas, a la hija de un poderoso hechicero, quien luego de perseguir al pirata por tierra y por mar, logró rescatar a su amada hija, y a Jacinto Candelario le lanzó una maldición…Jacinto se convertiría en gallo por cien años. Mientras la maldición empezaba a hacer sus efectos, Jacinto aterrorizado, salió corriendo despavorido, sin rumbo. Yo lo encontré en su loca huida; aun no acababa de convertirse completamente en gallo; su cabeza aun continuaba siendo la de Jacinto…por eso pudo ir contándome su historia, hasta que su cabeza se convirtió en cabeza de gallo, y ya no pudo hablar más... –

No sé si mi hijita dio crédito a mi improvisado relato, o no, pero ya no pregunto más, y se avocó a la tarea de buscarle un lugar adecuado para que habitara Jacinto Candelario; al fin y al cabo, era posible que este se quedara a vivir con nosotros por cien años...




























viernes, 7 de agosto de 2026

EL JARDÍN DE LAS TORTURAS






Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




¡Sí!  Por supuesto que sí; ella tenía un nombre… Si hasta las mascotas no deseadas tienen como llamarlas nombre. Soy yo quien no desea pronunciar su nombre, pues en el está la esencia de millones de seres, que como ella vinieron al mundo a pagar tributo, por pecados ajenos que cometieron “sabe Dios quienes, sabe Dios cuando”.

Abrió sus ojillos entre la miseria y la muerte. El desnutrido y débil organismo de la madre no soportó el alumbramiento y partió hacia donde suelen irse los que son más necesarios.

El descontento de un padre que esperaba la llegada de un varoncito, sería el hecho que de manera precoz la sometería al desprecio, maltrato, y soledad.

El padre dedicaba más de su tiempo a la bebida que a vivir en sobriedad; si había bebida había delirium tremens por la ingesta excesiva; si no había bebida, había ansiedad por efecto de la abstinencia; y los arranques de violencia y mal humor se estrellaban contra la niña. Todo eran gritos, ataques de pánico del padre, violencia desmedida por las frustraciones; golpizas sin motivos, y subsistencia gracias a la caridad de algunos vecinos que se apiadaban de su miseria.

En su adolescencia la vida le permitió conocer la calle, mas esta tampoco era muy diferente; la prisión era más amplia, pero seguía siendo una prisión; el mendigar y convivir con otros mendigos, alcohólicos, drogadictos, delincuentes, y todo tipo de vagos decadentes, es peligroso e inapropiado para una niña sin los reflejos necesarios para defenderse. Igual era golpeada, ahora por extraños que la sometían sexualmente y la sodomizaban a cambio de permanecer en el grupo. La única persona con quien tuvo una relación algo similar a una amistad, fue con una anciana algo bruja, algo adivina…algo de nada, que también rebuscaba su sustento en los basurales. Con ella solo cruzaron palabra dos veces, lo suficiente para confidenciar como era el infierno de cada una.

Cuando la niña salió embarazada, esto inquietó a los varones del grupo indignando a algunos, que, como posible solución, solo atinaron a propinarle golpes de puño y patadas en el vientre, luego todos actuaron como manada, reaccionando en violencia colectiva, muchos de ellos sin siquiera saber el motivo, se ensañaron con la humanidad de la pobre niña.

Horas más tarde, la anciana bruja llegó al lugar, que extrañamente se hallaba despoblado, y se dio con la ingrata sorpresa de encontrar a la niña moribunda. Salió lo más de prisa que pudo en busca de ayuda.

Al llegar la ayuda médica y la policía, la anciana, como lo más cercano que tenía la víctima, esta fue acompañándola al nosocomio.

Lamentablemente toda ayuda llegó extemporáneamente. El feto llevaba demasiadas horas muerto, por acción de la golpiza. Se sometió a una limpieza interna de urgencia, pero la infección ya se había generalizado por todas las vísceras y las entrañas; medicamente ya no había más por hacer.

Un cura ingreso al quirófano diciendo – Debo pronunciar una oración pidiendo a nuestro Señor que se apiade y reciba en su reino a esta hermana…-

La anciana le refutó – Padre, no se moleste en rezar oraciones ahora; deje esas cosas para otras personas. En vida Dios jamás se ocupó de ella ¿Para qué le serviría su atención ahora que ya se está yendo de este mundo…?-




















sábado, 1 de agosto de 2026

DONDE QUEDÓ TU GRÁCIL VUELO





Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




Llevaba varias horas vagando entre la chatarrería buscando piezas para restaurar una motocicleta. Ya casi estaba desanimado, cuando para asombro mío, en el interior de un destartalado Volkswagen escarabajo, hallé un nido de gallinazos de cabeza roja. La madre estaba allí empollando sus huevos. Me pareció un ave hermosa; me aseguré de que no fuera agresiva, y me puse lo más cómodo posible para dedicarme a observarla. Ella no se inquietó para nada con mi presencia; es más, al rato hasta me permitió que le acariciara su desplumada cabecita.

De regreso a casa, sin las piezas necesarias para la restauración de la motocicleta, lo primero que hice fue recabar toda la información posible sobre los gallinazos de cabeza roja. Así, leyendo y consultando sobre la vida de los gallinazos de cabeza roja, repentinamente estaba fascinado con la vida de aquella ave. A la mañana siguiente volví a la chatarrería, pero no para buscar repuestos para la motocicleta, sino para continuar con mi observación de los gallinazos y de su hábitat.

Esta vez, apenas me vio llegar, la madre gallinazo, como si fuera su intención mostrarme sus huevos, se puso de pie al costado del nido. La nidada, como máximo, por naturaleza, debían ser dos huevos amarillentos con algunas manchas oscuras. Sin embargo, esta vez fueron tres; y para redondear lo insólito, el tercer huevo tenía una extraña coloración celeste, y era más grande que el tamaño normal; realmente daba la impresión de tratarse de una joya, en contraste con su nido en medio del basural. Luego de dos meses de abnegada incubación por parte de su madre y su padre por turnos, los tres huevos eclosionaron, el celeste, y más grande, fue el último. Los tres, como todos los polluelos de gallinazo, tenían plumones color marrón, mas, el último se diferenciaba de sus hermanos por ser más grande y mostrar cierta altives en cada uno de sus actos, además, no tenía los ojos en los laterales como los demás de su especie; sus ojos estaban ubicados en el frontis de su rostro, es decir, estaba dotado de vista estereoscópica, como los depredadores, los simios, y los humanos ¡Sí! Su mirada tenía la profundidad del mirar humano. Durante todo ese tiempo yo asistí sin faltar ni un día. Ahora estaba extasiado de ver todas estas características especiales, anatómicas y de comportamiento del polluelo tan especial. En mi mente de artista surrealista, se generaban elucubraciones sobre su origen, que llevaron mi imaginación hacia hechos ocurridos en el pasado de nuestra historia republicana.

<<El bisabuelo de este peculiar pajarraco debió ser testigo presencial de aquella sangrienta batalla del cincuenta y siete, donde ambos bandos, los Partisanos y los Partidistas iban a enfrentarse a balazos por conflictos políticos, pero tuvieron que abstenerse de disparar los Winchester, y lidiarse a puño limpio, a pedradas, con palos, y con bayonetas y arma blanca, pues debido al mal tiempo nunca llegaron las municiones. Luego de casi cuatro horas de continuas escaramuzas bajo la lluvia torrencial, los pocos sobrevivientes de ambos bandos debieron retirarse llevando a sus respectivos heridos y dejando el campo de batalla plagado de cadáveres que, por falta de personal, nadie se tomó la molestia de enterrar.

Durante varias semanas, el bisabuelo del avechucho protagonista de nuestra narración, junto con otros congéneres, debieron revolotear el escenario de la masacre, y luego bajarían a darse su festín de carroña con los restos de los combatientes abatidos. Quizás en esas opíparas ingestas de cadáveres absorbió proteínas con genes de ADN humano que se adhirieron a su propio ADN como genes recesivos, pasando a su prole sin manifestarse, hasta llegar a su biznieto del huevo celeste, en quien se hicieron evidente algunos rasgos humanizados.>>

Al cabo de unas semanas, nuestro personaje ya mostraba un hermoso plumaje negro tornasolado, con destellos verdes y azules. Fue el primero en abandonar el nido… Puedo imaginarme como fue esa crucial despedida:

<<Nuestro joven y hermoso amigo alado extendiendo sus enormes alas y rodeando como en un abrazo a su familia mientras cariñosamente restregaba su cabeza contra las cabezas de sus progenitores y hermanos, luego debió irse entusiasmado, a buscar otros vientos, otras realidades, otro futuro.>>

Por razones de trabajo deje de asistir a la chatarrería por mucho tiempo, y cuando decidí volver, ya no había rastros de lo que fuera el habitáculo de la familia de gallinazos. Pasaron unos meses, y olvidé por completo el asunto.

Un día decidí visitar a mi amigo el loco Gillo en su casona ubicada en la zona más exclusiva de la capital, aunque en contraste, él pasaba penurias económicas; esa enorme y otrora lujosa casa era herencia de sus ancestros adinerados. “El loquito”, como solía llamarlo, andaba muy mal mental y emocionalmente debido al consumo excesivo de diversas drogas y estupefacientes, aun así, era una persona noble y compartíamos nuestra pasión por las motocicletas y el rock duro. Cuando llegué a la casa, Gillo me invito amablemente a pasar a lo que sería su sala ¡¿Y a quién encontré allí?! …¡¡Al gallinazo especial que conocí desde su nacimiento en la chatarrería!! Gillo lo miró con mucho respeto, y me lo presento – Amigo mío, él es el Señor Horacio. Es un halcón que vino volando a visitarme, y me hizo el honor de quedarse a vivir conmigo-… ¡¿Halcón?!...¡¡Pero si este es un gallinazo!!... Mas no tuve el valor de refutarle. El ahora señor Horacio nos miraba desde su silla con la solemnidad y el porte de un excéntrico catedrático en filosofía. Su mirada era atenta y daba la impresión de derrochar inteligencia y hasta ironía; sus ademanes y movimientos se habían sofisticado. En un momento se retiró a mirar desde la terraza al malecón; su andar era lento, con la seguridad de quien se sabe un elemento importante de la escena y del paisaje. Gillo y yo lo mirábamos extasiados, sin pronunciar palabra alguna.

La amistad entre Gillo y Horacio fue in crescendo, hasta convertirse en una simbiosis. Era común ver a ambos juntos por el parque o por el malecón causando la admiración de vecinos y turistas. Los paseos de Gillo y Horacio se convirtieron en todo un acontecimiento para los viandantes del malecón, y hasta de los coches saludaban al gallinazo que iba convirtiéndose en una celebridad mediática - ¡Hola Señor Horacio! – Horacio, casi sin inmutarse, movía su cabecita como asintiendo los saludos, pero su mirada y su invariable postura seguían siendo la de un refinado intelectual académico que estaba allí para observar y escudriñar el comportamiento de los humanos. Se me ocurre que Horacio hasta podía ser un alienígena encarnado en un gallinazo de cabeza roja, para no despertar sospechas de que nos observaba y espiaba quien sabe con qué fines. Las conjeturas que yo iba sacando sobre el extraordinario Horacio, al parecer sí tenían asidero, pues fui testigo de sus conocimientos y reacciones sobre la empatía, el amor, y el desamor de los humanos…

Una tarde Gillo me llamó de urgencia, estaba teniendo una crisis emocional y me necesitaba como soporte. Subí a la motocicleta, y en unos minutos estaba en casa de mi amigo. Me recibió, saludé a ambos, tomamos asiento en la sala, y Gillo, sin mediar palabras se echó a llorar. Yo no sabia qué hacer…o decir. Horacio se puso de pie, caminó hacia donde estaba Gillo, saltó hacia sus rodillas, con su cabecita roja desplumada le restregó las lágrimas de sus mejillas, le miró fijamente, le cubrió el pecho con una de sus alas, y depositó su cabecita sobre el regazo del camarada afligido…

Así continuaron los paseos de Gillo y el Señor Horacio, entre saludos, fotos con turistas, y miradas de curiosos apostados alrededor; pero a horacio parecía no interesarle para nada la fama. Estoy casi seguro que el malecón era su laboratorio; el viento del Pacífico su biblioteca; y su materia de estudio, las personas que se detenían a mirarlo creyendo que observaban un ave, cuando en realidad era él quien los contemplaba y analizaba.

Cuando falleció Gillo, entre todos los familiares y asistentes al velorio apareció Horacio, caminando con marcada actitud de aristócrata, con un refinamiento casi elegante. Para asombro de todos, Horacio, de un brinco saltó sobre el ataúd, por la mirilla de vidrio contemplo a su amigo fallecido, dio dos picotazos sobre la mirilla, brincó hacia el piso y sin perder su compostura se fue. Muchos de los presentes aseguran que Horacio tenía lagrimas en los ojos al salir.

Por los años transcurridos, Horacio también ya debe ser difunto, sin embargo, aun hay personas en el malecón que, de puros despistados, al ver un gallinazo de cabeza roja lo saludan - ¡Hola Señor Horacio! -





















martes, 21 de julio de 2026

TRES PLANOS EN PLENO



Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




La Madre tierra prodigaba todo lo necesario para subsistir, y más… Vivir en esa realidad era realmente una dadiva. Había de todo en cantidad suficiente, y al alcance de la mano. Era lo más cercano a la idealización de un paraíso. Ni siquiera morir era un acto dramático. No existían las enfermedades; quienes cumplían su ciclo de vida, se acostaban por sus propios medios, y dormían soñando sueños hermosos donde la vida, como despedida, les daba la razón en todos sus actos vividos. Los deudos y familiares del difunto solían destaparle el cráneo, extraer los sesos y devorarlos de manera compartida; la creencia era que así se transmitían las habilidades y conocimiento del fallecido. Con ese ritual, además, se presumía que el difunto no se iba, que sus ideas y pensamientos estarían siempre presentes en el clan.

Todo parecía estar calculado para brindar dicha y abundancia; a un lado estaba el río de mediano caudal, cargado de peces, y el resto del perímetro rodeado de escarpadas montañas protegiendo a la comunidad de los vientos y las heladas. Nadie nunca tuvo el aliciente ni la necesidad de salir del lugar. Era un mundo dentro del mundo, sin interrelación, felizmente aislado e ignorado.

Sorpresivamente, una mañana llegaron unos forasteros errantes que atravesaron el río con sus miserias a cuestas. Era evidente que además de su pobreza, traían un profundo temor. Los miembros de la aldea los recibieron con beneplácito, pues hasta ese momento, jamás habían interactuado con nadie venido del otro lado del río, y estos despertaban curiosidad e inspiraban empatía. Les dieron de comer y les proporcionaron cobijo. De primera impresión a todos les pareció una buena idea tener nuevos miembros en la aldea; al fin y al cabo, había subsistencias para todos, y más. Inicialmente no hubo necesidad de imponer costumbres ni cultura, los recién llegados se adecuaron a la forma de vida de los lugareños, sin asperezas.

A las pocas semanas, otro grupo de errantes aparecieron vadeando el río; igualmente fue general la disposición de aceptarlos y darles cobijo, aunque esta vez era aún más notorio el miedo que cada uno de ellos traía consigo. Entre ellos vinieron brujos, shamanes, adivinos, y todo tipo de manipuladores de la mente y las emociones. Aunque lo peor llegó con la cuarta oleada de inmigrantes: la religión; con sus falsos profetas y sacerdotes predicadores de doctrinas que amenazaban con terribles castigos a aquellos que desobedecieran sus pregones. Estos personajes motivaban en la muchedumbre un temor desmedido a la muerte y condenas infernales por toda la eternidad si no fueron obedientes, sumisos, y devotos en vida. Con estos argumentos mantenían a todo el gentío en permanente sentimiento de culpa, remordimiento, y temor por los supuestos castigos divinos que les acaecerían.

Ahora el lugar iba rebasado de una población multirracial y multicultural, donde la gente nativa iba quedando como la minoría. Las creencias y supercherías importadas por los nuevos pobladores fueron calando fácilmente en las mentes de los oriundos pobladores, otrora libres de lastres emotivos y espirituales. De a pocos, la alegría fue siendo reemplazada por la ansiedad, temores irracionales, fobias, y angustias obsesivas. Aquella comuna rebosante de plenitud, ahora era una sociedad enferma y apática. La muerte empezó a presentarse como un verdadero drama finalizador, y los hijos de los aborígenes cambiaron el antiguo ritual de devorar los sesos de los difuntos para asimilar las habilidades y conocimiento del fallecido por el llanto y los rezos. Ya no había forma de acudir a la sabiduría de los ancestros.

En un escaso lapso de tiempo, cuatro generaciones habían estado expuestas a estas predicas invasivas y contaminantes. Gente obsesionada orando, implorando, auto flagelándose física y mentalmente; y viviendo su muerte mucho antes de morir.

Las personas enfermas de espíritu, enferman el lugar que habitan y el suelo que pisan. La tierra dejó de ser fructífera; cada vez había menos frutos para consumo humano, y menos pasto para el ganado. Todo había degenerado; no solo eran las supercherías de los brujos, astrólogos, adivinos, shamanes; las sectas, y religiones… ¡Sí! Pluralizo, pues no era una sola secta ni una sola religión; estas habían proliferado en número y también en cantidad de dioses y credos. Cada secta y cada religión aseguraba que su culto estaba dirigido a un dios único y verdadero; lo cual desembocaba en una rivalidad, que terminaba en enfrentamientos de devotos radicales, los cuales peleaban por la supremacía y exclusividad de su dios.

Era frecuente, de pronto hallarse en medio de una multitudinaria gresca de gente armada con palos y piedras, y dándose a matar. La otrora armonía reinante en el lugar, por culpa de las sectas y las religiones, se había convertido en el escenario de cruentas batallas campales con muertos y heridos.

Para cuando las matanzas se hicieron un accionar de cada día, los grupos neutrales y los no radicales fueron abandonando el que alguna vez fuera un lugar paradisiaco y acogedor.

Los grupos de fugitivos que salían huyendo en todas direcciones, en su camino se encontraban cara a cara con gentíos que venían en sentido contrario; paradójicamente, estas muchedumbres también huían de situaciones similares, pero en versión macro. A sus espaldas estaban dejando sangrientas guerras santas, en las que se masacraban todos contra todos, cada uno luchando por la convicción de que su dios era el verdadero por encima de los demás.

Todos y cada uno de los bandos juraban que su dios era el único, el verdadero, y que era todo amor.






























lunes, 6 de julio de 2026

FRENTE A FRENTE SIN REGLAS





Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




Si hay un bicho cuya sola presencia me provoca repulsión extrema y pánico, esa es la cucaracha. Desde su nombre ya me motiva asco y fobia.

Empezaré por contarles que, debido a una enfermedad degenerativa, solo me es posible caminar con la ayuda de un andador ortopédico. Y bueno, una mañana cualquiera, estaba yo en pantaloncillos cortos y descalzo, sentado en mi sillón de descanso, viendo en la televisión uno de esos estúpidos programas que uno ve, pero jamás mira. Fue entonces cuando desde la cocina ingreso un soberbio ejemplar de asquerosa cucaracha, fornida, robusta, y de reluciente caparazón. En comparación conmigo, vaya que era una diminuta alimaña, pero ya les he comentado la repulsión que en mi provocan estos asquerosos insectos.

Un rápido paneo de inspección a la habitación donde estaba yo, y se quedó mirándome fijamente. Sus ojos se veían fieros y cargados de odio ¡Sí! Estoy seguro. Ese bicho me estaba odiando. Con determinación giró con dirección a mí, y empezó a caminar amenazante. Yo me moría de miedo, y tenía desechada la idea de darle un pisotón. Estaba descalzo, ni pensar en aplastarla con mis pies desnudos. Hubiera querido salir huyendo a la carrera, pero obviamente eso me era imposible.

Mirándome fijamente con sus ojillos de ente maligno, el bicho siguió viniendo hacia mí. Era evidente que había olfateado mi miedo, y se regocijaba intimidándome.

Cuando estuvo cerca de mis pies, claramente sentí que rozó con sus antenas el dedo gordo de mi pie derecho. Cerré mis ojos apretadamente y solo atiné a hacer aspavientos con los brazos y patalear como un poseído.

Me detuve por cansancio, entonces recién abrí los ojos y miré entre mis pies. La cucaracha o cucaracho, tenía ambos ojos morados por hematomas; sangraba profusamente por la nariz; le faltaban dos dientes, y tenía el labio inferior literalmente reventado… Menuda pateadura que le había propinado. Pero ni eso lo había desanimado, el bicho continuaba amenazante. Tuve miedo y pánico; temí su venganza…

Desesperadamente miré a todos lados buscado una forma de escapar, una ayuda. No muy lejos de mi mano derecha vi algo ¡¡Eureka!! ¡¡Allí estaba!! ¡Un pote en spray de BLACK FLAG RAID! Lo anunciaban como la muerte segura para cualquier bicho. Aseguraban que era tan extraordinario que, si se lo rociabas en la cara, podrías matar un elefante. Envalentonado, tomé entre mis manos el spray, apunte a la cucaracha, y le vacié todo el contenido, para asegurarme de no tener que volver a lidiar con aquel repugnante insecto.

Pero, para mi desgracia, en unos instantes, cuando se disipó la nube provocada por el spray, pude ver, que la acción del cucarachicida había sido inútil. El bicharraco seguía con vida, y a modo de mofa, levantó su pata derecha delantera, y con la izquierda se rascó la axila, como diciéndome que mi sobrevalorado spray, para él, era como un desodorante…

Ahora sí estaba en problemas. Cucaracha y yo, frente a frente. Yo sudaba frío y temblaba de miedo, cuando miré mi mano derecha, y vi que tenía una alternativa…

Con el pote del spray le pegué un soberano porrazo sobre el lomo; un fuerte crujido de exoesqueleto reventado, y solo quedó un amasijo de patas, alas, antenas, y vísceras descuajeringadas.

BLACK FLAG RAID, muerte segura para las cucarachas…

























domingo, 21 de junio de 2026

CON LAS ALAS DESPLEGADAS




Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




Hay atardeceres en los que la agonía del sol te pone los pelos en punta.

Muy lentamente el pequeño autito iba deslizándose cuesta abajo. Yo con ambas manos encadenadas al timón del volante, hacía lo imposible para no patinar; para ello, desesperadamente iba haciendo cortos giros hacia la izquierda y a la derecha. La carretera estaba completamente empapada por la persistente lluvia. Así resultaba sumamente difícil mantener el control del vehículo, además de la casi nula visibilidad. Por esas razones, aunque deseaba salir volando de esa situación, no aceleraba la marcha.

Mis dos pasajeros sentados en los asientos de atrás me aterraban. Su aspecto era macabramente extraño. La piel de sus rostros se mostraba extremadamente pálida y escamosa; la cubierta de sus cráneos era transparente, por lo que sus sesos quedaban expuestos a la vista. Pero no es esto lo que me resultaba más espeluznante, sino, el continuo chirrido que hacían con sus afilados colmillos …Lo que yo temía es que estuviesen tramando atacarme a dentelladas, y devorarme. Debía mantenerme concentrado en el camino, pero también debía mantener la vigilancia de mis dos pasajeros, aunque sí decidieran atacarme, poco o nada podría hacer para defenderme con las manos encadenadas; igual, procuraba no quitarles la vista de encima ayudándome con el rabillo del ojo.

¿En qué momento y en qué circunstancias me fui de esa realidad?

Cuando recuperé la conciencia, estaba sentado sobre el asfalto de una carretera. Mis manos habían sido liberadas del volante del autito, mas, continuaban encadenadas una a otra a la altura de las muñecas[O1] ; ya no había autito ni los aterradores seres que venían como mis pasajeros.

Unos momentos cavilando sobre que hacer hasta que, para mi sorpresa, por el carril contrario apareció un hombrecillo desnudo, con un tórax y espalda descomunales en proporción a su talla; su cabeza enorme iba sobre un cuello también desproporcionado que daba la impresión de tener unida la mandíbula a los hombros. Su rostro era fiero, y parecía estar malhumorado. Venía halando una roca un poco más grande que él; haciendo un gran esfuerzo tiraba de ella con unas gruesas lianas.

Al pasar frente a mí, el hombrecillo me echó una mirada escudriñadora que me heló la sangre y me dejó inmóvil. Lo vi recoger sus lianas con aparente serenidad, y empezó a manipularlas haciéndole nudos. El movimiento para mí fue tan de improvisto, que solo me enteré de que yo era el objetivo, cuando; de un certero lance ya me había lazado con su liana maniatándome los codos a la altura de la cintura. Seguidamente, empezó a tironearme con rudeza, hasta arrojarme de cara al piso. La fricción contra la aspereza del piso literalmente me estaba desollando. Al llegar a su alcance, se preocupó de atarme con más eficiencia, y me levantó como un fardo sobre su hombro, y emprendió la caminata conmigo a cuestas.

No muy lejos, me hizo ingresar en una casucha destartalada, en cuyo centro había un fogón encendido, y sobre él una gran olla echando vapor. Me bajó de su hombro, tomó mis encadenadas manos con su mano izquierda, las jaló por sobre el vapor hirviente que manaba de la olla, y antes que yo siquiera sospechara algo, cogió un hacha y me cercenó ambas manos a la altura de las muñecas, cayendo estas al interior de la olla. Luego introdujo mis muñones en su boca y empezó lamer y succionar la sangre que manaba por la zona de la mutilación.

Calculando que ya estaban en su punto de cocción, sacó mis manos de la olla y empezó a comerlas con avidez.

Nuevamente era de tarde, y yo nuevamente en el autito bajando por una pendiente, pero esta vez sentado es una posición, por demás incomoda; ahora sin manos y con los pies desnudos encadenados al volante. En mi afán de no desbarrancar o estrellarme, iba haciendo maniobras y piruetas con mis piernas y pies. De pronto pude ver que esta vez también llevaba a mis dos anteriores pasajeros en el asiento de atrás. Los vi, y venían besándose y acariciándose muy efusivamente, lo cual me resultó muy tranquilizador. Yo seguía con mi empeño de no perder el control del vehículo. Atrás, las caricias y besos fueron subiendo en apasionamiento. Ahora se golpeaban, arañaban y mordían, lastimándose sin miramientos. Las heridas eran cada vez más profundas y evidentes. Literalmente se estaban devorando. Había trozos de carne y regueros de sangre por los vidrios y todo el interior del autito…

Hay atardeceres en los que la agonía del sol te pone los pelos en punta.

















lunes, 8 de junio de 2026

DE TAL PALO…




Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




<<Así fuimos creados, a imagen y semejanza de un Dios dual, mezcla de Dios y demonio, luz y oscuridad. Él mismo se describe cuando nos dice -Yo hago el bien, y también hago el mal- …esto consta en los escritos bíblicos.

Un Dios bipolar, celoso, vengativo, y castigador…y nosotros con sus genes entre nuestro diseño.

Así, con todas esas taras en su esencia, nos creó, exactamente idénticos a él. En su libro sagrado hay escritos a su nombre arengando a su pueblo elegido - ¡Mátenlos a todos, hombres, mujeres y niños, pues ellos no creen en mí, no me adoran! - Si aparentemente todos somos sus hijos, si se auto proclama un Dios todo amor ¿Por qué reclama la sangre de sus propias criaturas? ¿Acaso el amor se impone…?>>

Quincho Huamán era un humano común y corriente, un joven provinciano, devoto por herencia y por convicción. Para su sustento, se dedicaba a la venta de periódicos y revistas en un quiosco a la entrada de la zona. Quincho estaba enamorado de una agraciada niña aun en edad escolar. Los padres de la niña hallaban en la etnia y en la condición económica de Quincho, razones para oponerse a esa relación, por lo cual prohibieron a la niña mantener ni siquiera amistad con el susodicho; lo cual, la niña prometió acatar.

El día Sábado, muy temprano, en horas en que aun mucha gente permanecía durmiendo; como era su rutina, la niña salió acompañada de su hermanita de nueve años a trotar por los rededores de la zona.

Cuando el dúo de niñas pasó frente al quiosco de Quincho, este salió a la carrera a su encuentro; llevaba dos botellas de plástico apretadas entre su brazo izquierdo y su pecho. Con la mano derecha intentó tomar del brazo a la niña objeto de su amor, pero esta logró zafarse, dio dos pasos hacia atrás, y le dijo que se alejara, que ella no tenía nada que hablar con él.

Como si estuviera siguiendo un guion escrito con anterioridad, Quincho destapo una de las botellas y rápidamente le roció el contenido sobre el rostro. La niña lanzó un grito de dolor y se llevó las manos a los ojos…el líquido era ácido muriático. La niña daba espeluznantes chillidos mientras sus pies giraban errabundos. El ácido estaba lacerando sus ojos y las mucosas de la nariz y la boca. Su hermanita, invadida por el estupor, solo se limitaba a llorar, paralizada.

Aprovechando que su víctima eventualmente le dio la espalda, Quincho extrajo de entre sus ropas un enorme cuchillo de cocina, y empezó a asestarle una tras otra, catorce cuchilladas. Cuando la niña cayó al piso dando sus últimos estertores, Quincho destapó la segunda botella y la roció sobre su víctima…era gasolina, seguidamente, le prendió fuego, y salió huyendo a la carrera. Como un poseído mientras corría hacía molinetes con los brazos.

Cuando atraparon a Quincho Huaman, por su crimen lo condenaron a cadena perpetua.

Quincho amaba locamente a la niña, como ella decidió no corresponderle, él la mató de la manera más cruel.

<< ¿Qué diferencia hay entre el crimen de Quincho Huaman y los crímenes que perpetra el Dios bíblico? En ambos casos el móvil es la negación a entregar amor o adoración ¿Es que acaso el amor se impone…?

 ¿Cuál será la condena que se le impondrá al Dios bíblico, por todas las crueldades a las que somete a sus criaturas? Es lógico sospechar que ese Dios es un farsante…>>