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lunes, 16 de febrero de 2026

CORNUCOPIA




Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



Las pisadas de sus pies desnudos eran casi imperceptibles entre el silencio de la noche. Ambos parecían levitar. Cubiertos por los harapos que arrastraban bajo la luz del plenilunio, ambos portaban un aspecto casi fantasmal. Sus pasos denotaban cansancio, pero, aun así, demostraban premura; era evidente que venían huyendo de algo o de alguien.

Cuando llegaron a la entrada de la caverna que servía de habitáculo al anciano ermitaño, este suspendió su meditación a oscuras, encendió una tea y, luego de reconocer al viejo varón que fungía de guía, invitó a la pareja a pasar a sus aposentos, mas este se rehusó a pasar -No debo detenerme más de lo necesario…solo lo justo para contarte quién es el ser que vengo acompañando. –

-Ella es un ángel nacida del vientre humano de una virgen inmaculada- Y descubriéndole del albornoz que ocultaba su rostro, dijo -¡¡Mírala!! Es sumamente bella; más, notarás que no tiene boca. La diseñaron así para salvaguardarla de la tentación de caer en el pecado de la mentira. Ella debe permanecer libre de todo pecado; solo así podrá regar sus dádivas y poderes por los senderos que recorra en este mundo-

-Debes saber que cualquier humano que ose ver su desnudez sufrirá terribles consecuencias… Su belleza no es humana, y ningún humano es digno de verla-

-Quiero pedirte que te quedes con ella, y cuides de ella. Mi plan es que quienes nos persiguen sigan mi rastro creyendo que aún seguimos juntos. Cuando me den alcance, ya todo habrá quedado muy distante-

*-Pierde cuidado viejo amigo. Yo me haré cargo de ella-

Los días trascurrieron como por defecto transcurren los días en unas cavernas en medio del árido e interminable desierto. Mas, de pronto todo varió. Aquella mañana, el anciano ermitaño al asomarse a la entrada de su gruta, sintió sobre su rostro una suave y agradable brisa húmeda. Extrañado, salió a fisgonear de qué se trataba el fenómeno. Una vez afuera, pudo darse cuenta que por acción de un hecho milagroso, allí, en medio de la aridez del desierto, de pronto había aparecido un manantial echando continuos borbotones de cristalina agua. Este portentoso acontecimiento atraería vida a aquellos inhóspitos parajes.

Haciendo cuenco con sus manos, el anciano recogió un poco de agua, bebió unos sorbos, enjuagó su rostro con sus manos húmedas, y retorno al interior de su gruta.

Hubiera sido inútil hacer preguntas, El ángel no tenía boca con qué dar respuestas. Pero era fácil deducir que ella tenía que ver con la causa del agua brotando allá afuera. Resultaba evidente que se trataba de un milagro, y en aquellos parajes, solo ella podía tener connotaciones milagrosas.

A la mañana siguiente, el manantial había dado forma a un oasis; un enorme charco rodeado de flores, helechos y árboles frutales en crecimiento. La aridez del lugar había virado a bullente en vida. El anciano ermitaño estaba extasiado con los acontecimientos, se sentía henchido de gracia divina.

Pasaron los días, y el estanque se llenó de peces; los árboles frutales florecían y ofrecían sus frutos.

El anciano ermitaño pronto pudo dilucidar el recorrido del misterio. Durante la noche, entre penumbras vio la figura del ángel dirigiéndose a la entrada, su silueta invitaba a deducir que iba completamente desnuda, por lo que el viejo ermitaño se abstuvo de espiar más allá.

<<Así era: Cada noche, el ángel salía completamente desnuda, quizás era el aroma de su delicada piel la que daba inicio al poder milagroso de fertilizar vida. Los frutos, los peces se reproducían a su paso, y las aves empezaron a ser atraídas por el mágico lugar en medio de sus rutas migratorias.>>

Poco a poco, el oasis fue atrayendo viajeros que se detenían a reabastecer provisiones. Lamentablemente fue quizás este reverdecimiento del lugar, el que a su vez delató la presencia del ángel.

Una noche, en que, como de costumbre, al amparo de las tinieblas, el ángel salió desnuda a motivar a la tierra a producir y reproducir vida. A hurtadillas un cuarteto de soldados saltó sobre ella, cubrieron su desnudez con mantas de pies a cabeza, y cual si fuese un fardo se la llevaron a caballo.

Con carácter de urgencia, el séquito llevó su angelical presa a los reales aposentos del tirano usurpador Juan de Abascal “El Necio”, quien llevaba una eternidad esperando atraparla para sí…

-Ven aquí donde pueda verte- Resonó la voz de “Juan El Necio”.

El ángel, lentamente fue abandonando las penumbras, exponiendo su cuerpo desnudo a la luz de las teas, ante la ansiosa mirada de “Juan El Necio”. Fue tal la excitación sexual de este al ver la belleza desnuda del ángel que, por combustión espontanea empezó a calcinársele el bajo vientre. Resultó tan alta la temperatura ígnea alcanzada, que en segundos convirtió en cenizas toda la capacidad toráxica, incluido el soporte óseo del tirano. Así como empezó así de pronto se extinguió el fuego, sin afectar el cuello y cabeza, que se desprendieron y cayeron al piso. Los brazos, también intactos, cayeron sobre el sillón donde estuvo sentado el tirano. Inexplicablemente, el sillón tampoco había sido afectado por el fuego y la altísima temperatura que allí se generó.

Sin inmutarse, el ángel continuó su caminata, alcanzando la entrada de la recamara; allí, a unos pasos, hallábase atado a una valla estable, el corcel de quien fuera “Juan El Necio”.

Con mucha calma, el ángel se aupó al caballo. Mientras en los interiores del lugar, los escoltas del tirano acababan de descubrir el macabro fin de su líder, elucubrando de inmediato, que la causante de su muerte debía ser el ángel. Rápidamente salieron en búsqueda de la sospechosa, y la hallaron de espaldas, montada en el caballo. Haciendo uso de sus arcos, simultáneamente, todos dispararon una andanada de flechas contra la espalda del ángel, hiriéndole mortalmente en los pulmones y corazón. Por reflejo, el caballo, emprendió la carrera llevando a cuestas a su jinete herida mortalmente; mientras, por haber visto la desnudez del ángel, los arqueros cayeron presas de terribles ardores en los ojos, hasta que se les calcinaron los globos oculares.

Como si el caballo supiera la ruta de destino, a trote bajo, condujo el cuerpo inerte del ángel hasta la entrada de la gruta del anciano ermitaño en las riberas del oasis. Cuando el anciano se percató de los hechos, se apresuró a cubrir el cadáver del ángel, evitando mirar su desnudez, y limitándose a llorar desconsoladamente.

Escogió un lugar en la orilla del oasis, y allí sepultó a la angelical criatura.

En el lugar donde fue enterrada el ángel desarrolló un gigantesco y misterioso árbol, cuya base del tronco superaba la medida de un estadio. En muchos aspectos era un árbol extremadamente muy extraño. Sus copas eran tan altas que arañaban las nubes, y en sus diversos niveles de altura daba diferentes frutos. ¡Un mismo árbol, del cual brotaban frutos diferentes! ¡¡Sí!!

Los viajeros que pasaban por el mágico lugar, hallaban agua cristalina, frutos y hortalizas variadas para comer, peces, refugio, cobijo y leña para entibiar las frías noches y cocinar. Más nadie volvió a escuchar nada sobre esta historia ni a saber de ninguno de sus protagonistas.





















sábado, 6 de diciembre de 2025

CADENCIA DE BOLERO





Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



En medio de su egolatría, él se decía ser “La Negación de los imposibles”. Entre sus extravagantes pensamientos, el más relevante y presuntuoso, era aquel que le llevaba a asegurar que su talento era capaz de inventar lo que fuere necesario para cualquier caso u ocasión, bajo la única condición de que se le concediera el plazo de tiempo necesario. Entre sus adeptos, la gran mayoría provenía de entre las familias más paupérrimas y miserables de la comarca; a ellos les suministraba jarabes para curar la tos, ungüentos para dolores múltiples; así mismo, también les diseñaba y construía diversos artificios para aliviarles el duro trabajo del campo; penosamente algunos de ellos terminaban resultando inútiles armatostes, que luego desmantelaba, y sin inmutarse, usaba las piezas para intentar construir otros que pudieran tener una resultante más satisfactoria.

En realidad, Julius, como él decía llamarse, era una extraña mezcla de habilidades innatas y conocimientos autodidactas: Arquitecto, brujo, alquimista, chamán, físico, curandero, ingeniero, curioso, visionario, mucho de artista, y sobre todo…chiflado de atar. Muchos de sus logros eran producto de pruebas y errores mientras buscaba conseguir otros objetivos.

Como aquella vez, hacía unos siglos atrás, en que empezó a mezclar sustancias buscando afanosamente una cura para los síntomas de las diarreas y vómitos ocasionados por la pandemia del cólera. Cuando, creyendo tenerlo listo, para corroborar sí realmente funcionaba su brebaje anti diarreico y anti vomitivo; al no hallar voluntarios en quienes probar su eficacia, él se suministró a sí mismo toda la dosis, mas, en aquel momento, lo único que consiguió fue más diarreas y más vómitos, por lo que, desilusionado, desechó ese proyecto. Recién, luego de casi dos décadas dedujo que los efectos de ese preparado estaban ocasionando que no envejeciera. Su supuesta formula antidiarreica y anti vomitiva, en realidad resultó ser un Elixir de la eterna juventud. Lamentablemente entre el desorden de sus experimentos, su memoria se negaba a recordar la composición de la maravillosa formula.

Embutido en su terca juventud, Julius ahora tenía todo el tiempo del mundo para idear, experimentar, y fabricar desde algunas cosas geniales hasta los disparates más alucinados que pasaban por su mente, pero los tiempos no se detienen; el mundo fue modernizándose, y en plena era industrial, los talentos de Julius, de pronto resultaban obsoletos y poco o nada útiles, razón por la que abandonó la aventura de los inventos, e incursionó en el rubro de la panadería. Para su seguridad contra posibles ladrones compro un fusil Winchester, el cual mantuvo siempre presto, tras la puerta de la habitación destinada al horneado de los panes.

Julius contaba con ciento sesenta y siete años de edad, aunque su aspecto físico se empecinaba en mostrarlo como un joven de veinte y dos años, lo que facilitó que empezara un tórrido romance con la dependienta de la panadería, una mujer de cuarenta y tres años, con enormes ojos, mirada melancólica, y físicamente, bastante atractiva para su edad, además llena de virtudes éticas y morales…su nombre, Nataly.

Todo sucedió muy rápidamente, enamoramiento sublime y reciproco, boda austera, vida en común…Por demás, Julius y Nataly eran una pareja feliz y estable.

Así pasó una década. Julius continuaba con su aspecto de joven de veinte y dos años, mientras Nataly ya empezaba a mostrar en su piel. El inexorable paso de más de cincuenta años. Cuando Julius reparó en ello, se le convirtió en una obsesiva manía, mirarla y hurgar en su rostro cada aparición de cada nueva arruga, y como iba haciéndose cada día más fláccida su musculatura -¡¡No!!- Julius no quería eso para el amor de su vida.

Entonces retomó la alquimia, abandonó la panadería, y en lo que fuera la habitación dedicada al horno, montó un precario laboratorio donde se encerraba por largas horas combinando y mezclando sustancias y menjunjes esperando coincidir con la maravillosa formula que muchos años atrás le concediera a él la eterna juventud.

Cuando consideraba haber logrado su objetivo, salía de su laboratorio presa de una ansiedad galopante, y se lo daba de beber a su amada Nataly. Los días siguientes, la observaba y escudriñaba minuciosamente, lastimosamente, pasaba el tiempo y las arrugas de Nataly continuaban creciendo y multiplicándose, además de la aparición de los achaques propios de su edad. Entonces Julius volvía a encerrarse en su laboratorio. El ciclo de expectativa se repetía, y también la desazón…

-Mi amada Nataly, no en vano me llamaban “La Negación de los imposibles”. Te prometo que conseguiré el elixir de la eterna juventud para ti. –

Las arrugas continuaron apoderándose de la piel de Nataly, su columna fue encorvándose cada vez más. El Alzheimer y la demencia senil fueron la antesala de una penosa perdida.

Julius cogió el viejo Winchester que siempre estuvo tras la puerta de la habitación destinada al horneado de los panes, y con él se fue hasta el lecho de muerte de su amada Nataly, se arrodillo ante el cadáver -Nataly, amor mío. Perdóname por no haber podido cumplir mi promesa. Perdóname por no haber podido ser “La Negación de los imposibles”. Si no pude retenerte aquí conmigo…deja que me vaya contigo…- Apoyó la culata del Winchester en el piso, encajó el cañón entre su boca, y tiró del gatillo.










































sábado, 22 de noviembre de 2025

TRECE OSCURO




Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



El pánico era reinante, el aire olía a miedo; todos buscábamos que huir a las carreras. “El negro Tufo de la Muerte” era implacable e insaciable para la consecución de víctimas…y nosotros, en medio de la tupida jungla, estábamos en su camino.

Los primeros en toparse con el virus fueron un grupo de mineros, quienes accidentalmente debieron hallarla en los socavones, y prestaron sus humanidades como portadoras del mal, así se diseminó la extraña peste entre la población de la aldea.

El primer síntoma de los infectados era una tenue humareda negra que empezaban a expeler por la boca, nariz y orejas, Luego caían en un trance demoniaco plagado de horrendas y torturantes alucinaciones, que ningún exorcismo era capaz de aplacar. Al cabo de unas horas, el cuerpo de las víctimas se iba hinchando y presentaba enormes manchas moradas, a la vez que de sus entrañas empezaba a fluir por la boca una masa negra oleaginosa, que se pegoteaba tercamente entre el paladar, lengua y dientes. Todo culminaba con la expulsión de un vomito liquido negro, con tanta presión, que el haz del vomito alcanzaba entre tres y cuatro metros. Luego de ello, los cuerpos quedaban vacíos, como bolsas descargadas de su contenido. Las pieles que quedaba de estos cuerpos no eran devoradas por ningún carroñero ni alimaña, solo iban resecándose mientras despedían una infecciosa y reptante neblina oscura; esta era la vía de contagio.

Entre la oscuridad, la gente espantada huía en todas direcciones llevando con ellas solo las provisiones que encontraban a mano. Yo apenas conseguí echarme dos bananos en los bolsillos y aupar a mi espalda a mi anciana madre, quien padece de demencia senil provocada por el Alzheimer, pero ella es lo más preciado que tengo, así es que no dudé un instante en sacarla de allí, aunque tuve que atarla a mi cintura. Lógicamente esto dificultaba nuestra huida y retrasaba mi paso para seguir al grupo que elegí de compañía. La primera meta era alcanzar las montañas. A cada minuto mi lentitud iba dejándonos más rezagados. Por momentos sacaba fuerzas de flaqueza y corría tras el grupo, pero cuando los alcanzaba, llegaba tan extenuado, que mientras recuperaba fuerzas, nuevamente quedábamos rezagados; así una y otra vez, hasta que los perdimos de vista.

Solos, entre los vericuetos de los caminos hacia las montañas, nos topamos con una lluvia torrencial, estábamos empapados, y yo, impregnado de fango hasta más arriba de las rodillas. El avanzar con mi madre a cuestas sobre la superficie resbalosa era realmente una tortura, pero debía continuar. El Tufo de la muerte negra nos perseguía con sus lenguas de oscura y letal humareda.

No sé cómo llegamos a este lugar, pero una riada se interponía entre nuestra línea de escape y la tóxica humareda que nos perseguía. Alguien debió estar antes aquí, en nuestra misma situación, pues había una larga liana atada a un árbol de este lado, y el otro extremo flotaba en las aguas turbulentas del crecido río. Si lograba alcanzarla, podría cruzar a nado, atarla en un árbol al otro lado, regresar por mi madre, auparla a mis espaldas, y así, juntos, podríamos remontar las aguas. Rápidamente me despojé de mis ropas y me zambullí en el río buscando alcanzar el extremo suelto de la liana. Vaya que era todo un reto; en este punto las aguas estaban extremadamente agitadas. Largo rato estuve lidiando con la corriente del agua, hasta que hice un movimiento de cabeza para ver si mi madre continuaba en una situación segura. Eso bastó para que perdiera el punto de equilibrio y ser arrastrado río abajo. La fuerza del agua me tiraba dando tumbos y volatines, estaba a punto de ahogarme, cuando la misma fuerza de la corriente me arrojó de espaldas contra la pedregosa orilla, entonces pude asirme de una roca saliente. Tenía todo el cuerpo magullado y cubierto de arañazos…pero estaba vivo y consciente. No sé cuánto tiempo estuve así, pero en cuanto recobré el aliento me encaramé en la roca y fui arrastrándome alejándome de la orilla del río.

Lo primero que me vino a la mente fue ¡¡Mi madre!! Entonces emprendí una loca carrera río arriba. Era cuestión de vida o muerte para mi madre, no debía detenerme, pero desconocía donde la deje. La jungla es jungla por donde se le mire. Resultaba casi imposible hallar un indicio para localizarla. Al amanecer pude distinguir al otro lado del río, el árbol con la liana atada que hallara en la noche.

Actuando con una decisión muy poco razonable. Tomé carrera y me impulsé de un salto lo más que pude, zambulléndome nuevamente en el río; desesperado di unas brazadas, y pude asirme a la liana flotante. Las caudalosas aguas amenazaban con arrastrarme, mas, yo seguía firme, sin soltarme. Poco a poco fui recorriendo toda la extensión de la liana hasta que conseguí llegar a la orilla.

Lamentablemente…todo había resultado tardío. Los restos de mi venerada madre apenas si eran un amasijo de huesos cubiertos por piel desinflada expeliendo un humo negruzco por la boca, nariz y orejas. Tomé entre mis manos sus restos, y lloré abrazándola con devoción, sin importarme el humo tóxico que fluía de sus entrañas e iba contaminando rápidamente mi organismo.

Ya no tenía sentido buscar que proteger mi existencia…  































lunes, 15 de septiembre de 2025

TRANSHUMANTE




Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



Una rara alineación en los astros confirmaba que la antigua profecía había empezado a cumplirse; el Redentor, hijo de Dagón, el Dios pez, había nacido, o estaba por nacer desde el vientre de una virgen de entre los comunes …no cabía duda.

Quien arbitrariamente, a fuego y hierro, habíase auto proclamado Guardian de la fe sobre la tierra, reunió a su legión de obispos y cardenales negros y se pronunció:

-Ese crío viene a echar por tierra nuestras predicas sobre el orden del mundo. Viene a inquietar las mentes de los comunes que con tanto esfuerzo hemos logrado oscurecer y aniquilar su poder de razonamiento. Él es un peligro subversivo para nuestra confraternidad. Debemos hallarlo y eliminarlo antes de que se manifieste. Debemos ser radicales. ¡En este mundo no hay espacio para él y nosotros! –

Los obispos y cardenales negros, llamados así pues iban cubiertos de pies a cabeza por sus sotanas negras enarbolando en sus pechos las amenazantes imágenes de espadas como cruces rojas, partieron raudos con la consigna de despedazar a cuanta mujer gestante hallaran en su camino, bajo la sospecha de que la criatura que llevaban en su vientre, pudiera ser el Redentor; igualmente tenían la orden explicita de asesinar a cuanto infante menor de cuatro años hallaran por doquier…

A su paso, la matanza era encarnizada y despiadada; a las gestantes se les atravesaba el vientre repetidas veces, y de todas las direcciones, luego se les apaleaba y apedreaba como forma de asegurar que su feto estuviera muerto. A los niños de menos de cuatro años de edad, se les cogía por los pies, y puestos de cabeza con las piernas separadas, de un certero tajo se les seccionaba el cuerpo en vertical, y seguidamente con otro tajo en horizontal, sus cuerpecitos eran partidos en cuatro; igualmente eran molidos a palazos y pedradas. Ante estas masacres, muchas madres y gestantes preferían optar por el suicidio y el envenenamiento de sus críos.

-Estos Dioses incapaces de atender los asuntos de este mundo, pues constantemente están ocupados en sus querellas y conflictos ególatras para dirimir quien es más poderoso; como este Dagón que nos envía a su hijo a redimir a los Comunes, justo ahora cuando nuestra cofradía ya tiene controlado ese aspecto. Si hallan e identifican plenamente a ese Redentor, avísenme; deseo ser testigo presencial en primera fila, de su final…-

Las hordas de obispos y cardenales negros creyendo haber cumplido a cabalidad con su encomienda de sangre y muerte, fueron emprendiendo el viaje de retorno desde diferentes partes de orbe, cuando una de estas cuadrillas de asesinos, dada la inminente caída de la noche, decidió acampar al amparo de unas cavernas en la ruta de Mahonda. Grande fue su sorpresa cuando entre las penumbras de las grutas hallaron oculta a una hermosa mujer de la raza de los Comunes, cuidando cariñosamente y con devoción de madre a lo que a ellos les pareció un pequeño monstruo repulsivo.

El pequeño fenómeno mostraba cabeza y cuerpo de pez, pero en vez de aletas laterales, tenía brazos rematadas en manos palmeadas, como los seres anfibios. Sus grandes ojos no estaban ubicados en los laterales de su rostro como los tienen los peces, sino que eran como los ojos de los comunes, es decir, tenía vista estereoscópica.

El niño pez estaba semi sumergido en una pequeña tina horadada naturalmente en la roca, y la mujer se afanaba por rehidratarle su escamosa piel con un jarrito que una y otra vez lo recargaba con el líquido elemento, y luego lo vertía sobre el lomo y la cabeza del infante.

La cuadrilla de obispos y cardenales negros rápidamente se llenó de especulaciones sobre la idea de que esta vez tenían ante ellos al Redentor, hijo de Dagón, el Dios pez, y con esas suposiciones, enviaron un mensajero a por su líder, el auto nombrado Guardian de la fe.

Vanas fueron las suplicas de la mujer identificada ya como la madre. Ella imploraba que no sacaran del agua y no maltrataran a su vástago -Su piel no resistirá fuera del agua ¡Piedad! ¡¡Se lo suplico!!-

Cuando llegó el auto nombrado Guardian de la fe, de inmediato ordenó confeccionar una pequeña cruz con unos troncos. La mujer que, impotente, no cesaba de chillar, fue sometida a una fuerte golpiza, y luego ultrajada sexualmente por toda la cuadrilla de obispos y cardenales. La intención del auto nombrado Guardian de la fe era que, si por ser ella la escogida, si Dagón, el Dios pez intentara reincidir en embarazarla, hallara su vientre ocupado por otra semilla. Para rematar todas las vejaciones a que fue expuesta, la mujer fue atada a un árbol justo frente a donde seria erigida la pequeña cruz.

El infante híbrido fue clavado sobre la pequeña cruz; un enorme clavo en cada hombro, uno en cada palma de la mano y dos en la aleta caudal. El noble monstruito apenas si exhaló unos quejidos y soltó unas lágrimas. La mujer no cesaba de chillar clamando piedad por su hijo, y por ella que era estratégicamente obligada a observar los vejámenes de que era víctima su hijo.

El lugar donde fue alzada la pequeña cruz fue bajo el sol abrazador del mediodía, el cual fue deshidratando y luego achicharrando la delicada piel del Redentor, literalmente friéndolo vivo y matándolo lentamente.

El auto nombrado Guardian de la fe habló:

-Que los escribas redacten un libro donde se narren estos hechos, con una versión muy propia de nosotros, y sobre esa historia fundaremos nuestra religión…Las religiones son dogmáticas, y los dogmas no se discuten ni contradicen ¡¡Desde este momento, yo soy el Sumo Pontífice!!... ¡¡Soy el Vicediós sobre este mundo!!-

Dicho esto, se hizo ceñir a la cabeza una tiara con forma de una boca abierta de pez; montó su caballo y seguido de su tenebroso sequito emprendió su camino de falaces predicas imponiendo su nueva religión.








jueves, 28 de agosto de 2025

CLARISSA VA DE PRISA





Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



Fuimos traídos aquí muchos siglos atrás. Éramos una miríada de aprendices de ángeles: poetas, artistas; algunos desquiciados y delirantes innovadores; algunos deliciosamente geniales, pero lamentablemente, por razones de errores genéticos en nuestro diseño neuronal, o por taras adquiridas en nuestro proceso de angelicalización, no calificamos para ser portadores de buenas nuevas. Y fuimos considerados potencialmente perturbadores para la raza humana.

Por estas razones no resultábamos útiles al Orden establecido, entonces fuimos desechados y confinados en esta pequeña isla de playas pedregosas, en medio del océano hostil. Fuimos abandonados desnudos, sin pertrechos, alimentos, ni herramientas.

Nuestra intrínseca naturaleza sensible empezó a cobrar su cuota de deterioro mental. Inicialmente hubo dos oleadas de suicidios masivos. Los cuerpos de los suicidas aun cuelgan de los árboles, nadie se dignó a bajarlos y enterrarlos. Ahora éramos apenas, una manada de locos soñadores huérfanos de sueños.

Una noche fuimos despertados intempestivamente por unos alaridos que solo retumbaban dentro de nuestras mentes a modo de drásticas órdenes telepáticas, las que fueron arreándonos y obligándonos a seguir un rumbo que se nos mostraba imposible de evitar; así, como un rebaño, fuimos conducidos por esos gritos silenciosos hasta la playa.

Ante nosotros se mostraba una plataforma semi circular de madera, dispuesta con la alineación de un anfiteatro, que descansaba sobre un andamiaje de unos tres metros. de altura, también de madera, clavado en el lecho marino, a manera de los palafitos. Los gritos telepáticos nos fueron obligando a trepar sobre la plataforma de madera, y alineándonos de manera que copamos por completo el área del semicírculo de madera, todos de pie.

El armazón de madera crujía bajo nuestros pies, dando la sensación que en cualquier momento se desmoronaría ante nuestro peso. Acto seguido, por algún extraño motivo todos caímos en un repentino estado de somnolencia, los más débiles no pudieron resistirse a un sopor profundo, y hasta quizás soñaron una vida fuera de aquí. Muchos de los que se encontraban en los bordes de la plataforma, producto de la somnolencia, perdieron el equilibrio y cayeron al agua estrellándose contra el pedregoso lecho marino; las aguas fueron tiñéndose de rojo con su sangre, y sus cuerpos sin vida o mal heridos quedaron flotando.

Cuando se reiniciaron los gritos telepáticos, estos nos sacaron del sueño y la modorra, y pudimos ver en tierra firme, frente a nosotros, una luz blanca muy intensa, un fogonazo que nos cegó por unos instantes. Al recobrar la visión nos encontramos con una colosal cara demoniaca color bermellón, encallada entre los montículos rocosos de la playa. Tenía una mirada maligna y los ojos centellantes. Su enorme boca se abría en una amplia y silenciosa carcajada. Cuando tendió su babeante y gelatinosa lengua sobre el piso, de sus entrañas emergió un enorme epígrafe de tridimensionales letras sangrantes ¡¡ANGELES CRUELES!! Este texto estuvo apareciendo y desapareciendo en el aire por unos minutos, hasta que se disolvió por completo.

Una música cadenciosa de compases sórdidos fue subiendo el volumen de sus decibelios hasta hacerse estridente. Era un ritmo por demás contagioso, no podíamos resistirnos a contonearnos, con lo cual, más de los nuestros continuaban cayendo y estrellándose contra las rocas del lecho marino.

La enorme boca apretó los dientes mordiendo y cercenándose gran parte de la lengua, la cual dio unas cuantas convulsiones, y luego se explayó como una alfombra. Sobre los restos de la enorme lengua, como si se tratase de unos hologramas, se materializó un grupo de mujeres espigadas y muy atractivas, con sus cabezas semi rapadas y cabellos multicolores, mostrando su desnudez con descaro y lascivia. Al compás de la estruendosa música, las féminas empezaron a bambolear sus cuerpos y auto acariciarse de manera, por demás pecaminosa, mientras entonaban canticos extraños con coros que más se asemejaban a quejidos y gemidos. La multitud sobre la plataforma nos fuimos contagiando con el concierto obsceno; estábamos extasiados con el bizarro y decadente espectáculo. Había ardor y vehemencia entre nosotros; hacia siglos que no veíamos mujeres, y menos en ese trance de lujuria desatada. Muchos saltábamos eufóricos.

…Y ocurrió lo que tenía que ocurrir; la plataforma de madera y la estructura que la sujetaban colapsaron; todos caímos al agua, dejando otra gran cuota de muertos y heridos. El puñado de sobrevivientes, abriéndonos paso entre los heridos y cadáveres flotantes, enrumbamos nadando hacia la playa, donde inmutable, continuaba su curso el escabroso espectáculo.

Los primeros en llegar a la playa eran rescatados y acogidos por las lujuriosas féminas, quienes los sometían a una copula desenfrenada. Culminado el orgasmo, las lascivas mujeres los ultimaban con certeros mordiscos en el cuello y luego los iban devorando parcialmente hasta que tenían a otro naufrago a su alcance. La letra de las canciones se había tornado de impúdica a macabra.

(Letra de Aranea peel)

EL MACHO TIENE UN CUERPO DELICADO

EL JUEGO DEL APAREAMIENTO HA TERMINADO

EL HOMBRECITO DONÓ SU ESPERMA A LA HEMBRA

AHORA SU SEMILLA ESTÁ BIEN RESGUARDADA

OTROS APETITOS Y EL HAMBRE SE APODERAN DE ELLA

EL CUERPO DEL HOMBRECILLO SE LE HACE SABROSO

 ELLA SE LO COME

¡¡EL TRÁNSITO HA CONCLUIDO!!

Apenas unos cuantos logramos escapar de ese fatal destino. Posiblemente ellas parirán otra miríada de aprendices de ángeles.







miércoles, 30 de julio de 2025

SIN CADENAS





Ilustración y poema de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)


Si tienes que partir, hazlo ya, y cierra la puerta al salir.

No espero la visita de nadie. Eres y serás la única persona que ha profanado el portal de esta mi burbuja.

Ni amigos ni enemigos; no tengo a nadie en este sombrío mundo.

Ningún humano, antes de ti, me ha visto revolcarme en el piso mientras lloro mis miedos y mis angustias.

¿Qué has hecho con mi vida? ¿Por qué me has clavado ese puñal?

Si tenías planeado irte, muerto ya estoy.

No era necesario manchar tus manos con mi sangre…

Hace frío, y la filuda hoja de acero está helada. Quítala de entre mis carnes, por favor.

Si tienes que partir, hazlo ya, y cierra la puerta al salir.

No deseo que veas mi agonía, Date prisa, ambos debemos irnos de aquí.

Si tienes que partir… hazlo ya…









sábado, 7 de junio de 2025

SOPA FRÍA




Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



Llevábamos varias semanas juntos, mas todo indicaba que ninguno sabía absolutamente nada de los otros dos. En todo este tiempo ninguno habíamos sido capaz de articular palabra alguna. Cuando hacíamos contacto visual, solo nos limitábamos a agachar la mirada y llorar. En medio de tamaña destrucción y desolación, nuestro shock parecía imposible de ser superado ¿Por dónde iniciar el comienzo de algo? En todos estos días no habíamos visto a nadie más en pie, aparte de nosotros tres. Entre los escombros apenas si se distinguían algunos cuerpos mutilados que el polvo que traían los ventarrones, rápidamente iba cubriendo, restándoles contraste con el paisaje.

Luego de las repetidas explosiones nucleares, solo vi un gran resplandor enceguecedor seguido de una intensa oleada de calor; cuando abrí los ojos, ya estábamos allí los tres, frente a frente, y sin entender en concreto que había ocurrido.

En el perímetro había paquetes de galletas y botellas de agua desperdigados en el piso; quizás eso nos motivaba a mantenernos en el lugar; aunque en un mundo inerte como el que teníamos delante ¿A dónde podríamos ir…?

Una mañana vimos flotando en el cielo un cuerpo inflado como un globo, con las piernas y brazos extendidos, que los vientos empujaban por sobre nuestro emplazamiento. El contexto en general era delirante, era factible que en medio de tamaño desastre, hubiésemos extraviado la cordura, y estuviéramos alucinando. Unos gallinazos cual si fueran parásitos, se posaron sobre las espaldas, del ente volátil, y estuvieron picoteándolo. Nosotros boquiabiertos nos limitamos a observar la escena; hasta que, quizás por el accionar de los picotazos o por el calor abrazador del mediodía, el cuerpo explotó en el aire y sus restos se precipitaron a tierra muy cerca nuestro.

Sin mediar palabra, los tres corrimos hacia el lugar de la colisión. Lo que hallamos fue un amasijo de carnes putrefactas, pero para nuestro desconcierto, lo que por lógica debería ser un cadáver, aún latía; y aspiraba y expiraba aire por donde podía, provocando un ruido similar al de los ronquidos que emite un adulto al dormir.

Lo primero y lo único que se me ocurrió decir fue - ¡Es un Durmiente! – Mis dos compañeros solo me miraron…y envueltos en nuestro mutismo acostumbrado emprendimos el retorno hacia nuestro punto de estadía…

Los días transcurrieron su curso, hasta que una mañana fui despertado por los gritos de mis compañeros - ¡¡Los Durmientes!! ¡¡Vienen más Durmientes!! – Sobresaltado, me incorporé mirando al cielo en la dirección que ellos señalaban, y efectivamente varios de esos globos humanos con los brazos y piernas extendidas venían flotando sobre las ráfagas de viento. Esta vez las bandadas de aves carroñeras se habían multiplicado y competían por un espacio donde picotear, y así participar del festín.

Nosotros observábamos estupefactos las ocurrencias. Calculo que esta vez el número de Durmientes superaba el centenar de individuos. Al igual que la vez anterior, bien por acción del calor o por los repetidos picotazos de los gallinazos, los Durmientes, que ya sumaban varios cientos, empezaron a explotar en el aire, y venirse al piso en caída libre. Esta vez, ni mis compañeros ni yo tuvimos el impulso de correr a ver a los que, tras explotar en el aire, caían a tierra.

-Pobres Durmientes…- Pronuncié sin esperar recepción ni respuesta; más era mi ánimo de soliloquio. Había empezado a rebuscar en mi interior una explicación a los hechos de los que éramos testigos, y a la vez protagonistas…

De pronto di rienda suelta a una perturbada locuacidad -En medio de este mundo plagado de muerte es probable que los cielos y los infiernos se hayan quedado sin espacio para albergar más almas, y estos pobres infelices estén condenados a vagar como Durmientes en este limbo desquiciado- Cuando miré a mis compañeros, ambos miraban al suelo, y parecían no haberme escuchado…

-Es posible que yo sea un Durmiente putrefacto, y todo este contexto delirante, no se trate más que de otra de mis pesadillas…-