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Hay atardeceres en los que la agonía
del sol te pone los pelos en punta.
Muy lentamente el pequeño autito iba deslizándose cuesta
abajo. Yo con ambas manos encadenadas al timón del volante, hacía lo imposible
para no patinar; para ello, desesperadamente iba haciendo cortos giros hacia la
izquierda y a la derecha. La carretera estaba completamente empapada por la
persistente lluvia. Así resultaba sumamente difícil mantener el control del
vehículo, además de la casi nula visibilidad. Por esas razones, aunque deseaba
salir volando de esa situación, no aceleraba la marcha.
Mis dos pasajeros sentados en los asientos de atrás me
aterraban. Su aspecto era macabramente extraño. La piel de sus rostros se
mostraba extremadamente pálida y escamosa; la
cubierta de sus cráneos era transparente, por lo que sus sesos quedaban
expuestos a la vista. Pero no es esto lo que me resultaba más espeluznante,
sino, el continuo chirrido que hacían con sus afilados colmillos …Lo que yo temía
es que estuviesen tramando atacarme a dentelladas, y devorarme. Debía
mantenerme concentrado en el camino, pero también debía mantener la vigilancia
de mis dos pasajeros, aunque sí decidieran atacarme, poco o nada podría hacer
para defenderme con las manos encadenadas; igual,
procuraba no quitarles la vista de encima ayudándome con el rabillo del ojo.
¿En qué momento y en qué circunstancias me fui de esa
realidad?
Cuando recuperé la conciencia, estaba sentado sobre el
asfalto de una carretera. Mis manos habían sido liberadas del volante del
autito, mas, continuaban encadenadas una a otra a la altura de las muñecas[O1] ; ya no había autito ni los aterradores seres que venían
como mis pasajeros.
Unos momentos cavilando sobre que hacer hasta que, para mi
sorpresa, por el carril contrario apareció un hombrecillo desnudo, con un tórax
y espalda descomunales en proporción a su talla; su
cabeza enorme iba sobre un cuello también desproporcionado que daba la
impresión de tener unida la mandíbula a los hombros. Su rostro era fiero, y
parecía estar malhumorado. Venía halando una roca un poco más grande que él; haciendo
un gran esfuerzo tiraba de ella con unas gruesas lianas.
Al pasar frente a mí, el hombrecillo me echó una mirada
escudriñadora que me heló la sangre y me dejó inmóvil. Lo vi recoger sus lianas
con aparente serenidad, y empezó a manipularlas haciéndole nudos. El movimiento
para mí fue tan de improvisto, que solo me enteré de que yo era el objetivo, cuando; de un certero lance ya me había lazado con su
liana maniatándome los codos a la altura de la cintura. Seguidamente, empezó a
tironearme con rudeza, hasta arrojarme de cara al piso. La fricción contra la
aspereza del piso literalmente me estaba desollando. Al llegar a su alcance, se
preocupó de atarme con más eficiencia, y me levantó como un fardo sobre su
hombro, y emprendió la caminata conmigo a cuestas.
No muy lejos, me hizo ingresar en una casucha
destartalada, en cuyo centro había un fogón encendido, y sobre él una gran olla
echando vapor. Me bajó de su hombro, tomó mis encadenadas manos con su mano
izquierda, las jaló por sobre el vapor hirviente que manaba de la olla, y antes
que yo siquiera sospechara algo, cogió un hacha y me cercenó ambas manos a la
altura de las muñecas, cayendo estas al interior de la olla. Luego introdujo
mis muñones en su boca y empezó lamer y succionar la sangre que manaba por la
zona de la mutilación.
Calculando que ya estaban en su punto de cocción, sacó mis
manos de la olla y empezó a comerlas con avidez.
Nuevamente era de tarde, y yo nuevamente en el autito
bajando por una pendiente, pero esta vez sentado es una posición, por demás
incomoda; ahora sin manos y con los pies desnudos encadenados al volante. En mi
afán de no desbarrancar o estrellarme, iba haciendo maniobras y piruetas con
mis piernas y pies. De pronto pude ver que esta vez también llevaba a mis dos anteriores
pasajeros en el asiento de atrás. Los vi, y venían besándose y acariciándose
muy efusivamente, lo cual me resultó muy tranquilizador. Yo seguía con mi
empeño de no perder el control del vehículo. Atrás, las caricias y besos fueron
subiendo en apasionamiento. Ahora se golpeaban, arañaban y mordían,
lastimándose sin miramientos. Las heridas eran cada vez más profundas y
evidentes. Literalmente se estaban devorando. Había trozos de carne y regueros
de sangre por los vidrios y todo el interior del autito…
Hay atardeceres en los que la agonía
del sol te pone los pelos en punta.














