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lunes, 8 de junio de 2026

DE TAL PALO…




Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




<<Así fuimos creados, a imagen y semejanza de un Dios dual, mezcla de Dios y demonio, luz y oscuridad. Él mismo se describe cuando nos dice -Yo hago el bien, y también hago el mal- …esto consta en los escritos bíblicos.

Un Dios bipolar, celoso, vengativo, y castigador…y nosotros con sus genes entre nuestro diseño.

Así, con todas esas taras en su esencia, nos creó, exactamente idénticos a él. En su libro sagrado hay escritos a su nombre arengando a su pueblo elegido - ¡Mátenlos a todos, hombres, mujeres y niños, pues ellos no creen en mí, no me adoran! - Si aparentemente todos somos sus hijos, si se auto proclama un Dios todo amor ¿Por qué reclama la sangre de sus propias criaturas? ¿Acaso el amor se impone…?>>

Quincho Huamán era un humano común y corriente, un joven provinciano, devoto por herencia y por convicción. Para su sustento, se dedicaba a la venta de periódicos y revistas en un quiosco a la entrada de la zona. Quincho estaba enamorado de una agraciada niña aun en edad escolar. Los padres de la niña hallaban en la etnia y en la condición económica de Quincho, razones para oponerse a esa relación, por lo cual prohibieron a la niña mantener ni siquiera amistad con el susodicho; lo cual, la niña prometió acatar.

El día Sábado, muy temprano, en horas en que aun mucha gente permanecía durmiendo; como era su rutina, la niña salió acompañada de su hermanita de nueve años a trotar por los rededores de la zona.

Cuando el dúo de niñas pasó frente al quiosco de Quincho, este salió a la carrera a su encuentro; llevaba dos botellas de plástico apretadas entre su brazo izquierdo y su pecho. Con la mano derecha intentó tomar del brazo a la niña objeto de su amor, pero esta logró zafarse, dio dos pasos hacia atrás, y le dijo que se alejara, que ella no tenía nada que hablar con él.

Como si estuviera siguiendo un guion escrito con anterioridad, Quincho destapo una de las botellas y rápidamente le roció el contenido sobre el rostro. La niña lanzó un grito de dolor y se llevó las manos a los ojos…el líquido era ácido muriático. La niña daba espeluznantes chillidos mientras sus pies giraban errabundos. El ácido estaba lacerando sus ojos y las mucosas de la nariz y la boca. Su hermanita, invadida por el estupor, solo se limitaba a llorar, paralizada.

Aprovechando que su víctima eventualmente le dio la espalda, Quincho extrajo de entre sus ropas un enorme cuchillo de cocina, y empezó a asestarle una tras otra, catorce cuchilladas. Cuando la niña cayó al piso dando sus últimos estertores, Quincho destapó la segunda botella y la roció sobre su víctima…era gasolina, seguidamente, le prendió fuego, y salió huyendo a la carrera. Como un poseído mientras corría hacía molinetes con los brazos.

Cuando atraparon a Quincho Huaman, por su crimen lo condenaron a cadena perpetua.

Quincho amaba locamente a la niña, como ella decidió no corresponderle, él la mató de la manera más cruel.

<< ¿Qué diferencia hay entre el crimen de Quincho Huaman y los crímenes que perpetra el Dios bíblico? En ambos casos el móvil es la negación a entregar amor o adoración ¿Es que acaso el amor se impone…?

 ¿Cuál será la condena que se le impondrá al Dios bíblico, por todas las crueldades a las que somete a sus criaturas? Es lógico sospechar que ese Dios es un farsante…>>








domingo, 15 de septiembre de 2024

ARTERA MEMORIA




Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




¿De dónde provenía? No lo sabía. No tenía idea de su pasado ni de su presente… menos, de su futuro. Sólo se materializó de manera súbita, tras las cortinas de niebla en las laderas de la gran montaña, y de allí emergió. No era momento propicio para indagarse a sí mismo sobre su naturaleza, o que tipo de ser era. Tenía hambre y frío, y en esas condiciones, su desnudez le estaba jugando un revés. Era imperioso hallar algo para comer, y luego alguna forma de abrigo.

Lo primero que se posó ante su mirada fue un enorme espécimen de cuatro patas, y cuernos rematando lo que sería su cabeza. No sabía de qué se trataba, pero olía a alimento; entonces se lanzó a la carrera contra la presa. Guiado únicamente por sus instintos, de un salto se encaramó sobre el lomo del cuadrúpedo, el cual mientras corría y forcejeaba luchando por su vida, movía peligrosamente su cornamenta intentando defenderse. Él, asido a los cuernos de su víctima, hizo un rápido movimiento, bajo su cabeza por un costado, e instintivamente dirigió una certera dentellada a la tráquea del animal, y no lo soltó hasta que por asfixia, este poco a poco dejó de forcejear, resignándose a su inminente final.

Con sus filudas y fuertes uñas fue desollando el cadáver, a la vez que con sus enormes mandíbulas arrancaba trozos de carne y los engullía con avidez. Su hazaña le había reafirmado su fortaleza. Cuando se hartó de comer se cubrió con la piel de su víctima, y empezó a caminar. Su único equipaje era su confusión; desconocía todo… ni siquiera se conocía a sí mismo.

Así anduvo casi toda la tarde, ahora tenía sed; su olfato fue guiándole hacia un manantial. Su mirada atenta le avisó que allí no estaba solo, allí, en la caída de agua, hallábase un ser que a sus ojos le pareció muy atractivo, el equivalente a hermosamente divino.

Aquella fascinante criatura, se bañaba desnuda sin sospechar que estaba siendo observada furtivamente desde la maleza.

Cuando él lo creyó propicio, dando brincos sobre el agua se abalanzó sobre la criatura; aunque esta vez se impuso mucho esmero en ser lo menos violento posible; no quería dañarla en lo absoluto; sólo deseaba tocarla, olerla, tenerla cerca. Una mezcla de emociones y sensaciones desconocidas bullían por todo su organismo. Para ella, sentirse atrapada por un ser como él: Enorme, con tremendas manazas y garras, con un enorme hocico, y enfundado en esa piel del cuadrúpedo, fue demasiado, ante tanta impresión sufrió un desmayo.

Con hojas y ramas construyó un refugio. Cuando ella despertó, él le ofreció frutas frescas y bayas. Inicialmente, ella estaba horrorizada con el aspecto físico de su captor, mas, los ojos de este, por alguna razón, le inspiraron confianza, así es que terminó aceptándole los alimentos que con tanta devoción le ofrendaba. Él le acarició los cabellos, y ella percibió el embelesamiento que el extraño sentía hacia su persona. Pasaron los días, semanas y meses, y el encantamiento se tornó mutuo.

Hubo muchos momentos de pasión y consolidado cariño, hasta que ella quedó embarazada. Transcurrieron aproximadamente treinta y siete semanas, y él se debió ausentarse del refugio, pues los alimentos escaseaban en la zona por ser invierno, y había que recorrer largas extensiones de terreno para conseguir algo comestible.

En el refugio, ella empezó a sentir los primeros síntomas del parto, dolores que rápidamente fueron agudizándose hasta hacerse insoportables. En sus entrañas, algo dramáticamente doloroso estaba ocurriendo. Sus alaridos se podían oír en toda la zona, pero la ausencia de auxilio era reinante. Entonces cayó al piso expulsando sangre por la nariz y la boca…

Ocurría que su propio vástago había empezado a devorar la placenta y luego continúo engullendo las vísceras, y así siguió hasta abrirse paso a través de su abdomen. Una vez liberado de las entrañas de su ya difunta madre, prosiguió con la tragazón del cuerpo entero de su progenitora. Su apetito era tan voraz que hasta roía los huesos. Conforme comía, iba creciendo su corporeidad.

Cuando el recolector de alimentos regresó al refugio halló en un rincón al que era su hijo aun devorando los últimos restos de su compañera, la reconoció, pues la cabeza aún estaba intacta.

Impulsivamente, se abalanzó hacia su hijo, y de un certero mordisco le arrancó casi la mitad del cuello, matándolo instantáneamente.

Sentado en la entrada del refugio lloró desconsoladamente la pérdida de su compañera…y quizás también la pérdida de su hijo. Ahora cavilaba en que quizás él también había venido al mundo en similares circunstancias, solo que no lo recordaba.











martes, 20 de agosto de 2024

CANSINO ANDAR PARA LA IRA NOCTÁMBULA





Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




Edgard era un afro descendiente físicamente bien dotado; 1.80 de altura aproximadamente, y cierta corpulencia. “El Negro”, como casi todos solíamos llamarlo, era irascible, sanguinario, y con muy pocos códigos de conducta; yo intuía, y también las malas lenguas murmuraban que ya tenía algunos asesinatos en su haber. En pocas palabras, era un sociópata; pero, por razones que quizás se hallen en nuestra infancia en común como afrodescendientes encasilladoos en un barrio marginal y violento , el “Negro Edgard” era empático conmigo. Yo era una de las pocas personas a quien, en medio de su carácter hosco, me permitía hacerle bromas pesadas, y hasta burlas. Cuando nos encontrábamos la pasábamos bien.

Una noche invernal, yo regresaba  del cine a paso de caminata, cuando al llegar al parque municipal me topé con Edgard -Hola Negro ¿Qué hay…? – De inmediato noté su intranquilidad, tenía algo envuelto entre las hojas de un periódico y se esforzaba para pasarlo desapercibido a mi atención. Como adelantándome para que yo no preguntara sobre lo que ocultaba, me dijo –“Chupón” ¿No me acompañas a fumar un porro de “maricucha”? – Yo acepté presto; pensé, me caería bien algo de cannabis antes de dormir…

Mientras iba armando el porro, Edgard empezó a narrarme que, a una calle, desde una cantina, alguien le gritó - ¡Negro soplón! – Entonces me mostró a medias, que lo que ocultaba con tanto celo bajo las hojas del periódico, era un revolver. Lo volvió a ocultar y continuó armando el porro con meticulosidad, a la vez que prosiguió con su historia. Me dijo que, sin pensarlo, ingresó a la cantina, se dirigió al grupo que se encontraba libando y sin mediar palabra, con la cacha del revolver, le dio un sófero golpe en la frente al individuo que estaba más cercano, haciéndole sangrar profusamente a la altura de la sien izquierda…Así como entró, así salió, sin decir nada; tampoco de entre los parroquianos, nadie dijo nada, sólo el agraviado exclamó – Negro hijo de puta…- Más como un quejido, que como un insulto.

Mientras Edgard me contaba lo sucedido, yo no quitaba la mirada del revolver envuelto. Yo sabía que más de las veces él portaba arma de fuego, pero esta vez tenía una intuición. En un descuido, le arrebaté el periódico, con lo que corroboré mis sospechas ¡El revolver no tenía tambor! En esta oportunidad Edgard portaba un arma inútil… Gruñendo me quitó las hojas de periódico –“Chupón”, no te juegues así con estas cosas- Y nuevamente cubrió el arma destartalada. Realmente me sentí incomodo de haber puesto en ridículo a mi amigo; por lo que me quedé unos instantes en silencio.

“El negro” encendió el porro; cuando, esa intuición que tenemos quienes vivimos a salto de mata, me hizo virar la mirada hacia la zona de los arbolitos de copas podadas artísticamente en formas redondeadas.

-Edgard, por el lado de los arbolitos viene un grupo escabulléndose. Creo que son esos “cagones…”-

“El Negro” empuñó el arma, se aseguró de cubrir el cuerpo dejando expuesto sólo el cañón, me pasó el porro encendido, y me dijo -Espérame. Ahorita los arreglo a estos “concha de su madre” …- ¿Con que iba a enfrentarlos? Ellos eran más de diez, y de hecho venían “cargados”. Ese revolver destartalado serviría de poco o nada.

-Negro, vámonos; si corremos hacia mi barrio no podrán alcanzarnos…- Pero Edgard ya no me escuchó, o no quiso escucharme. No a la carrera, pero sí dando trancos largos y apresurados, Edgard les interceptó apuntándoles con el arma. Con la mano derecha empuñaba el arma apuntándoles al pecho, y con la izquierda mantenía cubierta la deficiencia del revolver. Como una veleta barría de derecha a izquierda, dibujando al viento un amenazante arco que mantenía a raya a sus potenciales atacantes. Entonces decidí acercarme. “El Negro” era mi carnal, y a un carnal no se le abandona…

Uno de los malandrines dijo -Haces tanto teatro con tu revolver, y de repente tu “cojudez” ni dispara…- Otro exclamo - ¡Sí, si dispara! Yo le he visto a este negro de mierda matando perros a balazos-

Cuando parecieron haberse calmado los ánimos de ambos lados, le grite a Edgard - ¡Negro, vámonos! -  Sin mirarme, el Negro me respondió -Loco, vete tú nomas ¡Vete! – Y me hizo un ademán de ¡aléjate! con la cabeza. Debió ser en ese lapsus que uno de los acosadores creyó oportuno atacar, y se abalanzó sobre Edgard apuñalándole en el pecho repetidas veces; entonces se desató el festín de sangre. “El Negro Edgard” cayó de espaldas al piso, con su inútil arma apuntando al cielo… Toda la pandilla reclamó su oportunidad para acuchillarlo y golpearlo. Literalmente lo cosieron a puñaladas. Visto el fatal desenlace, emprendí mi indecorosa pero acertada huida. Corrí y corrí hasta mi barrio, que a esas horas sus calles estaban desiertas, y me refugié en la seguridad de mi casa.

Aun ahora, pasado mucho tiempo, salgo alerta y con extremo cuidado, pues aquella noche, muchos de los pandilleros vieron mi rostro, y yo vi el rostro de muchos de ellos… Esos desgraciados y yo tenemos cuentas que saldar; se que ni ellos ni yo sabemos olvidar… ellos “despacharon” a uno de los míos, y pagaran por ello.

<<La venganza es un trago que sabe mejor si se bebe frío y con paciencia>>















martes, 28 de mayo de 2024

GRIMORIO CON RECETAS PARA REDIMIR SANTOS




IIustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




Esta es la noticia del asesinato de una familia, que estremeció Brazil…

La escena que halló la policía de Sao Paulo esta semana en la casa de la familia Pesseghini, era espeluznante: Un adolescente de trece años muerto de un balazo, tendido sobre su cama, junto a los cuerpos sin vida de su padre y madre; y el revolver percutado, en la mano del muchacho. En otra habitación dentro de la misma casa estaban los cuerpos sin vida de la abuela y tía abuela del adolescente, todos ultimados por disparos de la misma arma.

El adolescente Marcelo Pesseghini, fue descrito por quienes le conocían, como un jovenzuelo atento y cariñoso. Aunque la policía también ha indicado que un compañero de Marcelo en la escuela (cuyo nombre no fue divulgado) declaró que Marcelo le había comentado su deseo de matar a sus padres, irse a vivir a una casa abandonada y convertirse en un asesino a sueldo.

Según las investigaciones, todos murieron el día domingo por disparos del arma de reglamento de la madre de Marcelo, una mujer de treinta y seis años que era policía, al igual que su marido de cuarenta años.

Las pesquisas policiales señalan a Marcelo como el autor de los disparos que segaron la vida de sus cuatro familiares, y posteriormente se suicidó.

La escuela en donde estudiaba el muchacho indicó que el lunes, último día que asistió a clases, participó de todas las actividades propuestas y tuvo el acostumbrado comportamiento afectuoso con sus profesores y compañeros en general. No presentó ningún tipo de conducta anormal.

Todo indica que el día Domingo, Marcelo Disparó a quemarropa. primero contra su padre, luego contra su madre y, después contra su abuela y su tía abuela.

En base a un video grabado por las cámaras de seguridad en la calle, los investigadores sostienen que Marcelo condujo el auto de su madre hasta su escuela a la 1:25 de la madrugada del lunes y permaneció en su interior cinco horas. Pasado ese lapso de tiempo bajo del auto e ingresó a clases; mas no regresó a casa en el mismo vehículo, sino que fue llevado por el padre de otro alumno.

<< Cuando Marcelo volvió a su vivienda, apenas atravesó el umbral y cerró la puerta tras de sí, se activaron todas las cerraduras de puertas y ventanas, asegurando que Marcelo no tuviera oportunidad de salir. Entonces se le presentaron caminando sus cuatro familiares muertos, mostrando sus heridas de bala y sus ropas ensangrentadas. Marcelo retrocedió y corrió a refugiarse en su dormitorio, pero hasta allí lo siguieron los cadáveres andantes. El muchacho sólo atinó a acurrucarse en su cama. Los cuatro difuntos le acariciaban el rostro y los cabellos, y no cesaban de acosarle repitiéndole: -Eres muy joven, no podemos dejarte solo aquí ¡Debes venir con nosotros Marcelo! ¡Toma el arma, ponla en tu sien, y jala el gatillo! ->>





















miércoles, 1 de mayo de 2024

ESCRITO SOBRE LA PIEL DEL CADAVER EXQUISITO





IIustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




El Cura se santiguó y dio inicio a su homilía.

- …Y Dios dijo a su pueblo: <Los orates son mis enviados; ellos transitan entre esta realidad, y realidades muy lejanas de aquí. Son sagrados. Por ello, quien ose lastimarlos, condenará su alma a los eternos fuegos de los infiernos. Si veis su desnudez, no los cubráis…esa es la viva muestra de su inocencia y sinceridad…> - 

A la par con estas palabras de su sermón, el Cura empezó a despojarse de su sotana y demás prendas, hasta quedar completamente desnudo. Dio un paso hacia la izquierda del púlpito, y alzó los brazos al cielo, dejando a la vista de todos su completa desnudez. Su feligresía, proclive a acatar e imitar, también procedieron a despojarse de sus ropas. El Cura bajo los cinco escalones, y con los brazos extendidos hacia adelante, caminó por el pasillo central, con dirección a la entrada del templo. Una vez en el umbral, abrió sus brazos en cruz, aspiró profundamente el aire de la calle, dio media vuelta, y se encaminó de retorno al púlpito. Su mirada denotaba que estaba en un trance muy profundo. Subió los cinco escalones, recogió sus prendas y empezó a vestirse. Los feligreses, imitándolo, también recogieron sus ropas y fueron vistiéndose. Mientras el Cura elevaba unas extrañas oraciones en un idioma desconocido para sus oyentes, a la vez que extraía de entre sus ropas un revolver, cuyo cañón introdujo en su boca. Su feligresía miraba atónita, sin atinar a hacer nada, ni tampoco a pronunciar palabra alguna. De pronto se oyó el estampido de un balazo que atravesó el cráneo del cura, y se estrelló contra la estatua de un Arcángel destrozándole el torso de yeso.

El cuerpo sin vida del Cura, cayó al piso rodando por los escalones, hasta quedar tendido boca abajo. El estupor se generalizo entre los feligreses; cuando fueron reaccionando, corrieron hacia el cuerpo del cura. Entonces vieron, como de su nuca, por el orificio de salida de la bala, emergió desde el interior de su cráneo, una crisálida retorciéndose entre la sangre, y luego de liberarse de su capullo, extendió sus rojas alas, y emprendió un inicial vuelo errático con rumbo a la calle, hasta que la perdieron de vista.

A todos les quedó grabado en sus mentes que la locura es de color rojo.












domingo, 17 de marzo de 2024

¡LOCO! ¡CRAZY!






Video (Música e imágenes de Oswaldo Mejía)

Video con muestra de parte de mi obra pictórica editada sobre la música del track "¡Loco! ¡Crazy!". Canción de mi autoría en composición y arreglos musicales, y que formara parte de la discografía de mi otrora banda "Brebaje", donde ejecutaba la guitarra lider.











jueves, 8 de febrero de 2024

ELLOS DEAMBULAN EN MI PATIO INTERIOR.




IIustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




La familia Chávez Parra era una familia jubilosa, positiva y pujante, que luchaba por salir airosa en la vida. Efrén el padre era policía; Esther la madre enfermera; Raymundo era el hijo mayor, y Victoria la menor, ambos muy alegres y extrovertidos.

Fue en Julio del año 1984 cuando la tragedia tocó a la familia. Efrén Chávez, el padre, fue muerto a tiros al intentar detener un asalto. Esto fue un golpe muy duro para la familia. Esther Parra, la madre, quedó tan afectada emocionalmente que empezó a perder la cordura hasta quedar sumida en la demencia… Los hijos quedaron a la deriva, con mucho dolor y sin nadie en quien apoyarse. A menudo repetían que les haría mucho bien poder hablar con su padre en esas circunstancias.

Un atardecer, a la hora del ocaso, cerca de una decena de amigos nos encontrábamos reunidos en la esquina del barrio, cuando Raymundo Chávez trajo a la charla el mismo comentario. -Me gustaría conversar con mi padre, y pedirle consejo sobre qué hacer en nuestra situación actual; lástima que no esté vivo…- En ese instante, una chica, que al parecer ninguno del grupo conocía, y de la cual no nos habíamos percatado como y cuando se integró al grupo, dijo -Yo sé cómo es posible comunicarnos con tu padre muerto…Sólo basta con que estén dispuestos a hacer lo que yo les pida. Mañana en la noche les haré una demostración. Los que no me creen, es mejor que no vengan, o les ira mal. –

Algunos, quizás por incredulidad o quizás por temor no asistieron a la cita. Cuando llegó la extraña chica, éramos cuatro los que la esperábamos: Raymundo, Victoria, un chico más, y yo. Serían las 21.30 horas, cuando la recién llegada, casi sin mediar palabra extrajo de su mochila, un tablero con letras y números y las palabras SÍ y NO impresas, y un tipo de lector en forma de corazón, con pequeñas patas acojinadas para evitar raspar el tablero, y pudiera deslizarse sin hacer fricción. La noche continuó su avance tiñendo con sus sombras el contexto, de por sí, ya bastante tétrico. La joven tomo el corazón, lo colocó en el centro del tablero, posó su dedo sobre el corazón y empezó a preguntar repetidas veces. - ¿Hay alguien allí…? - …Hasta que el corazón por propio impulso, se dirigió a la palabra SÍ. La chica pregunto si podía comunicarle con su tía fallecida hacía algunos años. El corazón volvió al centro, y ahora debía estar poseído por la presencia de la tía pues el corazón pareció cobrar vida propia, y a cada pregunta, se deslizaba por el tablero tocando letra por letra como si digitara las respuestas. empezó a responder preguntas que la chica iba haciéndole. Creo estar seguro de que los cuatro invitados estábamos paralizados y mudos por efecto del asombro y el terror, pero continuamos allí. Para asegurarnos que no se trataba de un juego o un truco, la chica continuó preguntando a su tía sobre asuntos personales de nosotros siete ¡Y sí! Por las caras de espanto de los otros seis, asumo que la tía fallecida, a través del corazón guía había acertado respondiendo sobre aspectos nuestros tan íntimos que, de hecho, pocos o nadie sabía.  Allí debió ser que a Reynaldo y Victoria se les metió la idea de contactar con su padre fallecido; pues terminada la sesión, la misteriosa chica, preguntó - ¿Alguno de ustedes me puede guardar mi tablero hasta mañana? - Y prestos los hermanos se ofrecieron a guardar el artefacto.

La misteriosa chica, así como apareció, así desapareció, e inexplicablemente jamás regresó a reclamar su tablero, que luego averigüé, se llamaba Ouija, y servía para abrir portales a entes que deambulaban entre el plano de los vivos y los muertos.

Repentinamente los hermanos Chávez Parra dejaron de frecuentar el grupo; dejaron de hacer vida social; permanecían encerrados en casa, y jamás encendían luces. Un día fui a su casa, salió Reynaldo, y me atendió misteriosamente con la puerta entrecerrada. Allí, de manera muy escueta me contó que sí habían logrado comunicarse con su padre a través de la Ouija, pero también con otros entes que ahora deambulaban por su casa, y en ocasiones los poseían y les obligaban a hacer cosas… Reynaldo no terminó la frase, e inexplicablemente me cerró la puerta en las narices.

No volvimos a saber nada de ellos, hasta aquella noche en que los gritos desgarradores y carcajadas provenientes del interior de la casa de los Chávez Parra, junto con fuego que empezó a expandirse por la planta baja, sobrecogieron el vecindario entero.

Al día siguiente nos enteramos por los informes policiales en los noticieros, que los hermanos Chávez Parra habían asesinado a su madre hacia unos días; descuartizaron el cadáver y guardaron los restos en el refrigerador. Era muy posible que ambos hermanos hubieran incurrido en canibalismo con los restos de su propia madre. Luego, la noche del griterío, Reynaldo hubo asesinado a su hermana Victoria asestándole veintidós puñaladas, luego se roció el cuerpo entero con combustible y se prendió fuego; así, convertido en una tea humana, empezó a corretear por todo el salón, mientras reía a carcajadas y esparcía el fuego por todo el mobiliario.

Que en paz puedan descansar las almas de los Chávez Parra.























jueves, 28 de diciembre de 2023

AFLICCION ANUNCIADA.




IIustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




Los planos entre las que transitaba Federico, eran cada vez más alucinados ¿En qué momento empezó a ser invadido por estas fantasías? Para él mismo era difícil establecerlo; le parecía que siempre había sido así; en su presente no podía concebir que existiera una visión de vida diferente. Vivía entre sus fantasías y la realidad. El transitar entre esos estados se le hacía normal. Para él resultaba imposible identificar cual estado era real y cual era ficticio. Sus allegados sí iban notando su patología, por sus cambios de conducta; constantemente entraba en estados depresivos, casi no se aseaba, y cada vez era más difícil entablar una conversación sensata con él. En sus desvaríos empezó a creer que podía escuchar lo que, a lo lejos, las personas murmuraban sobre él, y además decía recibir mensajes y ordenes divinas.

Federico bordeaba los cuarenta años, era un solterón que fácilmente hubiera podido ser un tipo simpático… en sus momentos de lucidez lo era, pero estos lapsos eran cada vez más escasos. Tenía alucinaciones auditivas, delirios, y trastornos de pensamiento. Sus propios familiares directos le rehuían. Lo instalaron en una habitación con puerta a la calle y tapiaron todo acceso colindante con el resto de la casa, lo abandonaron a su suerte. Federico aprendió a sobrevivir costeando su alimentación en base a esporádicos trabajos de carpintería que los vecinos le encargaban, más por piedad que por necesidad.

Como una forma de llamar la atención hacia los servicios de carpintería que ofrecía, todas las mañanas sacaba a su puerta un banco largo de madera, unas sillas, y una perezosa algo destartalada. Más que clientes, ese mobiliario atrajo rápidamente a los vagos y desocupados del barrio. Estos se apostaban desde temprano en los asientos y se la pasaban compartiendo bromas y risotadas. Federico se lo permitía, pues no tenía carácter para echarlos y porque además le tenía mucho respeto a el más veterano, Don Joselillo, apodado con acierto “Chistes crueles”. Para él estaba adscrita la perezosa, desde allí, cómodamente lanzaba sus chistes, la mayoría muy malos y/o redundantes, pero todos se los festejaban, pues Don Joselillo, siendo pensionado por jubilación, era él quien invitaba algún refresco, o algún cigarrito.

La Lucha era un gay que cocinaba y vendía comida clandestinamente pues no tenía un local ni ninguna licencia de salubridad, pero aplacaba el hambre de su clientela a módicos precios, y eso era lo que importaba. Siempre que pasaba frente a la puerta de Federico saludaba a todos con una amplia sonrisa, y siempre Don Joselillo le decía -Cada vez que te veo pasar, te veo tan feliz, que me provoca volverme maricón…- como si se tratara de un guion, alguno de los presentes decía -Pero Usted ya está mayor para eso Don Joselillo- Y este contestaba -Nunca es tarde para ejercer hijo mío- …Y empezaban las risotadas. Igual le metía sorna a Federico preguntándole con su marcado talante ateísta -…Y Federico ¿Sigue llamándote Diosito por teléfono? – Y las carcajadas celebrando la ocurrencia. Federico ni se inmutaba, Él seguía sumido en sus fantasías.

Una mañana, Federico no sacó el mobiliario que ocupaban los desocupados burlones. Entre sus delirios y alucinaciones había recibido un mensaje –“Ve a la tienda de la vuelta de la esquina, que allí encontrarás a la mujer que te tengo designada para ti…”- Esa mañana se lavó la cara rápidamente, se acomodó los cabellos con las manos y fue a la tienda indicada, pero no había ningún cliente, ni tampoco la tendera dueña…sólo estaba la menor de sus hijas, una niña de once años. Federico no tuvo la menor duda que esa niña era la prometida por la voz que retumbó en su cabeza esa mañana. Pasaron unos instantes y llego la señora propietaria de la tienda, madre de la niña. Federico henchido de valor, se dirigió a la señora, y luego de contarle todos los previos, le pidió la mano de su hija, argumentando que él esperaría unos años hasta que la niña tuviera edad suficiente para casarse. La tendera se armó con una escoba y lo persiguió a palazos mientras le lanzaba todo tipo de insultos e improperios. “Lengua larga”, como toda tendera, la señora corrió el chisme entre toda su clientela, y en pocas horas, el acto de petición de mano por parte del pobre Federico, estaba en boca de todo el mundo.

Lógicamente asustada por la descabellada proposición se Federico, la señora tendera, apresuradamente envió a su pequeña hija a la lejana Norteamérica donde la acogería una de sus hermanas mayores. Esto sumió a Federico en una de sus más severas depresiones. Ya no sacaba el mobiliario para que se sentaran los vagos y desocupados. Sólo abría su puerta, y los vagos eran los que sacaban las bancas y sillas, él ni pronunciaba palabra, permanecía ajeno a todo, ensimismado es su frustración y dolor…

Entre sus acostumbradas ocurrencias, Don Joselillo “Chistes crueles” le dijo -Federiquito ¿Y qué dice Diosito de tu novia? …Para mí que se ha burlado de ti. Deberías denunciarlo por estafador …Yo soy tu amigo, si deseas te presento un abogado- Y -¡¡Ja-ja-ja-ja-jaaaaaaa…!!- Las risotadas.

Al día siguiente, Federico ya no abrió la puerta, al día siguiente tampoco. Pasaron seis días, y los vagos que continuaban reuniéndose en el lugar, aunque de pie o sentados en el piso, notaron que de adentro de la habitación salía un fuerte olor a putrefacción; por ello dieron parte a la policía.

Cuando descerrajaron la puerta, hallaron a Federico colgado de una de las vigas del techo. Tenía la lengua afuera, el rostro color violáceo, y su cuerpo inflado como un globo. En la habitación, el aire estaba tan enrarecido, que el Fiscal dio fe de todo mirando apenas desde la calle.

Don Joselillo “Chistes crueles” dijo -Dicen por ahí que el que muere por amor, se va directo al Cielo…como el Jesucristo ese, que también era carpintero…-









domingo, 10 de diciembre de 2023

VISITAS INESPERADAS




Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

(Derechos de autor, protegidos)







El joven Víctor Buendía, junto a sus dos amigos Eleazar Díaz y Domingo Pérez hallábanse alrededor de una fogata, acampando en plan de aventura, en las laderas de una colina, cuando la negrura de la noche se vio quebrada por el paso de un bólido luminoso que cruzó casi rasante a las altas copas de la arboleda de la montaña y terminó estrellándose tras los cerros, provocando un gran estampido y un inmenso fulgor incandescente. Lo primero que se les ocurrió, es que se trataba de una avioneta que se había venido a pique, pues en un lugar cercano había un aeródromo.  Sin pesarlo dos veces, recogieron sus utensilios y equipajes, tomaron sus mochilas, y casi sin mediar palabra emprendieron la carrera hacia el lugar de la colisión. Agotados, por ratos detenían el paso, tomaban aire, y luego retomaban el avance, cada vez más lento. Hallábanse muy extenuados, cuando en un claro divisaron los escombros de lo que debió ser la nave estrellada…pero para nada parecían ser los restos de una avioneta. De hecho, se trataba de una nave, pero los restos eran más similares al descalabrado cascaron de un huevo. Eleazar Díaz y Domingo Pérez, dominados por el miedo ante esos restos extraños, fueron muy cautelosos, y sólo se limitaron a observar de lejos. Entre los escombros humeantes se podían ver aún titilantes algunas lucecillas. Víctor Buendía, que llevaba la delantera tropezó con un pequeño cuerpo, como el de un niño de doce años, vestido con un traje platinado…evidentemente estaba muerto. Confundido, pero alerta, Víctor barrió con su mirada el lugar, y en lo que debió ser la cabina de la nave, divisó tendido sobre el piso a otro ser similar en tamaño y vestimenta al que estaba muerto afuera, pero este sí daba muestras de estar vivo. Víctor instintivamente corrió en su auxilio. La cabeza del herido era algo desproporcionada para el tamaño de su cuerpo en relación a las medidas anatómicas humanas; sus ojos eran negros, saltones, y enormes, semejantes a los ojos de los insectos. El hombrecillo no pronunció palabra, pero Víctor percibió plenamente dentro de su cabeza la suplica - ¡Agua…agua…! - Víctor se apresuró en sacar una botella de agua mineral de su mochila y se la acercó a los labios cuidadosamente. El hombrecillo ocultaba celosamente algo en su puño derecho. Luego de empaparse lo labios, el hombrecillo pareció querer reincorporarse, pero solo fue producto de uno de sus últimos estertores, luego ladeó su cabeza, y lentamente fue abriendo su puño derecho, dejando expuesta una canica negra que por momentos emitía una débil fluorescencia color verde petróleo. Era evidente que el hombrecillo había expirado.

Víctor se apresuró en coger la fluorescente canica, la ocultó entre sus ropas, y sin mencionar nada al respecto a sus camaradas, sólo dijo - ¡Nada de esto es de este mundo! –

Cuando llegaron los militares, se llevaron a los tres jóvenes a una base, donde los sometieron a minuciosos interrogatorios. Víctor no mencionó para nada el tema de la canica. Cuando finalmente los dejaron libres, Un oficial de alto rango les dio una orden disfrazada de sugerencia -Si les preguntan algo, es mejor que ustedes respondan que lo que vieron fue una avioneta estrellada-.

Con la finalidad de evitarse problemas, Ante los periodistas y curiosos, ninguno de los tres amigos jamás contrarió la versión de la avioneta estrellada.

Entre los vericuetos de la vida, Víctor perdió contacto con sus camaradas, pues en diferentes ocasiones, primero uno y luego el otro emigraron a otros lares.

Víctor Buendía todas las noches cogía entre sus manos la canica y la observaba como emitía su refulgencia, hasta que el sueño le vencía, al amanecer la guardaba entre sus bolsillos, y continuaba con su vida cotidiana, al siguiente anochecer volvía a repetir el ritual. Habían pasado veintiséis años desde aquella noche en que halló junto con sus dos amigos aquella extraña nave estrellada, con los dos hombrecillos siniestrados. Lo más insólito era que había transcurrido ese tiempo, sin embargo, Víctor Buendía no había envejecido un ápice, tampoco su salud se había visto afectada por ninguna dolencia durante todos esos años.

Una mañana, Víctor Buendía llamó a un canal de televisión, contactó con un periodista especializado en temas paranormales, y le ofreció mostrar en exclusiva las evidencias probatorias de su historia. La entrevista fue pactada para el tercer día subsiguiente.

Por alguna extraña razón, Víctor Buendía, jamás asistió a la entrevista; tampoco nadie volvió a saber nada de él…fue como si la tierra misma se lo hubiera tragado.