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sábado, 28 de febrero de 2026

IN MEMORIAM





Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



Alejandrito era un tipo muy especial en la comarca; un hombre joven, físicamente muy regordete… contextura nada común entre la gente de la comuna; tenía un rostro de niño siempre sonriente. No era muy vivaz ni acomedido, es más, era un retrasado mental cuyos sentidos, casi exclusivamente reaccionaban al instinto de comer. Pero por no tener padres ni familiares, despertaba tiernos sentimientos de adopción en la gente de la comunidad. Nunca faltaba quien tuviera un plato de comida para invitarle, aunque el apetito de Alejandrito siempre permanecía insatisfecho.

La vida en la comunidad era repetitiva; una seguidilla de ciclos idénticos, durante los meses del estío, el total de los comuneros se dedicaban casi exclusivamente al pastoreo y al cultivo. Era de extrema prioridad sembrar, cosechar, acopiar y guardar alimentos para sobrevivir a los largos meses invernales.

Este año, las cosechas habían sido muy benévolas y abundantes. Los graneros estaban rebosantes de trigo y maíz. La comunidad tendría alimento suficiente para afrontar el invierno que se avecinaba.

Lamentablemente la vida es así, cuando todo te sonríe, ella no tarda en presentarte un “pero”. En este caso fue el descubrimiento de que los graneros estaban siendo sistemáticamente vulnerados. Los comuneros se reunieron, discutieron, elucubraron y teorizaron sobre quien o quienes eran los ladrones de sus provisiones…La idea que gozaba de más aceptación era que se trataba de una invasión ratas. Con la supuesta identificación de la supuesta plaga, ahora faltaba definir las estrategias para hacerles frente y combatirlas.

Las ratas son roedores muy intuitivos; si alguna muere entre sus correrías, las demás identifican el veneno o el entrampamiento, y ya ninguna cae en el engaño. Además, entre los comuneros, la mayoría no apostaba por el envenenamiento, pues era factible que las ratas, en su andar, extendieran la contaminación del veneno por el total de la cosecha, echando a perder todas las provisiones.

El problema parecía insalvable, hasta que apareció Don Enrique, uno de esos que siempre parecen tener solución a todo, con una propuesta por la cual aseguraba bajo juramento que ya la había puesto en práctica con absoluto éxito en el anterior pueblo donde vivió. Don Enrique se mostró tan convincente, que todos salieron de la asamblea comunal persuadidos de estar ante la solución. La idea era combinar mezclando una parte de yeso cerámico con una parte de queso añejo, seco, y rallado, y colocarlo en platitos en lugares de fácil acceso, para atraer visualmente y también olfativamente con el olor del queso rallado, a las ratas.

Al día siguiente, dos emisarios fueron a la ciudad con la consigna de comprar tres o cuatro talegas de yeso en alguno de los talleres de cerámica o escultura; el queso añejo sería donado por cada hogar de la comunidad.

Cuando retornaron los emisarios, todos muy diligentes en la comunidad, se pusieron a rallar los trozos de queso y a mezclar los elementos, tal como lo establecía la formula. Una vez listo el menjunje, distribuyeron puñados en una veintena de platitos que fueron diseminados por los tres graneros comunales.

A la mañana siguiente los graneros amanecieron atestados de curiosos. Era evidente que los graneros habían sido visitados durante la noche, pues había rastros de granos por el piso, y casi todos los platillos con la formula anti roedores habían sido degustados hasta devorarlos por completo…sospechosamente, no había cadáveres de las ratas.

La explicación del diseñador del artilugio, fue que efectivamente había que esperar unos días para ver los verdaderos resultados, que en eso radicaba la efectividad de la formula. Las ratas que la comían tardaban en morir, y por defecto morían lejos del lugar, así las ratas no sospechaban, y una y otra seguían comiendo la formula.

Nuevamente a llenar los platitos con puñaditos del anti ratas, y todos a dormir con la credulidad renovada en las palabras de Don Enrique. La rutina se hizo repetitiva; curiosos atestando los graneros por las mañanas, platillos vacíos de la ración del desratizante, y todos a llenar nuevamente los platitos con la formula.

A los pocos días, los comuneros ya casi habían perdido el interés en los resultados del proyecto de desratización. Solo unos pocos, más por obligación, asistían a renovar las raciones de puñaditos de la formula desratizante, en los platitos.

La rutina se vería quebrada por un acontecimiento, por demás conmovedor. Dos mujeres vinieron del fondo de la quebrada, a la carrera, gritando y lloriqueando -¡¡Alejandro está muerto!! ¡¡El gordito Alejandro está muerto!!-

El escenario era el patio de la cabaña asignada a Alejandro. Efectivamente, el cuerpo del susodicho yacía tumbado boca arriba, con los brazos abiertos en cruz. Una multitud de curiosos lagrimeando, todos sinceramente dolidos entrecruzaban teorías sobre que podía haber causado el deceso.

-Pero si ayer lo vi tan bien…- -Debió ser el corazón, estaba demasiado subido de peso- -Quizás le pico algún bicho venenoso- -era muy buenito- -¡¡Te vamos a extrañar Alejandrito!!-

La autopsia ayudaría a esclarecer el motivo del fallecimiento del querido Alejandrito. Don Anastasio, quien, al no haber médico en la comuna, como él era el encargado de destazar los animales designados para alimento, pues también tendría que fungir como forense. Tirado el cadáver de Alejandrito sobre una improvisada mesa, fue abierto por el abdomen, delante de todos los curiosos. Un poco era el interés por qué le había ocurrido a Alejandrito, y bastante también era el morbo por ver cómo era por dentro.

Apenas Don Anastasio cortó y abrió el voluminoso abdomen de Alejandrito, el estupor se apoderó de todos los presentes. El recto, los intestinos, y gran parte del estómago estaban rellenos de yeso fraguado y unos pocos granos de maíz, trigo y mucosidades. Esto había provocado un estreñimiento total, múltiples infecciones, y deshidratación severa. El cuadro clínico que se esperaba ver en las ratas, lo estaban viendo en el cadáver de Alejandrito

<<El queso seco rallado combinado con el yeso cerámico, atraería a las ratas, estas al comer el menjunje, y al mezclarse con su saliva, sus jugos gástricos, y su humedad corporal, el yeso cerámico entraría en proceso de fraguado o endurecimiento, obstruyendo varios sistemas, la excreción de heces y residuos, haciendo colapsar al organismo>>.

Nunca hubo ratas asaltando los graneros. Los granos sustraídos furtivamente fueron inocente obra de la gula de Alejandrito, él comió el contenido de los platitos con la formula desratizante, y sufrió el fin destinado a la supuesta plaga de ratas.

Nadie acusó directamente a Don Enrique del fallecimiento de Alejandrito, pero muchos guardaban ese dedo acusador en su interior; el mismo Don Enrique jamás pudo superar ese sentimiento de culpa…



























sábado, 22 de noviembre de 2025

TRECE OSCURO




Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



El pánico era reinante, el aire olía a miedo; todos buscábamos que huir a las carreras. “El negro Tufo de la Muerte” era implacable e insaciable para la consecución de víctimas…y nosotros, en medio de la tupida jungla, estábamos en su camino.

Los primeros en toparse con el virus fueron un grupo de mineros, quienes accidentalmente debieron hallarla en los socavones, y prestaron sus humanidades como portadoras del mal, así se diseminó la extraña peste entre la población de la aldea.

El primer síntoma de los infectados era una tenue humareda negra que empezaban a expeler por la boca, nariz y orejas, Luego caían en un trance demoniaco plagado de horrendas y torturantes alucinaciones, que ningún exorcismo era capaz de aplacar. Al cabo de unas horas, el cuerpo de las víctimas se iba hinchando y presentaba enormes manchas moradas, a la vez que de sus entrañas empezaba a fluir por la boca una masa negra oleaginosa, que se pegoteaba tercamente entre el paladar, lengua y dientes. Todo culminaba con la expulsión de un vomito liquido negro, con tanta presión, que el haz del vomito alcanzaba entre tres y cuatro metros. Luego de ello, los cuerpos quedaban vacíos, como bolsas descargadas de su contenido. Las pieles que quedaba de estos cuerpos no eran devoradas por ningún carroñero ni alimaña, solo iban resecándose mientras despedían una infecciosa y reptante neblina oscura; esta era la vía de contagio.

Entre la oscuridad, la gente espantada huía en todas direcciones llevando con ellas solo las provisiones que encontraban a mano. Yo apenas conseguí echarme dos bananos en los bolsillos y aupar a mi espalda a mi anciana madre, quien padece de demencia senil provocada por el Alzheimer, pero ella es lo más preciado que tengo, así es que no dudé un instante en sacarla de allí, aunque tuve que atarla a mi cintura. Lógicamente esto dificultaba nuestra huida y retrasaba mi paso para seguir al grupo que elegí de compañía. La primera meta era alcanzar las montañas. A cada minuto mi lentitud iba dejándonos más rezagados. Por momentos sacaba fuerzas de flaqueza y corría tras el grupo, pero cuando los alcanzaba, llegaba tan extenuado, que mientras recuperaba fuerzas, nuevamente quedábamos rezagados; así una y otra vez, hasta que los perdimos de vista.

Solos, entre los vericuetos de los caminos hacia las montañas, nos topamos con una lluvia torrencial, estábamos empapados, y yo, impregnado de fango hasta más arriba de las rodillas. El avanzar con mi madre a cuestas sobre la superficie resbalosa era realmente una tortura, pero debía continuar. El Tufo de la muerte negra nos perseguía con sus lenguas de oscura y letal humareda.

No sé cómo llegamos a este lugar, pero una riada se interponía entre nuestra línea de escape y la tóxica humareda que nos perseguía. Alguien debió estar antes aquí, en nuestra misma situación, pues había una larga liana atada a un árbol de este lado, y el otro extremo flotaba en las aguas turbulentas del crecido río. Si lograba alcanzarla, podría cruzar a nado, atarla en un árbol al otro lado, regresar por mi madre, auparla a mis espaldas, y así, juntos, podríamos remontar las aguas. Rápidamente me despojé de mis ropas y me zambullí en el río buscando alcanzar el extremo suelto de la liana. Vaya que era todo un reto; en este punto las aguas estaban extremadamente agitadas. Largo rato estuve lidiando con la corriente del agua, hasta que hice un movimiento de cabeza para ver si mi madre continuaba en una situación segura. Eso bastó para que perdiera el punto de equilibrio y ser arrastrado río abajo. La fuerza del agua me tiraba dando tumbos y volatines, estaba a punto de ahogarme, cuando la misma fuerza de la corriente me arrojó de espaldas contra la pedregosa orilla, entonces pude asirme de una roca saliente. Tenía todo el cuerpo magullado y cubierto de arañazos…pero estaba vivo y consciente. No sé cuánto tiempo estuve así, pero en cuanto recobré el aliento me encaramé en la roca y fui arrastrándome alejándome de la orilla del río.

Lo primero que me vino a la mente fue ¡¡Mi madre!! Entonces emprendí una loca carrera río arriba. Era cuestión de vida o muerte para mi madre, no debía detenerme, pero desconocía donde la deje. La jungla es jungla por donde se le mire. Resultaba casi imposible hallar un indicio para localizarla. Al amanecer pude distinguir al otro lado del río, el árbol con la liana atada que hallara en la noche.

Actuando con una decisión muy poco razonable. Tomé carrera y me impulsé de un salto lo más que pude, zambulléndome nuevamente en el río; desesperado di unas brazadas, y pude asirme a la liana flotante. Las caudalosas aguas amenazaban con arrastrarme, mas, yo seguía firme, sin soltarme. Poco a poco fui recorriendo toda la extensión de la liana hasta que conseguí llegar a la orilla.

Lamentablemente…todo había resultado tardío. Los restos de mi venerada madre apenas si eran un amasijo de huesos cubiertos por piel desinflada expeliendo un humo negruzco por la boca, nariz y orejas. Tomé entre mis manos sus restos, y lloré abrazándola con devoción, sin importarme el humo tóxico que fluía de sus entrañas e iba contaminando rápidamente mi organismo.

Ya no tenía sentido buscar que proteger mi existencia…  































domingo, 4 de agosto de 2024

EN LA CIMA





IIustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




Una tarde primaveral tarde alguien grito señalando hacia lo alto de los cerros-¡Miren lo que se viene por la ladera!- Al mirar hacia la falda de la montaña, vimos dos bultos de regular tamaño rodando hacia abajo, dejando una estela de polvareda que iba marcando su recorrido. Conforme se iban acercando, pudimos notar que eran dos cuerpos, entonces todos los presentes corrimos a darles el alcance y averiguar de qué, o de quienes se trataba. Cuando alcanzamos a llegar al lugar, encontramos a un par de jóvenes desnudos, que a pesar de estar cubiertos de tierra y algo magullados, dejaban vislumbrar que eran de una delicada y magna belleza. Otra particularidad física, era que ambos mostraban, sobresaliendo de sus omóplatos, un par de alas desplumadas, como del tamaño de las alas de un pavo o un ganso adulto. Estas extrañas características levantaron tumulto entre el gentío, y rápidamente llegó a oídos del Párroco la noticia sobre la aparición de los fenómenos en la comarca.

Diligente en su curiosidad, el Párroco no tardó en hacerse presente al lugar de los hechos. Llegó abriéndose paso entre la multitud de fisgones. Cuando estuvo frente a los fenómenos, con voz autoritaria preguntó - ¿Quiénes son ustedes, y de dónde vienen? - …Pero no hubo respuesta; sólo miradas atónitas de ambos jóvenes -Díganme ¿Quiénes son, y de dónde vienen? – …Pero tampoco hubo respuesta. Ante esta incómoda situación, el Párroco cogió a uno por la mandíbula y lo obligó a abrir la boca; luego de analizar el interior de su boca, frunció el ceño, cogió al otro joven y lo sometió al mismo examen -A estos les han cortado la lengua. Tienen alas, pero dudo que sean ángeles…Quizás hasta sean obra de Satanás- Dicho esto, el Párroco se dio media vuelta y dijo – …Deberían deshacerse de ellos, no vaya a ser que traigan maldiciones a nuestro pueblo-

En ese momento, al unísono, los dos jóvenes se abrazaron y empezaron a gorjear una hermosa melodía. Aun cuando no podían emitir palabras, los trinos que producían sus voces resultaban un verdadero recital de canto. Las excelsas tonadas que brotaban de sus gargantas sumieron a la multitud en un trance sublime. De pronto todo el pueblo adoraba a los dos jóvenes.  El Párroco extasiado, detuvo su retirada, volvió, tomo por el brazo a ambos fenómenos, y se los llevó a la casa parroquial. Los hizo bañar y acicalar, les dio de comer, y luego sentado al piano empezó a tocar, e invitó a los fenómenos a cantar. No hubo ensayo ni previos, los jóvenes resultaron un verdadero prodigio musical.

El Párroco no cabía en su pellejo de lo entusiasmado que estaba. En unos días debía oficiar el matrimonio de la hija del Marqués del Olivar, y presentar en la boda un marco musical con los jóvenes cantores, le significarían una jugosa ofrenda económica de parte del Marqués.

Todo estaba listo como se había previsto para la boda. La ceremonia se iniciaría con unos cantos litúrgicos a cargo del par de bellos fenómenos, acompañados por las notas del gran órgano de fuelle de la parroquia ¿Qué podía salir mal…?

Pero nunca faltan los imponderables… Cuando sonaron los acordes de la introducción musical, por alguna extraña razón, los fenómenos se rehusaron a ingresar al templo de la iglesia, y cuando intentaron forzarlos a entrar, ambos jóvenes reaccionaron con ataques de histeria y pánico. Tenían los ojos desorbitados y convulsiones intermitentes. Finalmente, el Párroco, completamente decepcionado y contrariado por la inevitable perdida de la jugosa ofrenda económica de parte del Marqués, echó a empellones a los jóvenes cantores hasta los límites de la casa parroquial.

La gente que asistía a la ceremonia, alertada por el bullicio y barullo abandonaron el templo para intentar chismorrear en primera fila, lo ocurrido con los jóvenes fenómenos. Ante esta deserción masiva, el Párroco dio media vuelta e instando a su paso, a que los fieles regresaran al recinto sagrado, retornó al pulpito a terminar de oficiar la boda menos concurrida de toda la historia de la comarca.

La feligresía, casi en su totalidad, fue acompañando a los bellos fenómenos hasta que estos llegaron a la ladera de la montaña. Algunos con nostalgia, otros con extrañeza y curiosidad, pero todos se quedaron allí, con las miradas atentas a la ascensión de los jóvenes.

Cuando llegaron a la cima, continuaron ascendiendo hacia la zona del gran risco. Una vez allí, se tomaron de las manos, y ante la mirada del gentío se lanzaron al vacío. Era probable que creyeran que podrían volar, pues se lanzaron agitando desesperadamente sus alitas desplumadas. Una roca saliente su primer obstáculo, y luego otra y otra, en una caída indudablemente fatal. A muchos en la comarca le brotaron más de dos lagrimas por la muerte de los bellos fenómenos.

El Párroco, aun rumiando su ira por el fracaso de su parafernalia para la boda de la hija del Marques, se expresó sobre estos hechos finales -Si no pudieron volar es porque no eran Ángeles. Ya se murieron… asunto arreglado…-













miércoles, 1 de mayo de 2024

ESCRITO SOBRE LA PIEL DEL CADAVER EXQUISITO





IIustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




El Cura se santiguó y dio inicio a su homilía.

- …Y Dios dijo a su pueblo: <Los orates son mis enviados; ellos transitan entre esta realidad, y realidades muy lejanas de aquí. Son sagrados. Por ello, quien ose lastimarlos, condenará su alma a los eternos fuegos de los infiernos. Si veis su desnudez, no los cubráis…esa es la viva muestra de su inocencia y sinceridad…> - 

A la par con estas palabras de su sermón, el Cura empezó a despojarse de su sotana y demás prendas, hasta quedar completamente desnudo. Dio un paso hacia la izquierda del púlpito, y alzó los brazos al cielo, dejando a la vista de todos su completa desnudez. Su feligresía, proclive a acatar e imitar, también procedieron a despojarse de sus ropas. El Cura bajo los cinco escalones, y con los brazos extendidos hacia adelante, caminó por el pasillo central, con dirección a la entrada del templo. Una vez en el umbral, abrió sus brazos en cruz, aspiró profundamente el aire de la calle, dio media vuelta, y se encaminó de retorno al púlpito. Su mirada denotaba que estaba en un trance muy profundo. Subió los cinco escalones, recogió sus prendas y empezó a vestirse. Los feligreses, imitándolo, también recogieron sus ropas y fueron vistiéndose. Mientras el Cura elevaba unas extrañas oraciones en un idioma desconocido para sus oyentes, a la vez que extraía de entre sus ropas un revolver, cuyo cañón introdujo en su boca. Su feligresía miraba atónita, sin atinar a hacer nada, ni tampoco a pronunciar palabra alguna. De pronto se oyó el estampido de un balazo que atravesó el cráneo del cura, y se estrelló contra la estatua de un Arcángel destrozándole el torso de yeso.

El cuerpo sin vida del Cura, cayó al piso rodando por los escalones, hasta quedar tendido boca abajo. El estupor se generalizo entre los feligreses; cuando fueron reaccionando, corrieron hacia el cuerpo del cura. Entonces vieron, como de su nuca, por el orificio de salida de la bala, emergió desde el interior de su cráneo, una crisálida retorciéndose entre la sangre, y luego de liberarse de su capullo, extendió sus rojas alas, y emprendió un inicial vuelo errático con rumbo a la calle, hasta que la perdieron de vista.

A todos les quedó grabado en sus mentes que la locura es de color rojo.












martes, 16 de abril de 2024

CALLE DE LOS PASOS SIN HUELLAS





IIustración y prosa de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




Caminas de prisa. Has percibido mi presencia, sabes que te sigo. Intentas perderme entre el gentío, pero ¿Cómo esquivarme? No sabes quién soy, no tienes idea de donde estoy.

No es mi intención asustarte ni perturbarte, tampoco te espío; sólo sigo el rastro de tu aroma. Apenas si aspiro a re andar las huellas de tus pasos. No temas, que mi devoción está lejos del más mínimo deseo de dañarte.

Carezco de reclamo alguno, mas, vayas donde vayas, allí iré yo. Aun cuando puedes percibirme, no puedes visualizarme caminando tras el extremo final de tu sombra…

En mi tiempo, ya es muy tarde para desearte mía. Me debo resignar a disfrutar con solo asegurarme que estas allí… Hija de la brisa.






















domingo, 3 de marzo de 2024

CICATRICES Y DESTINO ENFRENTADOS



IIustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




El asentamiento humano Pampa de Comas, un caserío olvidado en el tiempo, sin pasado que redimir, sin visos de reivindicaciones; un lugar sin siquiera la dignidad de aparecer en algún mapa. Sólo las francachelas, el chisme y la fe en Dios mantenían latente, aunque en una perenne modorra, a la población.

Las sociedades necesitan héroes o santos; si no los tienen, pues hay que inventarlos, y en este tipo de inventiva nadie le gana al folklore popular. El asentamiento humano Pampa de Comas carecía de oportunidades para generar héroes, y lo más cercano a un santo era el Padre Agustín, Párroco de la iglesia; no porque fuera un dechado de virtudes, sino, porque su nombramiento había venido del mismo Vaticano.

El Padre Agustín era simpático, encantador y dicharachero, pero al igual que todos los pobladores del lugar, era proclive a excederse con la bebida. Una fría y lluviosa madrugada, regresando de una de esas borracheras, con la sotana totalmente empapada, caminando a los tumbos y zigzagueando, terminó trastabillando y cayendo de bruces justamente en el portal de la casa de María la Costurera; llamada así por su habilidad para confeccionar vestidos, y por ser la encargada, por defecto, de vestir a cuanta cumpleañera, quinceañera, novia, o dama que desease aparentar elegancia dentro del asentamiento.

Alertada por el ruido del tropezón, María la Costurera, en bata de dormir, se asomó por su ventana, y por la sotana, reconoció que se trataba del Padre Agustín. Rápidamente abrió su puerta, lo socorrió ayudándole a reincorporarse y rodeándole con sus brazos para que no volviera a caerse, le hizo pasar al interior de su casa. Presta, le despojó de sus ropas empapadas, le cubrió con una manta, le preparó una taza de café caliente; le abrazó para sujetarlo, y así fue dándole de tomar a sorbos el café.

María la Costurera bordeaba los treinta y dos años. Siendo atractiva y de carnes firmes, era un tanto inexplicable que no tuviera marido… Claro, el asentamiento tampoco ofrecía candidatos que valieran la pena escoger.

Entre sorbos de café, el Padre Agustín fue disipando su ebriedad y recuperando sus sentidos. Cuando se dio cuenta que su cabeza descansaba sobre el seno de María la Costurera, la situación le supo enervante, pero a la vez muy acogedora. María la Costurera olía a hogar, a madre, a cómplice…a hembra en celo. Hubo rozamientos, que luego se tornaron en caricias, hasta que tanto los votos de celibato del Padre Agustín, y la abstinencia voluntaria de María la Costurera sucumbieron a la pasión y se amaron como dos desenfrenados.

Semanas después, María la Costurera acudió a la parroquia en hora que no era de culto, y emocionadísima le comunicó al Padre Agustín que estaba embarazada de él… El Padre Agustín fue rotundo en negar su responsabilidad, alegando que ello perjudicaría su sagrada investidura. Desilusionada y herida en su amor propio, María la Costurera no quiso evidenciar su lagrimeo, por ello se dio la vuelta, y se marchó presurosa.

Habían transcurrido cuatro años, María la Costurera no había vuelto a poner un pie en la parroquia; en lo posible tampoco exponía en público a su niño, mas, las personas que acudían a su casa por sus servicios de costura, cuchicheaban que el nene era el vivo retrato del Padre Agustín, y que, si María la Costurera no tenía marido, se daba por sentado que el nene indudablemente era hijo del Padre Agustín …Pero ¿Cómo concebir tamaño hecho sin desprestigiar la moral del Padre Agustín? Si su nombramiento había venido del mismo Vaticano… Entonces las habladurías dieron un giro. Se empezó a correr la voz que se trataba de un milagro, que María la Costurera había sido embarazada por el Padre Agustín, sin que este la tocara. Ni María la Costurera, ni el Padre Agustín, jamás asintieron ni tampoco desmintieron los chismorreos, y siempre esquivaron cualquier pregunta al respecto.

Así, de boca en boca, siguió creciendo el mito. El populacho, muy ocurrente, por cierto, iba agregando detalles a la fábula. Todos hablaban y a la vez creían lo que escuchaban. Se llegó a decir que el Santísimo Padre Agustín había embarazado a la inmaculada María la Costurera mediante obra y gracia del Espíritu Santo… Y que María la Costurera, a los veinte y tres días puso un huevo de medianas proporciones, y lo empolló con devoción durante treinta y cuatro semanas hasta que eclosionó el huevo y nació el niño.

En un momento dado, todos en el asentamiento humano Pampa de Comas estaban convencidos de la real ocurrencia del fantástico milagro. Muchas cartas esgrimiendo estos argumentos eran enviadas al Papa Clementina XIII, solicitando la beatificación para el trío protagonista del quimérico portento. Lógicamente, el Papa ni se inmutó ante tamañas ficciones, y jamás respondió.

Abrumada por tanto barullo, María la Costurera decidió largarse del asentamiento. El Padre Agustín al enterarse de esta decisión se apersonó a la casa. Tantas habladurías habían despertado en él un repentino instinto paternal, y el deseo de conocer a quien sabía era si hijo. María la Costurera le recibió en el portal. - ¡Quiero conocer, y despedirme de mi hijo antes de que se vayan! - María la Costurera le respondió -Mi hijo no es tu hijo, él es obra del Espíritu Santo- Seguidamente le escupió en la cara, y le despidió con un portazo…

A bordo del barco que los llevaba a algún lugar de Centroamérica, María la Costurera sentó a su hijo sobre sus piernas y le dijo -Tu padre no te conoció ni tú le conocerás, pero él era un santo…-Su sonrisa tenía mucho de sarcasmo...


























jueves, 8 de febrero de 2024

ELLOS DEAMBULAN EN MI PATIO INTERIOR.




IIustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




La familia Chávez Parra era una familia jubilosa, positiva y pujante, que luchaba por salir airosa en la vida. Efrén el padre era policía; Esther la madre enfermera; Raymundo era el hijo mayor, y Victoria la menor, ambos muy alegres y extrovertidos.

Fue en Julio del año 1984 cuando la tragedia tocó a la familia. Efrén Chávez, el padre, fue muerto a tiros al intentar detener un asalto. Esto fue un golpe muy duro para la familia. Esther Parra, la madre, quedó tan afectada emocionalmente que empezó a perder la cordura hasta quedar sumida en la demencia… Los hijos quedaron a la deriva, con mucho dolor y sin nadie en quien apoyarse. A menudo repetían que les haría mucho bien poder hablar con su padre en esas circunstancias.

Un atardecer, a la hora del ocaso, cerca de una decena de amigos nos encontrábamos reunidos en la esquina del barrio, cuando Raymundo Chávez trajo a la charla el mismo comentario. -Me gustaría conversar con mi padre, y pedirle consejo sobre qué hacer en nuestra situación actual; lástima que no esté vivo…- En ese instante, una chica, que al parecer ninguno del grupo conocía, y de la cual no nos habíamos percatado como y cuando se integró al grupo, dijo -Yo sé cómo es posible comunicarnos con tu padre muerto…Sólo basta con que estén dispuestos a hacer lo que yo les pida. Mañana en la noche les haré una demostración. Los que no me creen, es mejor que no vengan, o les ira mal. –

Algunos, quizás por incredulidad o quizás por temor no asistieron a la cita. Cuando llegó la extraña chica, éramos cuatro los que la esperábamos: Raymundo, Victoria, un chico más, y yo. Serían las 21.30 horas, cuando la recién llegada, casi sin mediar palabra extrajo de su mochila, un tablero con letras y números y las palabras SÍ y NO impresas, y un tipo de lector en forma de corazón, con pequeñas patas acojinadas para evitar raspar el tablero, y pudiera deslizarse sin hacer fricción. La noche continuó su avance tiñendo con sus sombras el contexto, de por sí, ya bastante tétrico. La joven tomo el corazón, lo colocó en el centro del tablero, posó su dedo sobre el corazón y empezó a preguntar repetidas veces. - ¿Hay alguien allí…? - …Hasta que el corazón por propio impulso, se dirigió a la palabra SÍ. La chica pregunto si podía comunicarle con su tía fallecida hacía algunos años. El corazón volvió al centro, y ahora debía estar poseído por la presencia de la tía pues el corazón pareció cobrar vida propia, y a cada pregunta, se deslizaba por el tablero tocando letra por letra como si digitara las respuestas. empezó a responder preguntas que la chica iba haciéndole. Creo estar seguro de que los cuatro invitados estábamos paralizados y mudos por efecto del asombro y el terror, pero continuamos allí. Para asegurarnos que no se trataba de un juego o un truco, la chica continuó preguntando a su tía sobre asuntos personales de nosotros siete ¡Y sí! Por las caras de espanto de los otros seis, asumo que la tía fallecida, a través del corazón guía había acertado respondiendo sobre aspectos nuestros tan íntimos que, de hecho, pocos o nadie sabía.  Allí debió ser que a Reynaldo y Victoria se les metió la idea de contactar con su padre fallecido; pues terminada la sesión, la misteriosa chica, preguntó - ¿Alguno de ustedes me puede guardar mi tablero hasta mañana? - Y prestos los hermanos se ofrecieron a guardar el artefacto.

La misteriosa chica, así como apareció, así desapareció, e inexplicablemente jamás regresó a reclamar su tablero, que luego averigüé, se llamaba Ouija, y servía para abrir portales a entes que deambulaban entre el plano de los vivos y los muertos.

Repentinamente los hermanos Chávez Parra dejaron de frecuentar el grupo; dejaron de hacer vida social; permanecían encerrados en casa, y jamás encendían luces. Un día fui a su casa, salió Reynaldo, y me atendió misteriosamente con la puerta entrecerrada. Allí, de manera muy escueta me contó que sí habían logrado comunicarse con su padre a través de la Ouija, pero también con otros entes que ahora deambulaban por su casa, y en ocasiones los poseían y les obligaban a hacer cosas… Reynaldo no terminó la frase, e inexplicablemente me cerró la puerta en las narices.

No volvimos a saber nada de ellos, hasta aquella noche en que los gritos desgarradores y carcajadas provenientes del interior de la casa de los Chávez Parra, junto con fuego que empezó a expandirse por la planta baja, sobrecogieron el vecindario entero.

Al día siguiente nos enteramos por los informes policiales en los noticieros, que los hermanos Chávez Parra habían asesinado a su madre hacia unos días; descuartizaron el cadáver y guardaron los restos en el refrigerador. Era muy posible que ambos hermanos hubieran incurrido en canibalismo con los restos de su propia madre. Luego, la noche del griterío, Reynaldo hubo asesinado a su hermana Victoria asestándole veintidós puñaladas, luego se roció el cuerpo entero con combustible y se prendió fuego; así, convertido en una tea humana, empezó a corretear por todo el salón, mientras reía a carcajadas y esparcía el fuego por todo el mobiliario.

Que en paz puedan descansar las almas de los Chávez Parra.























domingo, 28 de mayo de 2023

ESTADO ALTERADO






Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



Desde tiempos inmemoriales habían existido personas agrupadas en clanes, sectas, religiones y logias, cuya costumbre de beber sangre recién vertida era una práctica ceremonial común, en la que se sacrificaban roedores, aves y otros pequeños animales, cercenándoles la cabeza y bebiendo la sangre que fluía de los cuerpos aun latentes. Esto se hacía con la convicción de que la sangre fresca tenía poderes curativos y posibilitaba la longevidad.

Atribuidas estas cualidades a la sangre fresca, y siendo cada vez más los adeptos a consumirla, los sacrificios viraron hacia animales de mayor tamaño como perros, corderos y toros. Estos animales eran minuciosamente escogidos entre los más saludables pues se creía que los poderes curativos que aportaban eran más óptimos. La evolución de estas prácticas desencadenó en sacrificios humanos, bajo la lógica de que, al ser de la misma especie, su sangre era más compatible, y sus poderes curativos y pro longevos eran de grados superlativos; mucho más aún, si los donantes eran jóvenes, o mejor si eran recién nacidos, pues se suponía que la información en su sangre no tenía aún los agentes contaminantes que surte la mundanidad.

Conforme evolucionaron las sociedades, estas prácticas fueron reprimiéndose con respecto a los sacrificios de humanos, y también los sacrificios de animales para beber su sangre fue solapándose hasta sólo realizarse en herméticos círculos entre oscuras ceremonias de logias y chamanes misteriosos.

En esta pequeñísima comarca situada en las laderas de la alejada montaña Tempus, la tradición de estas prácticas se mantenía intacta con respecto a las ceremonias de beber sangre de animales. Y ciertamente, todos sus pobladores gozaban de una longevidad duradera, aunque por algún efecto extraño no podían exponerse a la radiante luz del día, muy propia de la zona. Si lo hacían, la piel se les enrojecía y se llenaban de pústulas; los labios se les hinchaban y se cuarteaban, síntomas que los delataban como bebedores de sangre, y si osaban merodear por las comarcas del llano, eran inmediatamente expulsados o se les daba muerte sin miramientos. Los llamaban con el repulsivo apodo de “Vampiros chupa sangre”. Y es que, en las aldeas aledañas, realmente creían que su naturaleza era la de vampiros humanos…y quizás lo eran…Bebían sangre y su vida era estrictamente nocturna o entre las sombras.

Ocurrió que entre ceremonia y ceremonia estos extraños personajes debieron consumir sangre contaminada de algunos animales enfermos, y uno a uno empezaron a presentar dolores articulares y la aparición de forúnculos en la piel, que luego se tornaban en bulbos negros supurantes que despedían un olor fétido. Si los manipulaban, estos bulbos estallaban dejando escapar coágulos de sangre maloliente. Estos síntomas eran la antesala de una muerte inminente.

Una solución podía ser hallar sangre nueva de donantes humanos saludables, pero ¿Dónde hallar voluntarios?

<<Entre los círculos de bebedores de sangre, a los donantes voluntarios se les conoce como SAMARITANOS>>

Una noche, tres encapuchados a caballo emprendieron la difícil travesía de ubicar a una joven Semi Diosa samaritana que moraba al otro lado de la gran montaña. El camino era largo, difícil y peligroso, y sólo podían realizarlo de noche. Uno por su vulnerabilidad a la luz del sol, y otro porque si eran descubiertos por los moradores de las aldeas por donde debían pasar, quizás los matarían. Entonces galopaban toda la noche, y durante el día se ocultaban. Tres días duró la travesía, y durante el recorrido, dos de ellos murieron por efectos de su enfermedad, la inanición, y el cansancio.

Cuando el único sobreviviente llegó a la morada de la Semi Diosa samaritana, este fue recibido por la guardia de seguridad de la Semi Diosa, quienes le comunicaron que la Semi Diosa estaba agonizando, pero le permitieron verla en privado con la premisa de que se limitara a rezarle e implorarle, y que quizás por ello le concedería un milagro.

Él de antemano sabía que no había milagro posible, por ello apenas estuvo a solas con ella, empujado por su desesperación, sacó una navaja de entre sus ropas, y de un certero tajo le cerceno la cabeza. De inmediato se dispuso a succionar la sangre de la Semi Diosa que debía manar a borbotones desde las venas y arterias de su cuello recién cortado, pero no fue así. La sangre de la Semi Diosa mostraba coágulos. El motivo de su agonía era una trombosis que se había ido generalizando por todo su organismo. El Vampiro chupa sangre desolado y abatido, abandonó su cometido, salió a la carrera, montó su caballo y a todo tropel abandonó el lugar antes de que los guardias descubrieran su crimen.

En medio de su loca huida lo sorprendió la luz del día, pero detenerse habría sido un suicidio, la guardia de la Semi Diosa ya debía estar tras él. El calor sofocante y la luz radiante propia del sol del verano eran letales para su piel. Su rostro se enrojeció como un tomate, las pústulas de su cuerpo empezaron a eclosionar, sus labios y parpados se resecaron, y casi literalmente, la piel se le empezó a caer a pedazos.

Estaba a unas cuantas aldeas de su comarca, cuando ya no pudo más y cayó del caballo al piso en medio del gentío que empezaba sus labores cotidianas. Se arrastró unos metros entre la multitud asombrada. Todo su cuerpo era una masa sanguinolenta. En su camino mientras se arrastraba halló una puntiaguda estaca de madera, y se la clavó en el pecho, buscando así escapar para siempre de sus desdichas.

Cuando llegaron los guardias de la Semi Diosa  remataron al asesino clavándole la estaca repetidas veces, luego le rociaron combustible y prendieron fuego a sus restos.






















jueves, 14 de abril de 2022

REQUIEM DESDE ESTE LADO DE LA BOTELLA





Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)




Cuando todo se mostraba oscuro; cuando mis dilatadas pupilas buscaban entre el desconcierto la presencia cálida de los amigos, estiré mis manos huérfanas hacia el vacío, esperando hallar quien rozara mis dedillos con esperanza. Las únicas respuestas fueron la gélida realidad que escarchaban mis ilusiones guardadas y el ácido...

-Será para otra oportunidad-

 ¡¡Bobos!!…Como si la vida permitiera bailar el mismo vals en dos ocasiones idénticas. Como si mañana pudiera volver a ser hoy a nuestro antojo… Como si el destino y el tiempo fueran a sentarse, aguardando a que se repita el día de tu onomástico número quince…

Cierro mi libro, este que contiene heridas, risas y llantos; emociones vividas a lo largo de toda una vida. Lo pongo contra mi pecho y voy en busca de quienes deseen degustar las golosinas luminosas que desde esta cajita mágica convido.

¡Hey tú! ¿Deseas probar mis caramelos envenenados con fantasía? ¿O lo dejamos para otra oportunidad…?