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sábado, 7 de junio de 2025

SOPA FRÍA




Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



Llevábamos varias semanas juntos, mas todo indicaba que ninguno sabía absolutamente nada de los otros dos. En todo este tiempo ninguno habíamos sido capaz de articular palabra alguna. Cuando hacíamos contacto visual, solo nos limitábamos a agachar la mirada y llorar. En medio de tamaña destrucción y desolación, nuestro shock parecía imposible de ser superado ¿Por dónde iniciar el comienzo de algo? En todos estos días no habíamos visto a nadie más en pie, aparte de nosotros tres. Entre los escombros apenas si se distinguían algunos cuerpos mutilados que el polvo que traían los ventarrones, rápidamente iba cubriendo, restándoles contraste con el paisaje.

Luego de las repetidas explosiones nucleares, solo vi un gran resplandor enceguecedor seguido de una intensa oleada de calor; cuando abrí los ojos, ya estábamos allí los tres, frente a frente, y sin entender en concreto que había ocurrido.

En el perímetro había paquetes de galletas y botellas de agua desperdigados en el piso; quizás eso nos motivaba a mantenernos en el lugar; aunque en un mundo inerte como el que teníamos delante ¿A dónde podríamos ir…?

Una mañana vimos flotando en el cielo un cuerpo inflado como un globo, con las piernas y brazos extendidos, que los vientos empujaban por sobre nuestro emplazamiento. El contexto en general era delirante, era factible que en medio de tamaño desastre, hubiésemos extraviado la cordura, y estuviéramos alucinando. Unos gallinazos cual si fueran parásitos, se posaron sobre las espaldas, del ente volátil, y estuvieron picoteándolo. Nosotros boquiabiertos nos limitamos a observar la escena; hasta que, quizás por el accionar de los picotazos o por el calor abrazador del mediodía, el cuerpo explotó en el aire y sus restos se precipitaron a tierra muy cerca nuestro.

Sin mediar palabra, los tres corrimos hacia el lugar de la colisión. Lo que hallamos fue un amasijo de carnes putrefactas, pero para nuestro desconcierto, lo que por lógica debería ser un cadáver, aún latía; y aspiraba y expiraba aire por donde podía, provocando un ruido similar al de los ronquidos que emite un adulto al dormir.

Lo primero y lo único que se me ocurrió decir fue - ¡Es un Durmiente! – Mis dos compañeros solo me miraron…y envueltos en nuestro mutismo acostumbrado emprendimos el retorno hacia nuestro punto de estadía…

Los días transcurrieron su curso, hasta que una mañana fui despertado por los gritos de mis compañeros - ¡¡Los Durmientes!! ¡¡Vienen más Durmientes!! – Sobresaltado, me incorporé mirando al cielo en la dirección que ellos señalaban, y efectivamente varios de esos globos humanos con los brazos y piernas extendidas venían flotando sobre las ráfagas de viento. Esta vez las bandadas de aves carroñeras se habían multiplicado y competían por un espacio donde picotear, y así participar del festín.

Nosotros observábamos estupefactos las ocurrencias. Calculo que esta vez el número de Durmientes superaba el centenar de individuos. Al igual que la vez anterior, bien por acción del calor o por los repetidos picotazos de los gallinazos, los Durmientes, que ya sumaban varios cientos, empezaron a explotar en el aire, y venirse al piso en caída libre. Esta vez, ni mis compañeros ni yo tuvimos el impulso de correr a ver a los que, tras explotar en el aire, caían a tierra.

-Pobres Durmientes…- Pronuncié sin esperar recepción ni respuesta; más era mi ánimo de soliloquio. Había empezado a rebuscar en mi interior una explicación a los hechos de los que éramos testigos, y a la vez protagonistas…

De pronto di rienda suelta a una perturbada locuacidad -En medio de este mundo plagado de muerte es probable que los cielos y los infiernos se hayan quedado sin espacio para albergar más almas, y estos pobres infelices estén condenados a vagar como Durmientes en este limbo desquiciado- Cuando miré a mis compañeros, ambos miraban al suelo, y parecían no haberme escuchado…

-Es posible que yo sea un Durmiente putrefacto, y todo este contexto delirante, no se trate más que de otra de mis pesadillas…-








viernes, 28 de marzo de 2025

EXTRAVÍO





Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



Todas las noches es lo mismo; ocurre luego de que me obligan a ingerir ese cóctel de pastillas que me suministran después de concluida mi cena - ¡Yo no quiero dormir! – Temo a lo que me tocará vivir entre mis sueños.

El inicio es siempre similar al de los sueños de las noches anteriores: Yo deambulo muy mal trajeado por entre los pasillos de una enorme y lujosa casona atestada de hombres y mujeres muy elegantes y de porte distinguido. Camino buscando un rumbo; sé que no pertenezco a ese ambiente. Sin darme cuenta me extravío y termino en la oscura y desolada calle. Repentinamente, sopla un fuerte viento, y cuando este empieza a amainar, todos los elementos del paisaje han variado…Hasta aquí, salvo algunos detalles, todo es recurrente y repetitivo en cada uno de mis sueños de cada noche, mas, esto es solo el preludio del nuevo y desconocido horror que seguirá a continuación…

Aquí afuera llueve torrencialmente, el piso de tierra es un lodazal; la zona es rural, cubierta de agreste vegetación. Apenas si mi vista puede distinguir a unos metros, más allá, la negrura de la noche lo devora todo. Estoy empapado y tiritando de frío. Ahora puedo distinguir un claro libre de árboles y maleza. Aquí hay una tenue iluminación que me permite ver un rustico granero con una gran caja en la entrada, y una destartalada cabaña a lo lejos, cerca de un risco –¡Que bueno! quizás alguien allí pueda auxiliarme… -

Iba a apurar mi paso rumbo a la cabaña, cuando de pronto, del granero, emerge un ser por demás intimidante. Tiene una enorme cabeza, con la frente prominente; muchos de sus rasgos son como los de los enanos acondroplásicos, pero este debe sobrepasar los 2mts. De estatura, y sus brazos extremadamente largos le permiten caminar apoyando los nudillos de las manos en el piso, tal como lo hacen los gorilas. Su mirada denota furia y odio. Alza la cabeza y aspira aire por la nariz, quizás ha detectado mi olor.

Apenas si respiro, intento no hacer el menor ruido, quiero pasar desapercibido. El monstruoso ser, procede a abrir, cual si fuera una puerta, la mitad de la caja, y puedo atisbar que dentro hay varios niños presas de pánico. El monstruo, aunque lento y torpe de movimientos, coje a uno de los niños con una mano, y con la otra le retuerce el cuello, haciéndole girar la cabeza como si se tratara de la tapa-rosca de una bebida; en el segundo giro ya separó por completo la cabeza del cuerpo. El monstruo sorbe la sangre que mana del cuello del niño decapitado. Cuando la hemorragia mengua, el monstruo sigue lamiendo. Yo, horrorizado, doy unos pasos hacia atrás y hago crujir una rama suelta - ¡Está mirando hacia aquí! ¡¡El monstruo me ha descubierto!!- Sin dejar de otearme, con su enorme mano derecha coje por los pies a dos de los pequeños y jalándolos a rastras viene hacia mí. Como si se trataran de unas boleadoras, los revolea con claras intenciones de golpearme con ellos.

Calculo que puedo esquivarlo, cruzar el claro a la carrera, y buscar protección en la cabaña al pie del risco. Corro… corro, con toda la energía que la adrenalina genera en mi organismo. El monstruo me sigue, afortunadamente para mi, su desplazamiento es lento.

Cuando llego a la cabaña con intenciones de tocar a la puerta y pedir ayuda, me doy cuenta que la puerta está entreabierta; ingreso sin más miramientos; mi corazón parece amenazarme con explotar, estoy horrorizado con lo que he visto, y me siento embargado por el miedo superlativo. Para mi suerte la puerta cuenta con unos pasadores de cerrojo, y a un lado hallo el tablón; lo coloco sobre los pasadores. Me siento muy asustado, pero intuyo que por ahora estoy a salvo de ese energúmeno.

De pronto siento repetidos golpes violentos contra la puerta, la cual los soporta con firmeza; definitivamente es muy resistente. Guiado por mi curiosidad, atisbo por una rendija y veo que el monstruoso ser golpea la puerta estrellando repetidamente los cuerpos de los niños, impactando con sus cabecitas los recios maderos, hasta reventarles los cráneos. Finalmente desiste de su empeño, y se retira bufando y rumiando su gran ira.

Lamento el sangriento final de los niños, pero por ahora parezco estar a salvo. Respiro profundamente y…¡¡Oh!! Una mano fría y huesuda me toca el hombro. Volteó espantado, y es una anciana desdentada, de cabellos canos y alborotados - Le temes a Wilfredo, ¿Verdad? - …Y perdí el conocimiento.

Cuando recobro la consciencia, estoy tendido en el piso, hay un joven en silla de ruedas a mi derecha -Madre, el forastero ya se va recuperando. Sírvele una taza de café caliente y ofrécele ropa seca, está empapado por la lluvia…-

La anciana de pie, a mi izquierda, responde con macado enfado - ¡No le daré nada a este cobarde que le teme a tu hermano Wilfredo! –…Ella blandía un tirabuzón saca-corchos en su mano derecha -Madre, Wilfredo está muerto; no insistas con ese tema- Replicó el joven desde su silla de ruedas. La anciana enfurecida empezó a levantar la voz, hasta gritar como una desquiciada - ¡¡No es cierto!! ¡Wilfredo vive! ¡¡Wilfredo vive en el granero!! Solo que tú prefieres ignorarlo ¡¡Por eso él se esconde en el granero!! –

Súbitamente la anciana saltó por encima de mí y con fuerza inusitada, clavó el saca-corchos en el ojo derecho del joven discapacitado. Yo me erguí ante tan macabro espectáculo, y corrí hacia la puerta. La anciana insistía en tirar del saca-corchos, que al parecer se había atascado entre los huesos de la cavidad ocular del joven. Abrí la puerta, y empecé a correr, sin rumbo ni destino…

Ya están aquí los médicos y enfermeros sujetándome y tratando de calmarme-

Ya pasó todo…hasta que vuelva la noche…









jueves, 26 de diciembre de 2024

PARANOID CIRCUS





IIlustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derecho de autor, protegido)



En este asentamiento minero alejado de todo y ubicado entre la nada, la vida transcurría como siempre, de manera rutinaria. Mientras no hay mujeres, los contrastes son escasos. Era día sábado por la tarde, y todos esos hombres rudos hallábanse en la plazuela retozando bajo la fresca sombra de los árboles, algunos bebían licor y fumaban, mientras parloteaban y bromeaban. Era día de descanso, y al día siguiente vendrían las prostitutas a ofrecer sus caricias… Así transcurría la tarde en medio del ocio y la ansiedad por el desenfreno que acaecería al día siguiente.

El Sol empezaba a agonizar, cuando ella apareció completamente desnuda; lo hizo caminando lentamente por el empinado camino empedrado por el cual se desbarrancaba a los carromatos fúnebres conteniendo los cuerpos de quienes fallecían en el asentamiento. Esa pendiente jamás antes la había recorrido un ser vivo. Los muertos hacían ese tramo solos. Nadie con vida sabía a donde llevaba y culminaba ese camino, pero ella vino de allí.

La misteriosa mujer era de una belleza física superlativa, y tenía talento para mostrarse y llevar sobre sí esa tentación que la naturaleza le había prodigado…Todos tuvieron lasciva curiosidad por la forastera, pero el viejo Jonás, un poco brujo, un poco curandero, medio cuchicheando corrió la voz -Esa mujer viene del más allá, y de seguro viene a llevarse a uno o más de nosotros. No se le acerquen ni le miren a los ojos- Las palabras del viejo Jonás produjeron una general psicosis colectiva. De pronto todos empezaron a sentir escalofríos y la atmósfera se tornó agobiante y enrarecida. Sin mediar palabra, todos fueron buscando que guarecerse en sus casuchas, cerraron sus puertas, y se dedicaron a espiar desde sus ventanas.

Muy calma y con el porte de una Reina, la mujer desnuda dio un largo paseo por la desierta plazuela, bamboleando sus encantos con descaro. Si por casualidad su mirada se dirigía hacia alguna de las ventanas desde donde la observaban, los fisgones se ocultaban rápidamente; cuando ella desviaba su mirada hacia otra dirección, reanudaban su fisgar.

Su paseo por la plazuela realmente fue todo un espectáculo erótico. Todos sin excepción hubieran estado dispuestos a entregar los tuétanos sólo por tocar su piel; pero más pudo ese inexplicable temor que las palabras del viejo Jonás habían anidado en sus mentes. Nadie deseaba arriesgarse a estar cerca de ella, y menos, ponerse en la mira de sus ojos. En estas circunstancias, todos prefirieron espiarla a hurtadillas.

Quizás por cansancio a raíz de su caminata, o quizás, intencionalmente, por elevar el morbo de sus observadores, se sentó al pie de un árbol y empezó a toquetearse acariciando su inquietante anatomía. Así cayó la noche, sumiendo la plazuela en la penumbra. Todos, descorazonados por no poder ver más de la fémina, uno a uno fueron yéndose a dormir, abandonando sus puestos de oteo…

Muy entrada la madrugada, el silencio reinante se quebró por lo que parecía una áspera discusión en la casucha de Eliseo; a poco, el más joven de todo el equipo de mineros. Cuando todos corrieron a sus ventanas para ver qué sucedía, vieron la puerta de Eliseo abierta de par en par, la luz interior encendida, y la silueta de la despampanante forastera encaminándose hacia la pendiente empedrada por donde vino, hacia el camino por donde bajaban en su último paseo los muertos.

Unos instantes de cautela, y cuando la mujer desapareció cuesta abajo, todos a la carrera se apersonaron a la morada de Eliseo, encontrando a este desnudo, con los ojos en blanco, sin iris y sin pupilas, echando espuma por la boca y balbuceando. Todos le hacían preguntas, pero él ya no podía responder a nada, poco a poco fue dejando de respirar hasta que exhaló su último aliento. El viejo Jonás exclamó - ¡Les advertí que se alejaran de ella! Al parecer, Eliseo no supo resistir la tentación… Esa bruja quizás vuelva por más de nosotros…-

Entre alistar equipajes y preparar el carromato que llevaría a Eliseo en su último viaje, El grupo de mineros fue sorprendido por el alba. Una vez listo el vehículo fúnebre, colocaron el cadáver sobre la tarima rodante, la empujaron sobre el camino empedrado, hasta que llegaron a la pendiente, una vez allí, unas apresuradas palabras de despedida, un empujón, y el carromato rodó por la pendiente, hasta sabe Dios donde.

Al medio día, cuando llegaron las prostitutas itinerantes, sólo hallaron un caserío desierto. 























domingo, 28 de mayo de 2023

ESTADO ALTERADO






Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



Desde tiempos inmemoriales habían existido personas agrupadas en clanes, sectas, religiones y logias, cuya costumbre de beber sangre recién vertida era una práctica ceremonial común, en la que se sacrificaban roedores, aves y otros pequeños animales, cercenándoles la cabeza y bebiendo la sangre que fluía de los cuerpos aun latentes. Esto se hacía con la convicción de que la sangre fresca tenía poderes curativos y posibilitaba la longevidad.

Atribuidas estas cualidades a la sangre fresca, y siendo cada vez más los adeptos a consumirla, los sacrificios viraron hacia animales de mayor tamaño como perros, corderos y toros. Estos animales eran minuciosamente escogidos entre los más saludables pues se creía que los poderes curativos que aportaban eran más óptimos. La evolución de estas prácticas desencadenó en sacrificios humanos, bajo la lógica de que, al ser de la misma especie, su sangre era más compatible, y sus poderes curativos y pro longevos eran de grados superlativos; mucho más aún, si los donantes eran jóvenes, o mejor si eran recién nacidos, pues se suponía que la información en su sangre no tenía aún los agentes contaminantes que surte la mundanidad.

Conforme evolucionaron las sociedades, estas prácticas fueron reprimiéndose con respecto a los sacrificios de humanos, y también los sacrificios de animales para beber su sangre fue solapándose hasta sólo realizarse en herméticos círculos entre oscuras ceremonias de logias y chamanes misteriosos.

En esta pequeñísima comarca situada en las laderas de la alejada montaña Tempus, la tradición de estas prácticas se mantenía intacta con respecto a las ceremonias de beber sangre de animales. Y ciertamente, todos sus pobladores gozaban de una longevidad duradera, aunque por algún efecto extraño no podían exponerse a la radiante luz del día, muy propia de la zona. Si lo hacían, la piel se les enrojecía y se llenaban de pústulas; los labios se les hinchaban y se cuarteaban, síntomas que los delataban como bebedores de sangre, y si osaban merodear por las comarcas del llano, eran inmediatamente expulsados o se les daba muerte sin miramientos. Los llamaban con el repulsivo apodo de “Vampiros chupa sangre”. Y es que, en las aldeas aledañas, realmente creían que su naturaleza era la de vampiros humanos…y quizás lo eran…Bebían sangre y su vida era estrictamente nocturna o entre las sombras.

Ocurrió que entre ceremonia y ceremonia estos extraños personajes debieron consumir sangre contaminada de algunos animales enfermos, y uno a uno empezaron a presentar dolores articulares y la aparición de forúnculos en la piel, que luego se tornaban en bulbos negros supurantes que despedían un olor fétido. Si los manipulaban, estos bulbos estallaban dejando escapar coágulos de sangre maloliente. Estos síntomas eran la antesala de una muerte inminente.

Una solución podía ser hallar sangre nueva de donantes humanos saludables, pero ¿Dónde hallar voluntarios?

<<Entre los círculos de bebedores de sangre, a los donantes voluntarios se les conoce como SAMARITANOS>>

Una noche, tres encapuchados a caballo emprendieron la difícil travesía de ubicar a una joven Semi Diosa samaritana que moraba al otro lado de la gran montaña. El camino era largo, difícil y peligroso, y sólo podían realizarlo de noche. Uno por su vulnerabilidad a la luz del sol, y otro porque si eran descubiertos por los moradores de las aldeas por donde debían pasar, quizás los matarían. Entonces galopaban toda la noche, y durante el día se ocultaban. Tres días duró la travesía, y durante el recorrido, dos de ellos murieron por efectos de su enfermedad, la inanición, y el cansancio.

Cuando el único sobreviviente llegó a la morada de la Semi Diosa samaritana, este fue recibido por la guardia de seguridad de la Semi Diosa, quienes le comunicaron que la Semi Diosa estaba agonizando, pero le permitieron verla en privado con la premisa de que se limitara a rezarle e implorarle, y que quizás por ello le concedería un milagro.

Él de antemano sabía que no había milagro posible, por ello apenas estuvo a solas con ella, empujado por su desesperación, sacó una navaja de entre sus ropas, y de un certero tajo le cerceno la cabeza. De inmediato se dispuso a succionar la sangre de la Semi Diosa que debía manar a borbotones desde las venas y arterias de su cuello recién cortado, pero no fue así. La sangre de la Semi Diosa mostraba coágulos. El motivo de su agonía era una trombosis que se había ido generalizando por todo su organismo. El Vampiro chupa sangre desolado y abatido, abandonó su cometido, salió a la carrera, montó su caballo y a todo tropel abandonó el lugar antes de que los guardias descubrieran su crimen.

En medio de su loca huida lo sorprendió la luz del día, pero detenerse habría sido un suicidio, la guardia de la Semi Diosa ya debía estar tras él. El calor sofocante y la luz radiante propia del sol del verano eran letales para su piel. Su rostro se enrojeció como un tomate, las pústulas de su cuerpo empezaron a eclosionar, sus labios y parpados se resecaron, y casi literalmente, la piel se le empezó a caer a pedazos.

Estaba a unas cuantas aldeas de su comarca, cuando ya no pudo más y cayó del caballo al piso en medio del gentío que empezaba sus labores cotidianas. Se arrastró unos metros entre la multitud asombrada. Todo su cuerpo era una masa sanguinolenta. En su camino mientras se arrastraba halló una puntiaguda estaca de madera, y se la clavó en el pecho, buscando así escapar para siempre de sus desdichas.

Cuando llegaron los guardias de la Semi Diosa  remataron al asesino clavándole la estaca repetidas veces, luego le rociaron combustible y prendieron fuego a sus restos.






















sábado, 15 de abril de 2023

PARÁBOLA


Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

 (Derechos de autor, protegidos)






Caminaba errabundo; viraba su ruta, daba giros, avanzaba y retrocedía su andar. Por momentos, con su mano derecha hacía trazos circulares sobre su cabeza mientras juntaba y separaba repetidamente las yemas de sus dedos índice y pulgar. Dentro de su afiebrado cerebro, estos movimientos de su mano le permitían flotar entre irrealidades que cada vez se le hacían más y más familiares.

Cuando llegó el lustroso pez amarillo, rodando sobre las tres rueditas que sobresalían de su abdomen, él no titubeó. Se encaramó sobre su lomo y lo montó cual si se tratara de una cabalgadura.

Para sorpresa suya, cuando el pez rodante se puso en movimiento, lo hizo rodando hacia atrás. La reacción instintiva fue darse vuelta para poder ver el camino, pero rápidamente el rodamiento cobró gran velocidad, por lo que no le quedó más opción que desistir de la idea de voltearse, y centrarse en el esfuerzo de sujetarse con firmeza al lomo del pez, para evitar caerse.

La velocidad se hizo vertiginosa, por lo que él se vio obligado a apretar su pecho contra el lomo del pez, asirse con todas sus fuerzas de las aletas laterales, apretar los dientes y cerrar los ojos. Cual si se tratara de una regresión, por su mente desfilaban imágenes de situaciones pertenecientes a su pasado cada vez más y más remoto.

Cuando se detuvo el veloz rodamiento; abrió los ojos, se irguió cautelosamente, y entonces pudo enterarse que estaba en medio de la Nada. Solos, él y el pez amarillo, apenas alumbrados por una débil y dramática luz cenital, nacida también de la Nada.

De pronto, los fogonazos lumínicos, y la voz de pregonera:

- Esta vida es una prisión cruel y despiadada. Todos estamos aquí para sufrir y expiar culpas propias y ajenas… De esta prisión llamada vida, nadie sale vivo ¡Pasen! Por unas monedas pueden besar a la muerte, y abrir las puertas de esta jaula.

¿A dónde ir? … La Nada lo era todo, salvo él, el pez amarillo, las luces, y la silueta de aquella extraña figura que emitía repetidamente el macabro pregón.

Bajó del lomo del pez amarillo; rebuscó entre sus bolsillos, y en cuanto tuvo las monedas en su mano, caminó hacia la silueta que no cesaba de aspavientar y vociferar ofreciendo lo suyo.

Cuando estuvo cerca, vio que se trataba de una mujer de cabellos revueltos y ojos completamente blancos, sin destino de mirada. Ella estiró su mano, y él deposito en su palma las monedas.

- Desnúdate y ocupa tu caja, que sólo faltabas tú para empezar el viaje.

Al virar su mirada hacia donde señaló la mujer, se encontró con un ambiente lúgubre y subterráneo, donde destacaban siete cajas rectangulares distribuidas en círculo; seis de ellas estaban ocupadas en su interior, cada una, por un individuo desnudo y sentado.

Él destapó la única que quedaba libre, se introdujo en ella, y también adoptó la posición de sentado. Tenía vergüenza; por ello esperó estar dentro para recién despojarse de sus ropas, tal y como se lo ordenara la pregonera.

Como si se tratara de una coreografía; cinco de los que estaban dentro de las cajas, se recostaron dentro, y tras de sí sellaron las entradas con sus respectivas tapas. Sólo permanecieron sentados y descubiertos, él y quien estaba a su frente.

Empezó a sonar una música suave, que poco a poco fue “in crescendo” en ritmo y también en volumen de sonido.

Su vista fue acostumbrándose a la penumbra del recinto, agudizándose, y permitiéndole ver con más nitidez.

Quien estaba frente a él, era una voluptuosa mujer, que arrodillada, se movía frenéticamente al compás de la música. Él la observaba extasiado e inquieto. Su libido estaba alterándose, perturbándolo sobremanera, mas, cuando quiso moverse, se dio cuenta que era presa de una parálisis generalizada. Sólo podía mover los ojos.

Desde el interior de las cinco cajas selladas, llegaban a sus oídos, quejidos, llantos, lamentos y sonidos de cuerpos retorciéndose. Él también empezó a lagrimear, moquear y babear descontroladamente. Rápidamente toda esa mezcla de fluidos fue empapando su pecho, abdomen y piernas, sin embargo, su extasiado interés por continuar mirando a la mujer de en frente no mermaba; por el contrario, al igual que su deseo sexual, se le hacia una urgencia.

Sin dejar de menear provocativamente sus carnes, la mujer se puso de pie y vino hacia él, se arrodilló y le lamió los ojos, sorbiendo y saboreando sus lágrimas. Luego se deslizó al interior de la caja sentándose sobre él, y uniéndose en una cópula lubricada adicionalmente por las lágrimas y babas que de él fluían de manera incesante.

¿Cuánto tiempo duró todo ello? A él le supo a eternidad…

Ahora se hallaba tumbado de espaldas al piso, rodeado de personas, algunas acuclilladas y otras de pie. Antes de cerrar sus ojos logro escuchar a uno de sus observadores, decir:

-Ya no podemos hacer nada por él. Tiene el aspecto de quienes lo han vivido todo…




















domingo, 26 de marzo de 2023

UNA PRISION MENOS




Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)




Eran muchos cuando se internaron en el desierto árido y hostil, empujados por la promesa de su Dios, quien les había prometido premiarlos con unas tierras donde manaba leche y miel todo el tiempo.

Llevaban más de treinta años de caminata, y la fertilidad de sus mujeres había super multiplicado el número de miembros de esta nación errante; ahora eran lo más parecido a un enjambre de parias, mas, ello no era problema, su Dios los protegía del sol inclemente con una nube que viajaba a la par sobre ellos. La comida tampoco era problema, esta caía del cielo en forma se copos, y era rica en nutrientes.

Una noche acamparon cerca de las laderas de una montaña, y un grupo de trece descontentos, ansiosos de comer carne, abandonaron el campamento y se internaron en las grutas de la montaña con la finalidad de atrapar unos cuantos murciélagos y devorarlos. Con el estiércol de los mismos murciélagos hicieron brasas y sobre ellas los asaron. Luego del festín, se acurrucaron entre ellos y se quedaron dormidos. Cuando despertaron a la mañana siguiente y salieron al exterior de la gruta, grande fue su sorpresa, pues sus congéneres ya habían partido prosiguiendo su caminata por el desierto, al amparo de su Dios.

Sin la protección de su Dios, intentar alcanzar al grueso de la nación habría sido un suicidio. Sin agua, sin alimento, sin la nube que les proveía de sombra, no hubieran sobrevivido muchas horas, por lo que se resignaron a quedarse al cobijo que les brindaba la gruta. Al fin y al cabo, allí tenían sombra, y podrían alimentarse con los murciélagos, y las cucarachas y larvas que pululaban entre el estiércol de los murciélagos. Para proveerse del líquido elemento, reciclarían sus propios orines. Así aguardarían a que su Dios en algún momento les echara de menos y volviera a rescatarlos.

En esa tediosa espera transcurrieron miles de años. Habían caído en una paradoja de tiempo exclusiva para ese lugar; no envejecían ni morían, como si su condena fuera vivir en ese aburrimiento perpetuo.

Una mañana fueron despertados por unos ruidos desconocidos; eran los motores de dos camiones cargados de armatostes y mantos de colores chillones, y a la vanguardia venía conduciendo un tipo rechoncho de cabellos y bigotes rojizos, el cual bajó secundado por otros tres hombres y una mujer.

-Soy el gran mago Merlino ¿Me pueden decir hacia donde está el pueblo más cercano? – Preguntó a gritos, dirigiéndose a los trece, que creyendo serían enviados de su Dios con la consigna de venir a rescatarlos, bajaron a la carrera desde la gruta de su confinamiento.

El gran Merlino les volvió a preguntar por la ruta hacia el pueblo más cercano, a lo que casi al unisonó los trece respondieron -¡¡No sabemos nada del mundo!! – Luego continuaron contándole la historia de cómo y porqué quedaron varados en esa gruta.

El gran Merlino se disculpó de no poder llevarlos, pues los camiones ya llevaban sobrepeso, y tampoco había espacio, pero antes de partir les obsequió un reloj, de unos treinta centímetros de diámetro que, según él, tenía el poder de retrasar, detener, o adelantar el tiempo, y se fue en busca de algún poblado propicio para mostrar su espectáculo.

Los trece con el supuesto reloj mágico a cuestas volvieron descorazonados a la gruta.

Abatidos por la desazón de saber que su existencia continuaría en la gruta, los trece se miraban entre ellos sin pronunciar palabra alguna. Ya estaba empezando a oscurecer, y las colonias de murciélagos empezaban a moverse hacia el exterior en bandadas, cuando uno de los trece que jugueteaba con el supuesto reloj mágico, trabó las manecillas de este con sus dedos ¡Entonces ocurrió! ¡El tiempo se detuvo en la zona! Las moscas y los murciélagos quedaron suspendidos en el aire, igualmente las cucarachas y las larvas que pululaban entre el estiércol se quedaron estáticas ¡El reloj mágico si funcionaba!

- ¡No quites los dedos de esa cosa! - Gritaron los más acuciosos, los demás observaban atónitos el fenómeno; cuando reaccionaron, empezaron a atrapar y devorar vivos a los murciélagos, intercalando con la ingesta de cucarachas y moscas que atrapaban en el aire directamente con la boca, como si se tratara de un juego.

Una vez, con los estómagos repletos, surgió la gran idea -Que no quite los dedos de esa cosa, estamos casi a oscuras, sin el sol abrazador sobre nosotros, podemos salir de aquí y buscar a nuestra nación que debe estar gozando de la leche y miel que mana de la tierra que prometió nuestro Dios-

Todos aceptaron la idea, tomaron unos cuantos murciélagos como provisiones, y entusiasmados se pusieron en marcha. Por donde iban, la noche se tornaba una constante.

“Pero los imponderables también son una constante en la vida…”

Entre la penumbra, el que iba con los dedos trabados entre las manecillas del reloj mágico trastabilló, y al no poder equilibrarse por tener las manos ocupadas, este se fue de bruces, y en su caída se precipitó sobre el reloj mágico partiéndolo en pedazos, entonces bruscamente el sol abrasador reclamó su posición desplazando a la noche.

Bajo el sol ardiente, los trece empezaron a envejecer, y a cada instante se arrugaban más y más, se estaban achicharrando, hasta que quedaron convertidos es resecas figurillas de arcilla que luego se desmoronaron desintegrándose, luego vino un viento del desierto y se llevó sus restos confundiéndolos con las arenas del desierto…  

¿Aún estará su Dios aguardando por ellos? …O ya los habrá echado al olvido…

¿Alguien sabe en qué lugar están esas tierras donde mana leche y miel todo el tiempo?




















viernes, 10 de febrero de 2023

MORFEO OBSEQUIA CARICIAS DE PLASTICO




Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)




Flanqueado por sus dos camaradas, Efrén caminaba con cierto desequilibrio, chocándose con el hombro de uno y del otro. Los efectos del alcohol y el aire de la madrugada habían hecho presa de sus sentidos.

- ¿Qué ocurrió? ¿Qué hago en este oscuro lugar? -

El cielo se mostraba completamente oscuro, pero saturado de estrellas; esto le permitía divisar el negro recorte de las edificaciones que le rodeaban.

- ¿Y mis camaradas? ¿Cómo llegué aquí?

A lo lejos fue haciendo aparición una tenue lucecita, que lentamente iba in crescendo

-¡Sí! ¡Viene hacia mí! Es una luz muy tenue, y algo o alguien viene delante de ella, es una silueta difusa la que precede a la lucecita. Ya logro verla mejor, al parecer es una persona.

Con pasos lentos y cautelosos fue al encuentro de lo que venía. Era un hombrecito de baja estatura, casi un enano, con una varilla al hombro, de la cual pendía un farolito en el extremo. El hombrecito vestía como un remedo de guerrero, con una espadita de madera al cinto, y un yelmo con cuernitos a los costados.

-Disculpe ¿Dónde estamos? Perdí a mis amigos y no sé dónde estoy.

*-…Todos los que llegamos aquí es porque perdimos algo y esperamos encontrarlo aquí. Yo he perdido mi sombra, y llevo bastante tiempo buscándola en este mundo bizarro.

- ¿Podemos proseguir nuestras búsquedas juntos? Esto esta muy oscuro, y la luz de su farol me servirá para guiar mis pasos.

*Un guerrero jamás niega su ayuda a nadie. Está bien, caminaremos juntos.

-Guerrero. ¿Has visto esas siluetas de esos seres saltando y corriendo por los tejados?

*-Sí, son los Nahuales, mezcla de humano y bestia, pero no te preocupes sólo cazan recién nacidos. Solamente te atacarían si te interpusieras entre ellos y su presa.

- Igual tengo miedo, sólo veo sus siluetas saltando, pero se les ve terroríficos con esos hocicos alargados y sus grandes colmillos.

*-No te preocupes, en unos minutos amanecerá y ellos temen a la luz del día. Aquí los días y las noches apenas duran tres horas.

Dicho y hecho, bruscamente la luz del día se apoderó del paisaje dando paso a la agobiante visión de un caserío vacío y desolado. El diminuto remedo de guerrero apagó su farolito y juntos continuaron su andar. Entonces fue evidente, el hombrecito no proyectaba sombra…Detalle que no valía la pena comentar ni preguntar, y así continuaron su andar juntos…

De pronto, de entre los tejados apareció un enorme nene de más de dos metros, con aspecto de recién nacido flotando por el aire, Tenía la piel color verde turquesa, y el cordón umbilical le colgaba hasta el piso.

El espectáculo era surreal y digno de asombro, mas el hombrecillo, sin inmutarse comentó:

*-No te preocupes. Carne para los Nahuales …

El nene flotante tenía una carita dulce y ojillos grandes y encantadores, como un Querubín.

-Es gigante, pero es un bebé, no podemos dejarlo a la deriva.

Dicho esto, Efrén corrió hacia el trayecto del nene flotante hasta lograr asirlo por el cordón umbilical, pero estaba húmedo y resbaloso, entonces se percató que ello era porque el color verde turquesa del bebé era porque estaba cubierto por una resina un tanto oleosa y pegajosa. Aun así, logró atraparlo dando varias vueltas al cordón sobre su puño. Esta acción transfirió la resina a sus manos y antebrazos tiñéndole de aquel color verdoso.

El hombrecillo, a la carrera, le dio alcance, y notoriamente alterado y haciendo aspaviento con sus brazos le dijo a los gritos:

*-¡Suéltalo! ¡Nos va a contagiar su olor! ¡Si los Nahuales nos huelen impregnados con el olor del nene, también vendrán por nosotros!

-Me niego a dejar que lo devoren esas bestias…

*-Es tu decisión. Yo me voy.

-Me dijiste que un guerrero jamás niega su ayuda, y tú eres un guerrero.

*-Si soy un guerrero, pero no soy un suicida. En unos minutos caerá la noche, entonces si deberás preocuparte. Adiós.

¿Qué hacer? Efrén quedó atónito, confundido, no atinaba a nada, pero tampoco pensaba ni remotamente en soltar el cordón y abandonar al nene…Y repentinamente la noche cayó.

-¡Allí están los Nahuales¡ Veo sus siluetas saltando por los tejados ¡Dios mío, vienen tras de mí!

Los Nahuales, expertos cazadores, y hábiles acosadores, lo habían rodeado. De un certero salto, uno le arrebato el cordón, y entre todos empezaron a tirar de el atrayendo a la presa hacia sus fauces. Las primeras dentelladas alcanzaron las partes más íntimas del nene. Sólo se escuchó un -¡Ñaaa!-, seco, y los ojillos del bebé chisporrotearon una luz azulina. El festín había empezado. Lo fueron devorando aún vivo.

Para suerte de Efrén, el objetivo principal era el nene. Efrén también sufrió varias mordeduras, pero tuvo tiempo de salir a la carrera. Unos mordiscos más, el pánico, y la carrera imparable. No importaba hacia donde, lo urgente era alejarse o sufrir la misma suerte del bebé.

Cuando la policía y sus camaradas hallaron a Efrén, este estaba en un basurero, Su cuerpo ensangrentado mostraba heridas de mordeduras. Su cabello había encanecido hasta quedar completamente blanco, sus manos y brazos estaban teñidos por un esmalte verde turquesa, y a los gritos repetía incoherencias sobre un bebé gigante pintado de verde, al que los Nahuales devoraron vivo.



















viernes, 6 de enero de 2023

UNA DOSIS DE LUZ PARA QUIEN VINO DE ENTRE LA NIEBLA




Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



La Reina madre parió gemelas, ocurrencia común en la especie. La Princesa dominante y más apta, fue la primera en abrir los ojos. Estos estaban inyectados de una precoz ira que conjugaba a la perfección con su hocico dotado de filosos dientes y alargados colmillos. Su hermana aún hallábase en estado de modorra, cuando una certera dentellada le arrancó la pata delantera izquierda; un chillido corto y seco, y el segundo mordisco fue directo a su yugular. La hermana dominante estaba segándole la vida. Acto seguido empezó a devorar su cuerpo aún latente. Era un festín macabro, mas, la Reina madre observaba impasible y hasta diríamos, con deleite. Sabía que su reinado era de muerte, y le complacía haber parido a una asesina. Era la primera muestra de que era su sucesora idónea… Quizás el inicio de ella misma fue similar.

En su especie, el matriarcado acaparaba el poder. Los machos ocupaban los últimos puestos de la pirámide, y apenas si eran utilizados como una herramienta necesaria para la reproducción. Eran las hembras, al mando de la Reina madre, las encargadas de cazar y proveer alimento para el clan, pero también las primeras en el derecho a comer.

El tiempo pasó, y la Princesa creció y fue haciéndose cada vez más fuerte, más prepotente, y más cruel.

El ciclo de tiempos se tornaba duro, y cada vez era más difícil obtener presas, el alimento escaseaba, pero bajo la atenta tutela de su madre, la Princesa repartía dentelladas a quienes se acercaban a lo que ella consideraba su ración de carne y sangre de las presas recién cazadas.

La Reina madre era guía y a la vez cruel dictadora del orden establecido. Así mismo, era quien encabezaba la cacería para proveer alimento y arengaba desde primera línea los ataques a los depredadores que les resultaban competencia. La muerte convivía a diario con ellas, era lo que les generaba vida. Matar para vivir, y la Reina madre era sobresaliente en el arte de matar…Y hallaba placer en hacerlo.

Cuando las circunstancias de la vida se hacen duras, es momento de imponer actitudes más atrevidas. El alimento era cada vez más escaso y difícil de conseguirlo, sobre todo con los enormes felinos merodeando el mismo territorio. Dos enormes gatas habían logrado cazar una buena presa durante la noche y hallábanse devorando su carne con deleite…Era el momento para la demostración de la osadía de la Reina madre. Esta lanzó un chillido parecido a una risa maquiavélica que todas sus seguidoras empezaron a imitar llenando la noche con su bullicio. Así empezó el ataque, mordisqueando por todos lados a las gigantescas gatas que pronto fueron llevando las de perder. Un grupo las rodeo mientras otro grupo aprovechaba para llenar sus estómagos con la carne de la presa. Entonces irrumpió a la carrera un enorme felino macho; todo el clan se dispersó…

Los lideres se forjan en los momentos difíciles…La Reina madre era la líder del clan, y este era un momento crucial. La ecuación era exacta, y como líder, le imponía actuar.

La Reina madre mostró los colmillos y dientes a todo lo ancho de su babeante hocico, y emitiendo ese chillido que sonaba a risa macabra se lanzó a hostigar al descomunal gato. Lo amenazó y lo finteó con arremetidas y agiles saltos hacia los costados. El clan observaba esperando alguna oportunidad para continuar robando trozos de la presa abatida. De pronto, la paciencia del descomunal gato pareció esfumarse, dio un gran salto, y de un certero zarpazo, literalmente partió en dos la columna vertebral de la Reina madre. Esta, mortalmente herida empezó a arrastrarse sobre sus cuartos delanteros, pero en una segunda embestida, el enorme gato le partió el cráneo de un mordisco.

Los gatos se retiraron arrastrando a su presa a un lugar más seguro y menos conflictivo.

Como un muñeco desarmado el cuerpo de la Reina madre convulsionaba y continuó lanzando estertores. Esto atrajo a las miembros de su propio clan, quienes ávidas de carne y sangre se lanzaron a desgarrar sus partes blandas. Fue cuando intervino la Princesa, a mordiscos despejó a la manada, luego introdujo su hocico en las entrañas de su madre y le devoro las vísceras, luego se irguió, y con el hocico aún manchado por la sangre de su madre, lanzo una risotada intimidante.

Una nueva Reina madre reclamaba su reinado… Una nueva asesina había tomado el legítimo control del clan.