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lunes, 31 de agosto de 2026

CUÉNTAME UNA HISTORIA




Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




En una de esas tantas épocas en que las condiciones se pusieron duras para mi carrera artística, y tuve que dedicarme a realizar labores ajenas a las artes plásticas y la literatura. Un familiar, que tenía una panadería, me propuso que le pintara unas figuras geométricas en la fachada de su negocio. Con la asistencia de un ayudante nos pusimos manos a la obra, aprovechando que el horario de atención había finalizado. Empezamos marcando con cinta auto adhesiva, y para que no se hiciera aburrida la jornada, encendimos la radio; no hay tedio que no supere una buena dosis de rock & roll. Cuando fui a sintonizar la emisora indicada, de pronto, entre la quietud de la mañana, un aleteo desesperado vino desde la esquina próxima. Un gallito de pelea dio vuelta en la curva, a toda carrera, y sobre una patita, para no perder el equilibrio, a la vez que aleteaba como un poseído. Sin disminuir para nada su velocidad, se vino hacia nosotros y con las mismas se metió a la panadería, por la puerta que estaba abierta. Lo primero que se me ocurrió fue gritarle a mi asistente -¡¡Cierra la puerta!!- El muchacho, diligente, me obedeció de inmediato.

Unos instantes, y apareció una señora por la misma ruta por donde vino el gallito. Intuyendo lo ocurrido y las posibles consecuencias, subí el máximo del volumen a la radio. La señora movía los labios y hacía aspavientos; yo sabía que me hablaba a mí, y me preguntaba por el gallito, pero yo, amparado por el elevado volumen de la radio, me hacía el desentendido. La señora se cansó de hablarme mientras yo me hacía el sordo, y se fue… Lo cierto es que me quedé con cierto sentimiento de culpa, sabía que acababa de cometer un delito, pero, ya estaba hecho.

Al terminar la jornada de trabajo, guardamos las herramientas, metí al gallito en una caja de cartón, y con él bajo el brazo, cerré la puerta de la panadería, y me fui rumbo a casa.

En cuanto llegué a casa, mi hijita de seis años mostró curiosidad por la caja de cartón que llevaba en manos - ¿Qué me trajiste papito? – Era el momento de pensar rápido - ¡Mira es un hermoso gallito! - ¿Cómo decirle a mi pequeña que su padre era un miserable ladrón que acababa de hurtar un gallito? Había que inventar algo contundente sobre la marcha.

-Hijita de mi corazón. Él parece un gallo, pero en realidad no es un gallo; él es un pirata que navegaba allá por las costas de los mares del sur. Su nombre es Jacinto Candelario. Este en sus correrías se dedicaba a raptar jovencitas para luego venderlas como esclavas a los Reyes de las tierras de Hur. Lamentablemente para él, entre sus últimas fechorías cometió el error de llevarse entre sus víctimas, a la hija de un poderoso hechicero, quien luego de perseguir al pirata por tierra y por mar, logró rescatar a su amada hija, y a Jacinto Candelario le lanzó una maldición…Jacinto se convertiría en gallo por cien años. Mientras la maldición empezaba a hacer sus efectos, Jacinto aterrorizado, salió corriendo despavorido, sin rumbo. Yo lo encontré en su loca huida; aun no acababa de convertirse completamente en gallo; su cabeza aun continuaba siendo la de Jacinto…por eso pudo ir contándome su historia, hasta que su cabeza se convirtió en cabeza de gallo, y ya no pudo hablar más... –

No sé si mi hijita dio crédito a mi improvisado relato, o no, pero ya no pregunto más, y se avocó a la tarea de buscarle un lugar adecuado para que habitara Jacinto Candelario; al fin y al cabo, era posible que este se quedara a vivir con nosotros por cien años...




























lunes, 6 de julio de 2026

FRENTE A FRENTE SIN REGLAS





Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




Si hay un bicho cuya sola presencia me provoca repulsión extrema y pánico, esa es la cucaracha. Desde su nombre ya me motiva asco y fobia.

Empezaré por contarles que, debido a una enfermedad degenerativa, solo me es posible caminar con la ayuda de un andador ortopédico. Y bueno, una mañana cualquiera, estaba yo en pantaloncillos cortos y descalzo, sentado en mi sillón de descanso, viendo en la televisión uno de esos estúpidos programas que uno ve, pero jamás mira. Fue entonces cuando desde la cocina ingreso un soberbio ejemplar de asquerosa cucaracha, fornida, robusta, y de reluciente caparazón. En comparación conmigo, vaya que era una diminuta alimaña, pero ya les he comentado la repulsión que en mi provocan estos asquerosos insectos.

Un rápido paneo de inspección a la habitación donde estaba yo, y se quedó mirándome fijamente. Sus ojos se veían fieros y cargados de odio ¡Sí! Estoy seguro. Ese bicho me estaba odiando. Con determinación giró con dirección a mí, y empezó a caminar amenazante. Yo me moría de miedo, y tenía desechada la idea de darle un pisotón. Estaba descalzo, ni pensar en aplastarla con mis pies desnudos. Hubiera querido salir huyendo a la carrera, pero obviamente eso me era imposible.

Mirándome fijamente con sus ojillos de ente maligno, el bicho siguió viniendo hacia mí. Era evidente que había olfateado mi miedo, y se regocijaba intimidándome.

Cuando estuvo cerca de mis pies, claramente sentí que rozó con sus antenas el dedo gordo de mi pie derecho. Cerré mis ojos apretadamente y solo atiné a hacer aspavientos con los brazos y patalear como un poseído.

Me detuve por cansancio, entonces recién abrí los ojos y miré entre mis pies. La cucaracha o cucaracho, tenía ambos ojos morados por hematomas; sangraba profusamente por la nariz; le faltaban dos dientes, y tenía el labio inferior literalmente reventado… Menuda pateadura que le había propinado. Pero ni eso lo había desanimado, el bicho continuaba amenazante. Tuve miedo y pánico; temí su venganza…

Desesperadamente miré a todos lados buscado una forma de escapar, una ayuda. No muy lejos de mi mano derecha vi algo ¡¡Eureka!! ¡¡Allí estaba!! ¡Un pote en spray de BLACK FLAG RAID! Lo anunciaban como la muerte segura para cualquier bicho. Aseguraban que era tan extraordinario que, si se lo rociabas en la cara, podrías matar un elefante. Envalentonado, tomé entre mis manos el spray, apunte a la cucaracha, y le vacié todo el contenido, para asegurarme de no tener que volver a lidiar con aquel repugnante insecto.

Pero, para mi desgracia, en unos instantes, cuando se disipó la nube provocada por el spray, pude ver, que la acción del cucarachicida había sido inútil. El bicharraco seguía con vida, y a modo de mofa, levantó su pata derecha delantera, y con la izquierda se rascó la axila, como diciéndome que mi sobrevalorado spray, para él, era como un desodorante…

Ahora sí estaba en problemas. Cucaracha y yo, frente a frente. Yo sudaba frío y temblaba de miedo, cuando miré mi mano derecha, y vi que tenía una alternativa…

Con el pote del spray le pegué un soberano porrazo sobre el lomo; un fuerte crujido de exoesqueleto reventado, y solo quedó un amasijo de patas, alas, antenas, y vísceras descuajeringadas.

BLACK FLAG RAID, muerte segura para las cucarachas…

























domingo, 21 de junio de 2026

CON LAS ALAS DESPLEGADAS




Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




Hay atardeceres en los que la agonía del sol te pone los pelos en punta.

Muy lentamente el pequeño autito iba deslizándose cuesta abajo. Yo con ambas manos encadenadas al timón del volante, hacía lo imposible para no patinar; para ello, desesperadamente iba haciendo cortos giros hacia la izquierda y a la derecha. La carretera estaba completamente empapada por la persistente lluvia. Así resultaba sumamente difícil mantener el control del vehículo, además de la casi nula visibilidad. Por esas razones, aunque deseaba salir volando de esa situación, no aceleraba la marcha.

Mis dos pasajeros sentados en los asientos de atrás me aterraban. Su aspecto era macabramente extraño. La piel de sus rostros se mostraba extremadamente pálida y escamosa; la cubierta de sus cráneos era transparente, por lo que sus sesos quedaban expuestos a la vista. Pero no es esto lo que me resultaba más espeluznante, sino, el continuo chirrido que hacían con sus afilados colmillos …Lo que yo temía es que estuviesen tramando atacarme a dentelladas, y devorarme. Debía mantenerme concentrado en el camino, pero también debía mantener la vigilancia de mis dos pasajeros, aunque sí decidieran atacarme, poco o nada podría hacer para defenderme con las manos encadenadas; igual, procuraba no quitarles la vista de encima ayudándome con el rabillo del ojo.

¿En qué momento y en qué circunstancias me fui de esa realidad?

Cuando recuperé la conciencia, estaba sentado sobre el asfalto de una carretera. Mis manos habían sido liberadas del volante del autito, mas, continuaban encadenadas una a otra a la altura de las muñecas[O1] ; ya no había autito ni los aterradores seres que venían como mis pasajeros.

Unos momentos cavilando sobre que hacer hasta que, para mi sorpresa, por el carril contrario apareció un hombrecillo desnudo, con un tórax y espalda descomunales en proporción a su talla; su cabeza enorme iba sobre un cuello también desproporcionado que daba la impresión de tener unida la mandíbula a los hombros. Su rostro era fiero, y parecía estar malhumorado. Venía halando una roca un poco más grande que él; haciendo un gran esfuerzo tiraba de ella con unas gruesas lianas.

Al pasar frente a mí, el hombrecillo me echó una mirada escudriñadora que me heló la sangre y me dejó inmóvil. Lo vi recoger sus lianas con aparente serenidad, y empezó a manipularlas haciéndole nudos. El movimiento para mí fue tan de improvisto, que solo me enteré de que yo era el objetivo, cuando; de un certero lance ya me había lazado con su liana maniatándome los codos a la altura de la cintura. Seguidamente, empezó a tironearme con rudeza, hasta arrojarme de cara al piso. La fricción contra la aspereza del piso literalmente me estaba desollando. Al llegar a su alcance, se preocupó de atarme con más eficiencia, y me levantó como un fardo sobre su hombro, y emprendió la caminata conmigo a cuestas.

No muy lejos, me hizo ingresar en una casucha destartalada, en cuyo centro había un fogón encendido, y sobre él una gran olla echando vapor. Me bajó de su hombro, tomó mis encadenadas manos con su mano izquierda, las jaló por sobre el vapor hirviente que manaba de la olla, y antes que yo siquiera sospechara algo, cogió un hacha y me cercenó ambas manos a la altura de las muñecas, cayendo estas al interior de la olla. Luego introdujo mis muñones en su boca y empezó lamer y succionar la sangre que manaba por la zona de la mutilación.

Calculando que ya estaban en su punto de cocción, sacó mis manos de la olla y empezó a comerlas con avidez.

Nuevamente era de tarde, y yo nuevamente en el autito bajando por una pendiente, pero esta vez sentado es una posición, por demás incomoda; ahora sin manos y con los pies desnudos encadenados al volante. En mi afán de no desbarrancar o estrellarme, iba haciendo maniobras y piruetas con mis piernas y pies. De pronto pude ver que esta vez también llevaba a mis dos anteriores pasajeros en el asiento de atrás. Los vi, y venían besándose y acariciándose muy efusivamente, lo cual me resultó muy tranquilizador. Yo seguía con mi empeño de no perder el control del vehículo. Atrás, las caricias y besos fueron subiendo en apasionamiento. Ahora se golpeaban, arañaban y mordían, lastimándose sin miramientos. Las heridas eran cada vez más profundas y evidentes. Literalmente se estaban devorando. Había trozos de carne y regueros de sangre por los vidrios y todo el interior del autito…

Hay atardeceres en los que la agonía del sol te pone los pelos en punta.

















jueves, 2 de abril de 2026

VUELO DE TORTOLITAS





Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



El destartalado autito azul, marca Willis dormía el sueño que duermen las maquinarias u objetos que llegan a la etapa de chatarra. Su sueño solo se veía interrumpido por las veces en que, acompañado de algún o algunos amigos subíamos a inventarnos realidades en las que éramos viajeros, por carreteras y caminos sin fin; entonces le dábamos renovada vida al autito azul, aunque en un plano diferente a este.

Yo tenía nueve años de edad, y una precoz mente repleta de fantasías. Solía leer cuentos e historias fantásticas. Mi padre era un tipo muy letrado, por ello siempre hubo en casa un espacio repleto de libros conteniendo narraciones de viajes y aventuras alrededor de mil mundos.

Chloe, mi prima, era mayor que yo por tres años. Siempre que había reuniones, nos juntábamos y jugábamos; nos teníamos mucho afecto, y nos resultaba divertido compartir momentos. Creo que, debido a mi corta edad, jamás había notado siquiera, que éramos de diferente género. Solíamos fantasear y reíamos con nuestras ocurrencias; una pareja de cómplices entre nuestro mundo de juego y fantasías.

Ese día, en mí, nada presagiaba que fuese diferente. Como todos los sábados, llegaron las visitas. Con Chloe nos saludamos con un abrazo y brotes de risas. Mis tíos y tías se saludaban con mis padres, mientras iban buscando asiento en algún lugar cómodo desde donde atender y participar de la tertulia y el chismorreo familiar.

Yo tenía varias series de muñequitos de plástico, entre militares, indios pieles rojas, y animales, que había distribuido entre un gran montículo de arena que quedó de remanente de alguna remodelación en el fondo de la casa. Ciertamente, no había un contexto lógico para juntar soldaditos, indios y animalitos, pero en mi mente, si tenía cabida una realidad discordante más.  

Apenas llegó Chloe, la invité a ver como había escenografiado el montículo de arena, y explicarle como se moverían unos y otros muñequitos en el juego. Desde el inicio noté que ella no tenía interés por mi juego. -Mejor vamos a jugar en el auto- Me dijo. Yo, diligente, acepté su propuesta, y nos dirigimos al viejo Willis.

-Jugaremos al papá y la mamá- La idea no me sorprendió, solo que jamás había jugado ese juego, y no tenía ni la menor idea de que se trataba, pero estaba dispuesto a seguirle la corriente…

Con mucha naturalidad, Chloe levantó su falda, se quitó la braguita, y se tendió boca abajo sobre el asiento trasero, mostrándome sus nalgas y piernas desnudas. Ahora sí estaba en shock, quieto, sin poder articular palabra alguna. Mirar a mi prima desnuda estaba creando un nuevo orden de conceptos, y a mi me estaba costando mucho trabajo procesarlos.

- ¡Bájate el pantalón y súbete sobre mí! …Así hacen los papás con las mamás. – Sus palabras retumbaban en mi cabeza. Estaba muy confundido, pero obedecía. Cuando sentí mi piel rozando la tersura de la de ella, la sensación fue más que perturbadora; ella era tan suave al tacto. Conforme me fui depositando sobre su cuerpo, vi su hermoso rostro ansioso, y su boca de labios carnosos entreabierta me sentí despertando en otra realidad. Acababa de descubrir que mi prima era la niña más linda del mundo. Era una preciosa criatura delgada, y piernilarga; con ojos de cierva color caramelo, y cabellos en bucles color azabache. En pocas palabras… una muñeca encantadora.

Cuando estuve completamente posicionado sobre ella, pude oler su cabello y su oreja derecha, y descubrí que su aroma era delicado, embriagador, delicioso. Creo que, para ese momento, ya estaba perdidamente enamorado de mi prima.

No sé, o no recuerdo si hubo erección, no tenía ninguna experiencia, pero sí estoy seguro que, si la hubo, mi intuición me decía que no estuve a la altura de las circunstancias. Nos meneamos un poco, pero fue breve. Chloe de levantó, se colocó su braguita y bajó del viejo Willis sin mediar palabra.

Luego de aquel día, nuestras charlas se hicieron cortas y esporádicas… y yo sufriendo sin poder descifrar qué había ocurrido, porque había cambiado todo.

A sugerencia de otro primo, empezamos a ir al cine, a las matinales de Capulina. Allí, yo disfrutaba verla sonreír, le hablaba al oído para olerla, y simulando casualidad le rozaba las manos y las piernas con mis dedos; pero nunca tuve el valor de hablarle sobre mi tema sentimental.

Cuando tuve doce años leí en un libro que, si se daban relaciones entre familiares directos, el resultado serían hijos tarados; seguí indagando el tema, y otros libros eran más crueles, afirmaban que los hijos saldrían con rostro de simio; otro libro más fantástico, aseveraba que los bebés nacerían con cola de cerdo. No sé si les creí a esos libros, pero me aferré a lo que decían como motivación para quitarme de la mente la idealización hacia Chloe.

Años después ella se casó, y al año siguiente también me casé yo. Con esos acontecimientos, todo indicaba que el tema del romance entre mi prima Chloe y yo, quedaba definitivamente zanjado.

Contaba yo con treinta y ocho años de edad, cuando para la noche del fin de semana mi esposa organizó una parrillada familiar e invitó a mi familia, entre ellos a mi prima Chloe y a su esposo. Mi prima se presentó con un vestido beige sin mangas, largo hasta los talones; tenía el porte de una Reina y el encanto de un ángel. Después de los saludos, todos empezamos a libar, comer, reír, algunos bailaban El lugar tenía poca iluminación. Yo estaba sentado en una grada de una escalera, y el esposo de Chloe se sentó a mi derecha. Y desde allí nos reíamos de las ocurrencias que se daban en la reunión. Minutos después se nos acercó Chloe y se paró a mi lado izquierdo rozando constantemente su muslo contra mi hombro. Yo deslicé mi mano izquierda hasta tocar sus pies, y empecé a acariciarlos con devoción; mi cuerpo temblaba y sudaba. Al notar que mis avances tenían la aceptación de mi prima, me atreví a escalar por debajo de la falda hacia las canillas y las pantorrillas. El riego adrenalínico que causaban nuestros lances al hacerlo disimuladamente, pero en público, estaba a tope; así llegué a los muslos, a las nalgas, y a las regiones más íntimas…era una delicia sentir como se estremecía el cuerpo de Chloe bajo mis toqueteos.

Vinieron otras primas, le dijeron algo y se la llevaron…

Hace unas semanas cumplí ochenta y tres años; una enfermedad degenerativa me impide mover brazos y piernas con autonomía, por lo que valiéndome de prótesis y otros artificios me refugio en la virtualidad como creador de contenidos desde mi computador.

 Hace unos meses atrás reencontré a Chloe en una red social, y hablamos.

*-Hola mi adorada prima-

-Hola querido primito-

*-Que gusto saber de ti…siempre fuiste mi amor platónico. ¡Siempre estuve perdidamente enamorado de ti! –

- ¿Qué me estás diciendo primito?... Nunca me hablaste de esto-

*-Decírtelo antes hubiera sido dañino para nosotros, y creo que también para otros. Hoy te lo digo sin propuesta alguna. Ahora solo sirve para liberarme de un sentimiento callado toda una vida-

- Primito, estoy llorando por ti y por mi …-

















lunes, 16 de febrero de 2026

CORNUCOPIA




Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



Las pisadas de sus pies desnudos eran casi imperceptibles entre el silencio de la noche. Ambos parecían levitar. Cubiertos por los harapos que arrastraban bajo la luz del plenilunio, ambos portaban un aspecto casi fantasmal. Sus pasos denotaban cansancio, pero, aun así, demostraban premura; era evidente que venían huyendo de algo o de alguien.

Cuando llegaron a la entrada de la caverna que servía de habitáculo al anciano ermitaño, este suspendió su meditación a oscuras, encendió una tea y, luego de reconocer al viejo varón que fungía de guía, invitó a la pareja a pasar a sus aposentos, mas este se rehusó a pasar -No debo detenerme más de lo necesario…solo lo justo para contarte quién es el ser que vengo acompañando. –

-Ella es un ángel nacida del vientre humano de una virgen inmaculada- Y descubriéndole del albornoz que ocultaba su rostro, dijo -¡¡Mírala!! Es sumamente bella; más, notarás que no tiene boca. La diseñaron así para salvaguardarla de la tentación de caer en el pecado de la mentira. Ella debe permanecer libre de todo pecado; solo así podrá regar sus dádivas y poderes por los senderos que recorra en este mundo-

-Debes saber que cualquier humano que ose ver su desnudez sufrirá terribles consecuencias… Su belleza no es humana, y ningún humano es digno de verla-

-Quiero pedirte que te quedes con ella, y cuides de ella. Mi plan es que quienes nos persiguen sigan mi rastro creyendo que aún seguimos juntos. Cuando me den alcance, ya todo habrá quedado muy distante-

*-Pierde cuidado viejo amigo. Yo me haré cargo de ella-

Los días trascurrieron como por defecto transcurren los días en unas cavernas en medio del árido e interminable desierto. Mas, de pronto todo varió. Aquella mañana, el anciano ermitaño al asomarse a la entrada de su gruta, sintió sobre su rostro una suave y agradable brisa húmeda. Extrañado, salió a fisgonear de qué se trataba el fenómeno. Una vez afuera, pudo darse cuenta que por acción de un hecho milagroso, allí, en medio de la aridez del desierto, de pronto había aparecido un manantial echando continuos borbotones de cristalina agua. Este portentoso acontecimiento atraería vida a aquellos inhóspitos parajes.

Haciendo cuenco con sus manos, el anciano recogió un poco de agua, bebió unos sorbos, enjuagó su rostro con sus manos húmedas, y retorno al interior de su gruta.

Hubiera sido inútil hacer preguntas, El ángel no tenía boca con qué dar respuestas. Pero era fácil deducir que ella tenía que ver con la causa del agua brotando allá afuera. Resultaba evidente que se trataba de un milagro, y en aquellos parajes, solo ella podía tener connotaciones milagrosas.

A la mañana siguiente, el manantial había dado forma a un oasis; un enorme charco rodeado de flores, helechos y árboles frutales en crecimiento. La aridez del lugar había virado a bullente en vida. El anciano ermitaño estaba extasiado con los acontecimientos, se sentía henchido de gracia divina.

Pasaron los días, y el estanque se llenó de peces; los árboles frutales florecían y ofrecían sus frutos.

El anciano ermitaño pronto pudo dilucidar el recorrido del misterio. Durante la noche, entre penumbras vio la figura del ángel dirigiéndose a la entrada, su silueta invitaba a deducir que iba completamente desnuda, por lo que el viejo ermitaño se abstuvo de espiar más allá.

<<Así era: Cada noche, el ángel salía completamente desnuda, quizás era el aroma de su delicada piel la que daba inicio al poder milagroso de fertilizar vida. Los frutos, los peces se reproducían a su paso, y las aves empezaron a ser atraídas por el mágico lugar en medio de sus rutas migratorias.>>

Poco a poco, el oasis fue atrayendo viajeros que se detenían a reabastecer provisiones. Lamentablemente fue quizás este reverdecimiento del lugar, el que a su vez delató la presencia del ángel.

Una noche, en que, como de costumbre, al amparo de las tinieblas, el ángel salió desnuda a motivar a la tierra a producir y reproducir vida. A hurtadillas un cuarteto de soldados saltó sobre ella, cubrieron su desnudez con mantas de pies a cabeza, y cual si fuese un fardo se la llevaron a caballo.

Con carácter de urgencia, el séquito llevó su angelical presa a los reales aposentos del tirano usurpador Juan de Abascal “El Necio”, quien llevaba una eternidad esperando atraparla para sí…

-Ven aquí donde pueda verte- Resonó la voz de “Juan El Necio”.

El ángel, lentamente fue abandonando las penumbras, exponiendo su cuerpo desnudo a la luz de las teas, ante la ansiosa mirada de “Juan El Necio”. Fue tal la excitación sexual de este al ver la belleza desnuda del ángel que, por combustión espontanea empezó a calcinársele el bajo vientre. Resultó tan alta la temperatura ígnea alcanzada, que en segundos convirtió en cenizas toda la capacidad toráxica, incluido el soporte óseo del tirano. Así como empezó así de pronto se extinguió el fuego, sin afectar el cuello y cabeza, que se desprendieron y cayeron al piso. Los brazos, también intactos, cayeron sobre el sillón donde estuvo sentado el tirano. Inexplicablemente, el sillón tampoco había sido afectado por el fuego y la altísima temperatura que allí se generó.

Sin inmutarse, el ángel continuó su caminata, alcanzando la entrada de la recamara; allí, a unos pasos, hallábase atado a una valla estable, el corcel de quien fuera “Juan El Necio”.

Con mucha calma, el ángel se aupó al caballo. Mientras en los interiores del lugar, los escoltas del tirano acababan de descubrir el macabro fin de su líder, elucubrando de inmediato, que la causante de su muerte debía ser el ángel. Rápidamente salieron en búsqueda de la sospechosa, y la hallaron de espaldas, montada en el caballo. Haciendo uso de sus arcos, simultáneamente, todos dispararon una andanada de flechas contra la espalda del ángel, hiriéndole mortalmente en los pulmones y corazón. Por reflejo, el caballo, emprendió la carrera llevando a cuestas a su jinete herida mortalmente; mientras, por haber visto la desnudez del ángel, los arqueros cayeron presas de terribles ardores en los ojos, hasta que se les calcinaron los globos oculares.

Como si el caballo supiera la ruta de destino, a trote bajo, condujo el cuerpo inerte del ángel hasta la entrada de la gruta del anciano ermitaño en las riberas del oasis. Cuando el anciano se percató de los hechos, se apresuró a cubrir el cadáver del ángel, evitando mirar su desnudez, y limitándose a llorar desconsoladamente.

Escogió un lugar en la orilla del oasis, y allí sepultó a la angelical criatura.

En el lugar donde fue enterrada el ángel desarrolló un gigantesco y misterioso árbol, cuya base del tronco superaba la medida de un estadio. En muchos aspectos era un árbol extremadamente muy extraño. Sus copas eran tan altas que arañaban las nubes, y en sus diversos niveles de altura daba diferentes frutos. ¡Un mismo árbol, del cual brotaban frutos diferentes! ¡¡Sí!!

Los viajeros que pasaban por el mágico lugar, hallaban agua cristalina, frutos y hortalizas variadas para comer, peces, refugio, cobijo y leña para entibiar las frías noches y cocinar. Más nadie volvió a escuchar nada sobre esta historia ni a saber de ninguno de sus protagonistas.





















miércoles, 30 de julio de 2025

SIN CADENAS





Ilustración y poema de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)


Si tienes que partir, hazlo ya, y cierra la puerta al salir.

No espero la visita de nadie. Eres y serás la única persona que ha profanado el portal de esta mi burbuja.

Ni amigos ni enemigos; no tengo a nadie en este sombrío mundo.

Ningún humano, antes de ti, me ha visto revolcarme en el piso mientras lloro mis miedos y mis angustias.

¿Qué has hecho con mi vida? ¿Por qué me has clavado ese puñal?

Si tenías planeado irte, muerto ya estoy.

No era necesario manchar tus manos con mi sangre…

Hace frío, y la filuda hoja de acero está helada. Quítala de entre mis carnes, por favor.

Si tienes que partir, hazlo ya, y cierra la puerta al salir.

No deseo que veas mi agonía, Date prisa, ambos debemos irnos de aquí.

Si tienes que partir… hazlo ya…









sábado, 7 de junio de 2025

SOPA FRÍA




Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



Llevábamos varias semanas juntos, mas todo indicaba que ninguno sabía absolutamente nada de los otros dos. En todo este tiempo ninguno habíamos sido capaz de articular palabra alguna. Cuando hacíamos contacto visual, solo nos limitábamos a agachar la mirada y llorar. En medio de tamaña destrucción y desolación, nuestro shock parecía imposible de ser superado ¿Por dónde iniciar el comienzo de algo? En todos estos días no habíamos visto a nadie más en pie, aparte de nosotros tres. Entre los escombros apenas si se distinguían algunos cuerpos mutilados que el polvo que traían los ventarrones, rápidamente iba cubriendo, restándoles contraste con el paisaje.

Luego de las repetidas explosiones nucleares, solo vi un gran resplandor enceguecedor seguido de una intensa oleada de calor; cuando abrí los ojos, ya estábamos allí los tres, frente a frente, y sin entender en concreto que había ocurrido.

En el perímetro había paquetes de galletas y botellas de agua desperdigados en el piso; quizás eso nos motivaba a mantenernos en el lugar; aunque en un mundo inerte como el que teníamos delante ¿A dónde podríamos ir…?

Una mañana vimos flotando en el cielo un cuerpo inflado como un globo, con las piernas y brazos extendidos, que los vientos empujaban por sobre nuestro emplazamiento. El contexto en general era delirante, era factible que en medio de tamaño desastre, hubiésemos extraviado la cordura, y estuviéramos alucinando. Unos gallinazos cual si fueran parásitos, se posaron sobre las espaldas, del ente volátil, y estuvieron picoteándolo. Nosotros boquiabiertos nos limitamos a observar la escena; hasta que, quizás por el accionar de los picotazos o por el calor abrazador del mediodía, el cuerpo explotó en el aire y sus restos se precipitaron a tierra muy cerca nuestro.

Sin mediar palabra, los tres corrimos hacia el lugar de la colisión. Lo que hallamos fue un amasijo de carnes putrefactas, pero para nuestro desconcierto, lo que por lógica debería ser un cadáver, aún latía; y aspiraba y expiraba aire por donde podía, provocando un ruido similar al de los ronquidos que emite un adulto al dormir.

Lo primero y lo único que se me ocurrió decir fue - ¡Es un Durmiente! – Mis dos compañeros solo me miraron…y envueltos en nuestro mutismo acostumbrado emprendimos el retorno hacia nuestro punto de estadía…

Los días transcurrieron su curso, hasta que una mañana fui despertado por los gritos de mis compañeros - ¡¡Los Durmientes!! ¡¡Vienen más Durmientes!! – Sobresaltado, me incorporé mirando al cielo en la dirección que ellos señalaban, y efectivamente varios de esos globos humanos con los brazos y piernas extendidas venían flotando sobre las ráfagas de viento. Esta vez las bandadas de aves carroñeras se habían multiplicado y competían por un espacio donde picotear, y así participar del festín.

Nosotros observábamos estupefactos las ocurrencias. Calculo que esta vez el número de Durmientes superaba el centenar de individuos. Al igual que la vez anterior, bien por acción del calor o por los repetidos picotazos de los gallinazos, los Durmientes, que ya sumaban varios cientos, empezaron a explotar en el aire, y venirse al piso en caída libre. Esta vez, ni mis compañeros ni yo tuvimos el impulso de correr a ver a los que, tras explotar en el aire, caían a tierra.

-Pobres Durmientes…- Pronuncié sin esperar recepción ni respuesta; más era mi ánimo de soliloquio. Había empezado a rebuscar en mi interior una explicación a los hechos de los que éramos testigos, y a la vez protagonistas…

De pronto di rienda suelta a una perturbada locuacidad -En medio de este mundo plagado de muerte es probable que los cielos y los infiernos se hayan quedado sin espacio para albergar más almas, y estos pobres infelices estén condenados a vagar como Durmientes en este limbo desquiciado- Cuando miré a mis compañeros, ambos miraban al suelo, y parecían no haberme escuchado…

-Es posible que yo sea un Durmiente putrefacto, y todo este contexto delirante, no se trate más que de otra de mis pesadillas…-








viernes, 28 de marzo de 2025

EXTRAVÍO





Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



Todas las noches es lo mismo; ocurre luego de que me obligan a ingerir ese cóctel de pastillas que me suministran después de concluida mi cena - ¡Yo no quiero dormir! – Temo a lo que me tocará vivir entre mis sueños.

El inicio es siempre similar al de los sueños de las noches anteriores: Yo deambulo muy mal trajeado por entre los pasillos de una enorme y lujosa casona atestada de hombres y mujeres muy elegantes y de porte distinguido. Camino buscando un rumbo; sé que no pertenezco a ese ambiente. Sin darme cuenta me extravío y termino en la oscura y desolada calle. Repentinamente, sopla un fuerte viento, y cuando este empieza a amainar, todos los elementos del paisaje han variado…Hasta aquí, salvo algunos detalles, todo es recurrente y repetitivo en cada uno de mis sueños de cada noche, mas, esto es solo el preludio del nuevo y desconocido horror que seguirá a continuación…

Aquí afuera llueve torrencialmente, el piso de tierra es un lodazal; la zona es rural, cubierta de agreste vegetación. Apenas si mi vista puede distinguir a unos metros, más allá, la negrura de la noche lo devora todo. Estoy empapado y tiritando de frío. Ahora puedo distinguir un claro libre de árboles y maleza. Aquí hay una tenue iluminación que me permite ver un rustico granero con una gran caja en la entrada, y una destartalada cabaña a lo lejos, cerca de un risco –¡Que bueno! quizás alguien allí pueda auxiliarme… -

Iba a apurar mi paso rumbo a la cabaña, cuando de pronto, del granero, emerge un ser por demás intimidante. Tiene una enorme cabeza, con la frente prominente; muchos de sus rasgos son como los de los enanos acondroplásicos, pero este debe sobrepasar los 2mts. De estatura, y sus brazos extremadamente largos le permiten caminar apoyando los nudillos de las manos en el piso, tal como lo hacen los gorilas. Su mirada denota furia y odio. Alza la cabeza y aspira aire por la nariz, quizás ha detectado mi olor.

Apenas si respiro, intento no hacer el menor ruido, quiero pasar desapercibido. El monstruoso ser, procede a abrir, cual si fuera una puerta, la mitad de la caja, y puedo atisbar que dentro hay varios niños presas de pánico. El monstruo, aunque lento y torpe de movimientos, coje a uno de los niños con una mano, y con la otra le retuerce el cuello, haciéndole girar la cabeza como si se tratara de la tapa-rosca de una bebida; en el segundo giro ya separó por completo la cabeza del cuerpo. El monstruo sorbe la sangre que mana del cuello del niño decapitado. Cuando la hemorragia mengua, el monstruo sigue lamiendo. Yo, horrorizado, doy unos pasos hacia atrás y hago crujir una rama suelta - ¡Está mirando hacia aquí! ¡¡El monstruo me ha descubierto!!- Sin dejar de otearme, con su enorme mano derecha coje por los pies a dos de los pequeños y jalándolos a rastras viene hacia mí. Como si se trataran de unas boleadoras, los revolea con claras intenciones de golpearme con ellos.

Calculo que puedo esquivarlo, cruzar el claro a la carrera, y buscar protección en la cabaña al pie del risco. Corro… corro, con toda la energía que la adrenalina genera en mi organismo. El monstruo me sigue, afortunadamente para mi, su desplazamiento es lento.

Cuando llego a la cabaña con intenciones de tocar a la puerta y pedir ayuda, me doy cuenta que la puerta está entreabierta; ingreso sin más miramientos; mi corazón parece amenazarme con explotar, estoy horrorizado con lo que he visto, y me siento embargado por el miedo superlativo. Para mi suerte la puerta cuenta con unos pasadores de cerrojo, y a un lado hallo el tablón; lo coloco sobre los pasadores. Me siento muy asustado, pero intuyo que por ahora estoy a salvo de ese energúmeno.

De pronto siento repetidos golpes violentos contra la puerta, la cual los soporta con firmeza; definitivamente es muy resistente. Guiado por mi curiosidad, atisbo por una rendija y veo que el monstruoso ser golpea la puerta estrellando repetidamente los cuerpos de los niños, impactando con sus cabecitas los recios maderos, hasta reventarles los cráneos. Finalmente desiste de su empeño, y se retira bufando y rumiando su gran ira.

Lamento el sangriento final de los niños, pero por ahora parezco estar a salvo. Respiro profundamente y…¡¡Oh!! Una mano fría y huesuda me toca el hombro. Volteó espantado, y es una anciana desdentada, de cabellos canos y alborotados - Le temes a Wilfredo, ¿Verdad? - …Y perdí el conocimiento.

Cuando recobro la consciencia, estoy tendido en el piso, hay un joven en silla de ruedas a mi derecha -Madre, el forastero ya se va recuperando. Sírvele una taza de café caliente y ofrécele ropa seca, está empapado por la lluvia…-

La anciana de pie, a mi izquierda, responde con macado enfado - ¡No le daré nada a este cobarde que le teme a tu hermano Wilfredo! –…Ella blandía un tirabuzón saca-corchos en su mano derecha -Madre, Wilfredo está muerto; no insistas con ese tema- Replicó el joven desde su silla de ruedas. La anciana enfurecida empezó a levantar la voz, hasta gritar como una desquiciada - ¡¡No es cierto!! ¡Wilfredo vive! ¡¡Wilfredo vive en el granero!! Solo que tú prefieres ignorarlo ¡¡Por eso él se esconde en el granero!! –

Súbitamente la anciana saltó por encima de mí y con fuerza inusitada, clavó el saca-corchos en el ojo derecho del joven discapacitado. Yo me erguí ante tan macabro espectáculo, y corrí hacia la puerta. La anciana insistía en tirar del saca-corchos, que al parecer se había atascado entre los huesos de la cavidad ocular del joven. Abrí la puerta, y empecé a correr, sin rumbo ni destino…

Ya están aquí los médicos y enfermeros sujetándome y tratando de calmarme-

Ya pasó todo…hasta que vuelva la noche…