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lunes, 16 de febrero de 2026

CORNUCOPIA




Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



Las pisadas de sus pies desnudos eran casi imperceptibles entre el silencio de la noche. Ambos parecían levitar. Cubiertos por los harapos que arrastraban bajo la luz del plenilunio, ambos portaban un aspecto casi fantasmal. Sus pasos denotaban cansancio, pero, aun así, demostraban premura; era evidente que venían huyendo de algo o de alguien.

Cuando llegaron a la entrada de la caverna que servía de habitáculo al anciano ermitaño, este suspendió su meditación a oscuras, encendió una tea y, luego de reconocer al viejo varón que fungía de guía, invitó a la pareja a pasar a sus aposentos, mas este se rehusó a pasar -No debo detenerme más de lo necesario…solo lo justo para contarte quién es el ser que vengo acompañando. –

-Ella es un ángel nacida del vientre humano de una virgen inmaculada- Y descubriéndole del albornoz que ocultaba su rostro, dijo -¡¡Mírala!! Es sumamente bella; más, notarás que no tiene boca. La diseñaron así para salvaguardarla de la tentación de caer en el pecado de la mentira. Ella debe permanecer libre de todo pecado; solo así podrá regar sus dádivas y poderes por los senderos que recorra en este mundo-

-Debes saber que cualquier humano que ose ver su desnudez sufrirá terribles consecuencias… Su belleza no es humana, y ningún humano es digno de verla-

-Quiero pedirte que te quedes con ella, y cuides de ella. Mi plan es que quienes nos persiguen sigan mi rastro creyendo que aún seguimos juntos. Cuando me den alcance, ya todo habrá quedado muy distante-

*-Pierde cuidado viejo amigo. Yo me haré cargo de ella-

Los días trascurrieron como por defecto transcurren los días en unas cavernas en medio del árido e interminable desierto. Mas, de pronto todo varió. Aquella mañana, el anciano ermitaño al asomarse a la entrada de su gruta, sintió sobre su rostro una suave y agradable brisa húmeda. Extrañado, salió a fisgonear de qué se trataba el fenómeno. Una vez afuera, pudo darse cuenta que por acción de un hecho milagroso, allí, en medio de la aridez del desierto, de pronto había aparecido un manantial echando continuos borbotones de cristalina agua. Este portentoso acontecimiento atraería vida a aquellos inhóspitos parajes.

Haciendo cuenco con sus manos, el anciano recogió un poco de agua, bebió unos sorbos, enjuagó su rostro con sus manos húmedas, y retorno al interior de su gruta.

Hubiera sido inútil hacer preguntas, El ángel no tenía boca con qué dar respuestas. Pero era fácil deducir que ella tenía que ver con la causa del agua brotando allá afuera. Resultaba evidente que se trataba de un milagro, y en aquellos parajes, solo ella podía tener connotaciones milagrosas.

A la mañana siguiente, el manantial había dado forma a un oasis; un enorme charco rodeado de flores, helechos y árboles frutales en crecimiento. La aridez del lugar había virado a bullente en vida. El anciano ermitaño estaba extasiado con los acontecimientos, se sentía henchido de gracia divina.

Pasaron los días, y el estanque se llenó de peces; los árboles frutales florecían y ofrecían sus frutos.

El anciano ermitaño pronto pudo dilucidar el recorrido del misterio. Durante la noche, entre penumbras vio la figura del ángel dirigiéndose a la entrada, su silueta invitaba a deducir que iba completamente desnuda, por lo que el viejo ermitaño se abstuvo de espiar más allá.

<<Así era: Cada noche, el ángel salía completamente desnuda, quizás era el aroma de su delicada piel la que daba inicio al poder milagroso de fertilizar vida. Los frutos, los peces se reproducían a su paso, y las aves empezaron a ser atraídas por el mágico lugar en medio de sus rutas migratorias.>>

Poco a poco, el oasis fue atrayendo viajeros que se detenían a reabastecer provisiones. Lamentablemente fue quizás este reverdecimiento del lugar, el que a su vez delató la presencia del ángel.

Una noche, en que, como de costumbre, al amparo de las tinieblas, el ángel salió desnuda a motivar a la tierra a producir y reproducir vida. A hurtadillas un cuarteto de soldados saltó sobre ella, cubrieron su desnudez con mantas de pies a cabeza, y cual si fuese un fardo se la llevaron a caballo.

Con carácter de urgencia, el séquito llevó su angelical presa a los reales aposentos del tirano usurpador Juan de Abascal “El Necio”, quien llevaba una eternidad esperando atraparla para sí…

-Ven aquí donde pueda verte- Resonó la voz de “Juan El Necio”.

El ángel, lentamente fue abandonando las penumbras, exponiendo su cuerpo desnudo a la luz de las teas, ante la ansiosa mirada de “Juan El Necio”. Fue tal la excitación sexual de este al ver la belleza desnuda del ángel que, por combustión espontanea empezó a calcinársele el bajo vientre. Resultó tan alta la temperatura ígnea alcanzada, que en segundos convirtió en cenizas toda la capacidad toráxica, incluido el soporte óseo del tirano. Así como empezó así de pronto se extinguió el fuego, sin afectar el cuello y cabeza, que se desprendieron y cayeron al piso. Los brazos, también intactos, cayeron sobre el sillón donde estuvo sentado el tirano. Inexplicablemente, el sillón tampoco había sido afectado por el fuego y la altísima temperatura que allí se generó.

Sin inmutarse, el ángel continuó su caminata, alcanzando la entrada de la recamara; allí, a unos pasos, hallábase atado a una valla estable, el corcel de quien fuera “Juan El Necio”.

Con mucha calma, el ángel se aupó al caballo. Mientras en los interiores del lugar, los escoltas del tirano acababan de descubrir el macabro fin de su líder, elucubrando de inmediato, que la causante de su muerte debía ser el ángel. Rápidamente salieron en búsqueda de la sospechosa, y la hallaron de espaldas, montada en el caballo. Haciendo uso de sus arcos, simultáneamente, todos dispararon una andanada de flechas contra la espalda del ángel, hiriéndole mortalmente en los pulmones y corazón. Por reflejo, el caballo, emprendió la carrera llevando a cuestas a su jinete herida mortalmente; mientras, por haber visto la desnudez del ángel, los arqueros cayeron presas de terribles ardores en los ojos, hasta que se les calcinaron los globos oculares.

Como si el caballo supiera la ruta de destino, a trote bajo, condujo el cuerpo inerte del ángel hasta la entrada de la gruta del anciano ermitaño en las riberas del oasis. Cuando el anciano se percató de los hechos, se apresuró a cubrir el cadáver del ángel, evitando mirar su desnudez, y limitándose a llorar desconsoladamente.

Escogió un lugar en la orilla del oasis, y allí sepultó a la angelical criatura.

En el lugar donde fue enterrada el ángel desarrolló un gigantesco y misterioso árbol, cuya base del tronco superaba la medida de un estadio. En muchos aspectos era un árbol extremadamente muy extraño. Sus copas eran tan altas que arañaban las nubes, y en sus diversos niveles de altura daba diferentes frutos. ¡Un mismo árbol, del cual brotaban frutos diferentes! ¡¡Sí!!

Los viajeros que pasaban por el mágico lugar, hallaban agua cristalina, frutos y hortalizas variadas para comer, peces, refugio, cobijo y leña para entibiar las frías noches y cocinar. Más nadie volvió a escuchar nada sobre esta historia ni a saber de ninguno de sus protagonistas.





















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