(Derechos de autor, protegidos)
En una de esas tantas épocas en que
las condiciones se pusieron duras para mi carrera artística, y tuve que
dedicarme a realizar labores ajenas a las artes plásticas y la literatura. Un
familiar, que tenía una panadería, me propuso que le pintara unas figuras
geométricas en la fachada de su negocio. Con la asistencia de un ayudante nos
pusimos manos a la obra, aprovechando que el horario de atención había
finalizado. Empezamos marcando con cinta auto adhesiva, y para que no se
hiciera aburrida la jornada, encendimos la radio; no hay tedio que no supere
una buena dosis de rock & roll. Cuando fui a sintonizar la emisora
indicada, de pronto, entre la quietud de la mañana, un aleteo desesperado vino
desde la esquina próxima. Un gallito de pelea dio vuelta en la curva, a toda
carrera, y sobre una patita, para no perder el equilibrio, a la vez que
aleteaba como un poseído. Sin disminuir para nada su velocidad, se vino hacia
nosotros y con las mismas se metió a la panadería, por la puerta que estaba
abierta. Lo primero que se me ocurrió fue gritarle a mi asistente -¡¡Cierra la puerta!!- El muchacho, diligente, me
obedeció de inmediato.
Unos instantes, y apareció una señora
por la misma ruta por donde vino el gallito. Intuyendo lo ocurrido y las
posibles consecuencias, subí el máximo del volumen a la radio. La señora movía
los labios y hacía aspavientos; yo sabía que me hablaba a mí, y me preguntaba
por el gallito, pero yo, amparado por el elevado volumen de la radio, me hacía
el desentendido. La señora se cansó de hablarme mientras yo me hacía el sordo,
y se fue… Lo cierto es que me quedé con cierto sentimiento de culpa, sabía que
acababa de cometer un delito, pero, ya estaba hecho.
Al terminar la jornada de trabajo,
guardamos las herramientas, metí al gallito en una caja de cartón, y con él
bajo el brazo, cerré la puerta de la panadería, y me fui rumbo a casa.
En cuanto llegué a casa, mi hijita de
seis años mostró curiosidad por la caja de cartón que llevaba en manos - ¿Qué
me trajiste papito? – Era el momento de pensar rápido - ¡Mira es un hermoso
gallito! - ¿Cómo decirle a mi pequeña que su padre era un miserable ladrón que
acababa de hurtar un gallito? Había que inventar algo contundente sobre la
marcha.
-Hijita de mi corazón. Él parece un
gallo, pero en realidad no es un gallo; él es un pirata que navegaba allá por
las costas de los mares del sur. Su nombre es Jacinto Candelario. Este en sus
correrías se dedicaba a raptar jovencitas para luego venderlas como esclavas a
los Reyes de las tierras de Hur. Lamentablemente para él, entre sus últimas
fechorías cometió el error de llevarse entre sus víctimas, a la hija de un
poderoso hechicero, quien luego de perseguir al pirata por tierra y por mar,
logró rescatar a su amada hija, y a Jacinto Candelario le lanzó una
maldición…Jacinto se convertiría en gallo por cien años. Mientras la maldición
empezaba a hacer sus efectos, Jacinto aterrorizado, salió corriendo
despavorido, sin rumbo. Yo lo encontré en su loca huida; aun no acababa de
convertirse completamente en gallo; su cabeza aun continuaba siendo la de
Jacinto…por eso pudo ir contándome su historia, hasta que su cabeza se
convirtió en cabeza de gallo, y ya no pudo hablar más... –
No sé si mi hijita dio crédito a mi
improvisado relato, o no, pero ya no pregunto más, y se avocó a la tarea de
buscarle un lugar adecuado para que habitara Jacinto Candelario; al fin y al
cabo, era posible que este se quedara a vivir con nosotros por cien años...



No hay comentarios:
Publicar un comentario