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lunes, 31 de agosto de 2026

CUÉNTAME UNA HISTORIA




Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




En una de esas tantas épocas en que las condiciones se pusieron duras para mi carrera artística, y tuve que dedicarme a realizar labores ajenas a las artes plásticas y la literatura. Un familiar, que tenía una panadería, me propuso que le pintara unas figuras geométricas en la fachada de su negocio. Con la asistencia de un ayudante nos pusimos manos a la obra, aprovechando que el horario de atención había finalizado. Empezamos marcando con cinta auto adhesiva, y para que no se hiciera aburrida la jornada, encendimos la radio; no hay tedio que no supere una buena dosis de rock & roll. Cuando fui a sintonizar la emisora indicada, de pronto, entre la quietud de la mañana, un aleteo desesperado vino desde la esquina próxima. Un gallito de pelea dio vuelta en la curva, a toda carrera, y sobre una patita, para no perder el equilibrio, a la vez que aleteaba como un poseído. Sin disminuir para nada su velocidad, se vino hacia nosotros y con las mismas se metió a la panadería, por la puerta que estaba abierta. Lo primero que se me ocurrió fue gritarle a mi asistente -¡¡Cierra la puerta!!- El muchacho, diligente, me obedeció de inmediato.

Unos instantes, y apareció una señora por la misma ruta por donde vino el gallito. Intuyendo lo ocurrido y las posibles consecuencias, subí el máximo del volumen a la radio. La señora movía los labios y hacía aspavientos; yo sabía que me hablaba a mí, y me preguntaba por el gallito, pero yo, amparado por el elevado volumen de la radio, me hacía el desentendido. La señora se cansó de hablarme mientras yo me hacía el sordo, y se fue… Lo cierto es que me quedé con cierto sentimiento de culpa, sabía que acababa de cometer un delito, pero, ya estaba hecho.

Al terminar la jornada de trabajo, guardamos las herramientas, metí al gallito en una caja de cartón, y con él bajo el brazo, cerré la puerta de la panadería, y me fui rumbo a casa.

En cuanto llegué a casa, mi hijita de seis años mostró curiosidad por la caja de cartón que llevaba en manos - ¿Qué me trajiste papito? – Era el momento de pensar rápido - ¡Mira es un hermoso gallito! - ¿Cómo decirle a mi pequeña que su padre era un miserable ladrón que acababa de hurtar un gallito? Había que inventar algo contundente sobre la marcha.

-Hijita de mi corazón. Él parece un gallo, pero en realidad no es un gallo; él es un pirata que navegaba allá por las costas de los mares del sur. Su nombre es Jacinto Candelario. Este en sus correrías se dedicaba a raptar jovencitas para luego venderlas como esclavas a los Reyes de las tierras de Hur. Lamentablemente para él, entre sus últimas fechorías cometió el error de llevarse entre sus víctimas, a la hija de un poderoso hechicero, quien luego de perseguir al pirata por tierra y por mar, logró rescatar a su amada hija, y a Jacinto Candelario le lanzó una maldición…Jacinto se convertiría en gallo por cien años. Mientras la maldición empezaba a hacer sus efectos, Jacinto aterrorizado, salió corriendo despavorido, sin rumbo. Yo lo encontré en su loca huida; aun no acababa de convertirse completamente en gallo; su cabeza aun continuaba siendo la de Jacinto…por eso pudo ir contándome su historia, hasta que su cabeza se convirtió en cabeza de gallo, y ya no pudo hablar más... –

No sé si mi hijita dio crédito a mi improvisado relato, o no, pero ya no pregunto más, y se avocó a la tarea de buscarle un lugar adecuado para que habitara Jacinto Candelario; al fin y al cabo, era posible que este se quedara a vivir con nosotros por cien años...




























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