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sábado, 28 de febrero de 2026

IN MEMORIAM





Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



Alejandrito era un tipo muy especial en la comarca; un hombre joven, físicamente muy regordete… contextura nada común entre la gente de la comuna; tenía un rostro de niño siempre sonriente. No era muy vivaz ni acomedido, es más, era un retrasado mental cuyos sentidos, casi exclusivamente reaccionaban al instinto de comer. Pero por no tener padres ni familiares, despertaba tiernos sentimientos de adopción en la gente de la comunidad. Nunca faltaba quien tuviera un plato de comida para invitarle, aunque el apetito de Alejandrito siempre permanecía insatisfecho.

La vida en la comunidad era repetitiva; una seguidilla de ciclos idénticos, durante los meses del estío, el total de los comuneros se dedicaban casi exclusivamente al pastoreo y al cultivo. Era de extrema prioridad sembrar, cosechar, acopiar y guardar alimentos para sobrevivir a los largos meses invernales.

Este año, las cosechas habían sido muy benévolas y abundantes. Los graneros estaban rebosantes de trigo y maíz. La comunidad tendría alimento suficiente para afrontar el invierno que se avecinaba.

Lamentablemente la vida es así, cuando todo te sonríe, ella no tarda en presentarte un “pero”. En este caso fue el descubrimiento de que los graneros estaban siendo sistemáticamente vulnerados. Los comuneros se reunieron, discutieron, elucubraron y teorizaron sobre quien o quienes eran los ladrones de sus provisiones…La idea que gozaba de más aceptación era que se trataba de una invasión ratas. Con la supuesta identificación de la supuesta plaga, ahora faltaba definir las estrategias para hacerles frente y combatirlas.

Las ratas son roedores muy intuitivos; si alguna muere entre sus correrías, las demás identifican el veneno o el entrampamiento, y ya ninguna cae en el engaño. Además, entre los comuneros, la mayoría no apostaba por el envenenamiento, pues era factible que las ratas, en su andar, extendieran la contaminación del veneno por el total de la cosecha, echando a perder todas las provisiones.

El problema parecía insalvable, hasta que apareció Don Enrique, uno de esos que siempre parecen tener solución a todo, con una propuesta por la cual aseguraba bajo juramento que ya la había puesto en práctica con absoluto éxito en el anterior pueblo donde vivió. Don Enrique se mostró tan convincente, que todos salieron de la asamblea comunal persuadidos de estar ante la solución. La idea era combinar mezclando una parte de yeso cerámico con una parte de queso añejo, seco, y rallado, y colocarlo en platitos en lugares de fácil acceso, para atraer visualmente y también olfativamente con el olor del queso rallado, a las ratas.

Al día siguiente, dos emisarios fueron a la ciudad con la consigna de comprar tres o cuatro talegas de yeso en alguno de los talleres de cerámica o escultura; el queso añejo sería donado por cada hogar de la comunidad.

Cuando retornaron los emisarios, todos muy diligentes en la comunidad, se pusieron a rallar los trozos de queso y a mezclar los elementos, tal como lo establecía la formula. Una vez listo el menjunje, distribuyeron puñados en una veintena de platitos que fueron diseminados por los tres graneros comunales.

A la mañana siguiente los graneros amanecieron atestados de curiosos. Era evidente que los graneros habían sido visitados durante la noche, pues había rastros de granos por el piso, y casi todos los platillos con la formula anti roedores habían sido degustados hasta devorarlos por completo…sospechosamente, no había cadáveres de las ratas.

La explicación del diseñador del artilugio, fue que efectivamente había que esperar unos días para ver los verdaderos resultados, que en eso radicaba la efectividad de la formula. Las ratas que la comían tardaban en morir, y por defecto morían lejos del lugar, así las ratas no sospechaban, y una y otra seguían comiendo la formula.

Nuevamente a llenar los platitos con puñaditos del anti ratas, y todos a dormir con la credulidad renovada en las palabras de Don Enrique. La rutina se hizo repetitiva; curiosos atestando los graneros por las mañanas, platillos vacíos de la ración del desratizante, y todos a llenar nuevamente los platitos con la formula.

A los pocos días, los comuneros ya casi habían perdido el interés en los resultados del proyecto de desratización. Solo unos pocos, más por obligación, asistían a renovar las raciones de puñaditos de la formula desratizante, en los platitos.

La rutina se vería quebrada por un acontecimiento, por demás conmovedor. Dos mujeres vinieron del fondo de la quebrada, a la carrera, gritando y lloriqueando -¡¡Alejandro está muerto!! ¡¡El gordito Alejandro está muerto!!-

El escenario era el patio de la cabaña asignada a Alejandro. Efectivamente, el cuerpo del susodicho yacía tumbado boca arriba, con los brazos abiertos en cruz. Una multitud de curiosos lagrimeando, todos sinceramente dolidos entrecruzaban teorías sobre que podía haber causado el deceso.

-Pero si ayer lo vi tan bien…- -Debió ser el corazón, estaba demasiado subido de peso- -Quizás le pico algún bicho venenoso- -era muy buenito- -¡¡Te vamos a extrañar Alejandrito!!-

La autopsia ayudaría a esclarecer el motivo del fallecimiento del querido Alejandrito. Don Anastasio, quien, al no haber médico en la comuna, como él era el encargado de destazar los animales designados para alimento, pues también tendría que fungir como forense. Tirado el cadáver de Alejandrito sobre una improvisada mesa, fue abierto por el abdomen, delante de todos los curiosos. Un poco era el interés por qué le había ocurrido a Alejandrito, y bastante también era el morbo por ver cómo era por dentro.

Apenas Don Anastasio cortó y abrió el voluminoso abdomen de Alejandrito, el estupor se apoderó de todos los presentes. El recto, los intestinos, y gran parte del estómago estaban rellenos de yeso fraguado y unos pocos granos de maíz, trigo y mucosidades. Esto había provocado un estreñimiento total, múltiples infecciones, y deshidratación severa. El cuadro clínico que se esperaba ver en las ratas, lo estaban viendo en el cadáver de Alejandrito

<<El queso seco rallado combinado con el yeso cerámico, atraería a las ratas, estas al comer el menjunje, y al mezclarse con su saliva, sus jugos gástricos, y su humedad corporal, el yeso cerámico entraría en proceso de fraguado o endurecimiento, obstruyendo varios sistemas, la excreción de heces y residuos, haciendo colapsar al organismo>>.

Nunca hubo ratas asaltando los graneros. Los granos sustraídos furtivamente fueron inocente obra de la gula de Alejandrito, él comió el contenido de los platitos con la formula desratizante, y sufrió el fin destinado a la supuesta plaga de ratas.

Nadie acusó directamente a Don Enrique del fallecimiento de Alejandrito, pero muchos guardaban ese dedo acusador en su interior; el mismo Don Enrique jamás pudo superar ese sentimiento de culpa…



























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