Alejandrito era un tipo muy especial en la comarca; un hombre joven,
físicamente muy regordete… contextura nada común entre la gente de la comuna;
tenía un rostro de niño siempre sonriente. No era muy vivaz ni acomedido, es
más, era un retrasado mental cuyos sentidos, casi exclusivamente reaccionaban
al instinto de comer. Pero por no tener padres ni familiares, despertaba
tiernos sentimientos de adopción en la gente de la comunidad. Nunca faltaba
quien tuviera un plato de comida para invitarle, aunque el apetito de
Alejandrito siempre permanecía insatisfecho.
La vida en la comunidad era repetitiva; una seguidilla de ciclos
idénticos, durante los meses del estío, el total de los comuneros se dedicaban
casi exclusivamente al pastoreo y al cultivo. Era de extrema prioridad sembrar,
cosechar, acopiar y guardar alimentos para sobrevivir a los largos meses
invernales.
Este año, las cosechas habían sido muy benévolas y abundantes. Los
graneros estaban rebosantes de trigo y maíz. La comunidad tendría alimento
suficiente para afrontar el invierno que se avecinaba.
Lamentablemente la vida es así, cuando todo te sonríe, ella no tarda en
presentarte un “pero”. En este caso fue el descubrimiento de que los graneros
estaban siendo sistemáticamente vulnerados. Los comuneros se reunieron,
discutieron, elucubraron y teorizaron sobre quien o quienes eran los ladrones
de sus provisiones…La idea que gozaba de más aceptación era que se trataba de
una invasión ratas. Con la supuesta identificación de la supuesta plaga, ahora
faltaba definir las estrategias para hacerles frente y combatirlas.
Las ratas son roedores muy intuitivos; si alguna muere entre sus
correrías, las demás identifican el veneno o el entrampamiento, y ya ninguna
cae en el engaño. Además, entre los comuneros, la mayoría no apostaba por el
envenenamiento, pues era factible que las ratas, en su andar, extendieran la
contaminación del veneno por el total de la cosecha, echando a perder todas las
provisiones.
El problema parecía insalvable, hasta que apareció Don Enrique, uno de
esos que siempre parecen tener solución a todo, con una propuesta por la cual
aseguraba bajo juramento que ya la había puesto en práctica con absoluto éxito
en el anterior pueblo donde vivió. Don Enrique se mostró tan convincente, que
todos salieron de la asamblea comunal persuadidos de estar ante la solución. La
idea era combinar mezclando una parte de yeso cerámico con una parte de queso
añejo, seco, y rallado, y colocarlo en platitos en lugares de fácil acceso,
para atraer visualmente y también olfativamente con el olor del queso rallado,
a las ratas.
Al día siguiente, dos emisarios fueron a la ciudad con la consigna de
comprar tres o cuatro talegas de yeso en alguno de los talleres de cerámica o
escultura; el queso añejo sería donado por cada hogar de la comunidad.
Cuando retornaron los emisarios, todos muy diligentes en la comunidad,
se pusieron a rallar los trozos de queso y a mezclar los elementos, tal como lo
establecía la formula. Una vez listo el menjunje, distribuyeron puñados en una
veintena de platitos que fueron diseminados por los tres graneros comunales.
A la mañana siguiente los graneros amanecieron atestados de curiosos.
Era evidente que los graneros habían sido visitados durante la noche, pues
había rastros de granos por el piso, y casi todos los platillos con la formula
anti roedores habían sido degustados hasta devorarlos por
completo…sospechosamente, no había cadáveres de las ratas.
La explicación del diseñador del artilugio, fue que efectivamente había
que esperar unos días para ver los verdaderos resultados, que en eso radicaba
la efectividad de la formula. Las ratas que la comían tardaban en morir, y por
defecto morían lejos del lugar, así las ratas no sospechaban, y una y otra
seguían comiendo la formula.
Nuevamente a llenar los platitos con puñaditos del anti ratas, y todos a
dormir con la credulidad renovada en las palabras de Don Enrique. La rutina se
hizo repetitiva; curiosos atestando los graneros por las mañanas, platillos
vacíos de la ración del desratizante, y todos a llenar nuevamente los platitos
con la formula.
A los pocos días, los comuneros ya casi habían perdido el interés en los
resultados del proyecto de desratización. Solo unos pocos, más por obligación,
asistían a renovar las raciones de puñaditos de la formula desratizante, en los
platitos.
La rutina se vería quebrada por un acontecimiento, por demás conmovedor.
Dos mujeres vinieron del fondo de la quebrada, a la carrera, gritando y
lloriqueando -¡¡Alejandro está muerto!! ¡¡El gordito Alejandro está muerto!!-
El escenario era el patio de la cabaña asignada a Alejandro.
Efectivamente, el cuerpo del susodicho yacía tumbado boca arriba, con los
brazos abiertos en cruz. Una multitud de curiosos lagrimeando, todos
sinceramente dolidos entrecruzaban teorías sobre que podía haber causado el
deceso.
-Pero si ayer lo vi tan bien…- -Debió ser el corazón, estaba demasiado
subido de peso- -Quizás le pico algún bicho venenoso- -era muy buenito- -¡¡Te
vamos a extrañar Alejandrito!!-
La autopsia ayudaría a esclarecer el motivo del fallecimiento del
querido Alejandrito. Don Anastasio, quien, al no haber médico en la comuna,
como él era el encargado de destazar los animales designados para alimento,
pues también tendría que fungir como forense. Tirado el cadáver de Alejandrito
sobre una improvisada mesa, fue abierto por el abdomen, delante de todos los
curiosos. Un poco era el interés por qué le había ocurrido a Alejandrito, y
bastante también era el morbo por ver cómo era por dentro.
Apenas Don Anastasio cortó y abrió el voluminoso abdomen de Alejandrito,
el estupor se apoderó de todos los presentes. El recto, los intestinos, y gran
parte del estómago estaban rellenos de yeso fraguado y unos pocos granos de
maíz, trigo y mucosidades. Esto había provocado un estreñimiento total,
múltiples infecciones, y deshidratación severa. El cuadro clínico que se
esperaba ver en las ratas, lo estaban viendo en el cadáver de Alejandrito
<<El queso seco rallado combinado con el yeso cerámico, atraería a
las ratas, estas al comer el menjunje, y al mezclarse con su saliva, sus jugos
gástricos, y su humedad corporal, el yeso cerámico entraría en proceso de
fraguado o endurecimiento, obstruyendo varios sistemas, la excreción de heces y
residuos, haciendo colapsar al organismo>>.
Nunca hubo ratas asaltando los graneros. Los granos sustraídos
furtivamente fueron inocente obra de la gula de Alejandrito, él comió el
contenido de los platitos con la formula desratizante, y sufrió el fin
destinado a la supuesta plaga de ratas.
Nadie acusó directamente a Don Enrique del fallecimiento de Alejandrito,
pero muchos guardaban ese dedo acusador en su interior; el mismo Don Enrique
jamás pudo superar ese sentimiento de culpa…


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