(Derechos de autor, protegidos)
Llevaba varias horas vagando entre la
chatarrería buscando piezas para
restaurar una motocicleta. Ya casi estaba desanimado, cuando para asombro mío,
en el interior de un destartalado Volkswagen escarabajo, hallé un nido de
gallinazos de cabeza roja. La madre estaba allí empollando sus huevos. Me
pareció un ave hermosa; me aseguré de que no fuera agresiva, y me puse lo más
cómodo posible para dedicarme a observarla. Ella no se inquietó para nada con
mi presencia; es más, al rato hasta me permitió que le acariciara su desplumada
cabecita.
De regreso a casa, sin las piezas
necesarias para la restauración de la motocicleta, lo primero que hice fue
recabar toda la información posible sobre los gallinazos de cabeza roja. Así,
leyendo y consultando sobre la vida de los gallinazos de cabeza roja, repentinamente
estaba fascinado con la vida de aquella ave. A la mañana siguiente volví a la
chatarrería, pero no para buscar repuestos para la motocicleta, sino para
continuar con mi observación de los gallinazos y de su hábitat.
Esta vez, apenas me vio llegar, la
madre gallinazo, como si fuera su intención mostrarme sus huevos, se puso de
pie al costado del nido. La nidada, como máximo, por naturaleza, debían ser dos
huevos amarillentos con algunas manchas oscuras. Sin embargo, esta vez fueron
tres; y para redondear lo insólito, el tercer huevo tenía una extraña
coloración celeste, y era más grande que el tamaño normal; realmente daba la
impresión de tratarse de una joya, en contraste con su nido en medio del
basural. Luego de dos meses de abnegada incubación por parte de su madre y su
padre por turnos, los tres huevos eclosionaron, el celeste, y más grande, fue
el último. Los tres, como todos los polluelos de gallinazo, tenían plumones
color marrón, mas, el último se diferenciaba de sus hermanos por ser más grande
y mostrar cierta altives en cada uno de sus actos, además, no tenía los ojos en
los laterales como los demás de su especie; sus ojos estaban ubicados en el
frontis de su rostro, es decir, estaba dotado de vista estereoscópica, como los
depredadores, los simios, y los humanos ¡Sí! Su mirada tenía la profundidad del
mirar humano. Durante todo ese tiempo yo asistí sin faltar ni un día. Ahora
estaba extasiado de ver todas estas características especiales, anatómicas y de
comportamiento del polluelo tan especial. En mi mente de artista surrealista, se
generaban elucubraciones sobre su origen, que llevaron mi imaginación hacia
hechos ocurridos en el pasado de nuestra historia republicana.
<<El bisabuelo de este peculiar
pajarraco debió ser testigo presencial de aquella sangrienta batalla del
cincuenta y siete, donde ambos bandos, los Partisanos y los Partidistas iban a
enfrentarse a balazos por conflictos políticos, pero tuvieron que abstenerse de
disparar los Winchester, y lidiarse a puño limpio, a pedradas, con palos, y con
bayonetas y arma blanca, pues debido al mal tiempo nunca llegaron las
municiones. Luego de casi cuatro horas de continuas escaramuzas bajo la lluvia
torrencial, los pocos sobrevivientes de ambos bandos debieron retirarse llevando
a sus respectivos heridos y dejando el campo de batalla plagado de cadáveres que,
por falta de personal, nadie se tomó la molestia de enterrar.
Durante varias semanas, el bisabuelo
del avechucho protagonista de nuestra narración, junto con otros congéneres, debieron
revolotear el escenario de la masacre, y luego bajarían a darse su festín de
carroña con los restos de los combatientes abatidos. Quizás en esas opíparas
ingestas de cadáveres absorbió proteínas con genes de ADN humano que se
adhirieron a su propio ADN como genes recesivos, pasando a su prole sin
manifestarse, hasta llegar a su biznieto del huevo celeste, en quien se
hicieron evidente algunos rasgos humanizados.>>
Al cabo de unas semanas, nuestro
personaje ya mostraba un hermoso plumaje negro tornasolado, con destellos
verdes y azules. Fue el primero en abandonar el nido… Puedo imaginarme como fue
esa crucial despedida:
<<Nuestro joven y hermoso amigo
alado extendiendo sus enormes alas y rodeando como en un abrazo a su familia
mientras cariñosamente restregaba su cabeza contra las cabezas de sus
progenitores y hermanos, luego debió irse entusiasmado, a buscar otros vientos,
otras realidades, otro futuro.>>
Por razones de trabajo deje de
asistir a la chatarrería por mucho tiempo, y cuando decidí volver, ya no había
rastros de lo que fuera el habitáculo de la familia de gallinazos. Pasaron unos
meses, y olvidé por completo el asunto.
Un día decidí visitar a mi amigo el
loco Gillo en su casona ubicada en la zona más exclusiva de la capital, aunque
en contraste, él pasaba penurias económicas; esa enorme y otrora lujosa casa
era herencia de sus ancestros adinerados. “El loquito”, como solía llamarlo,
andaba muy mal mental y emocionalmente debido al consumo excesivo de diversas
drogas y estupefacientes, aun así, era una persona noble y compartíamos nuestra
pasión por las motocicletas y el rock duro. Cuando llegué a la casa, Gillo me
invito amablemente a pasar a lo que sería su sala ¡¿Y a quién encontré allí?! …¡¡Al
gallinazo especial que conocí desde su nacimiento en la chatarrería!! Gillo lo
miró con mucho respeto, y me lo presento – Amigo mío, él es el Señor Horacio.
Es un halcón que vino volando a visitarme, y me hizo el honor de quedarse a
vivir conmigo-… ¡¿Halcón?!...¡¡Pero si este es un gallinazo!!... Mas no tuve el
valor de refutarle. El ahora señor Horacio nos miraba desde su silla con la
solemnidad y el porte de un excéntrico catedrático en filosofía. Su mirada era
atenta y daba la impresión de derrochar inteligencia y hasta ironía; sus
ademanes y movimientos se habían sofisticado. En un momento se retiró a mirar
desde la terraza al malecón; su andar era lento, con la seguridad de quien se
sabe un elemento importante de la escena y del paisaje. Gillo y yo lo mirábamos
extasiados, sin pronunciar palabra alguna.
La amistad entre Gillo y Horacio fue
in crescendo, hasta convertirse en una simbiosis. Era común ver a ambos juntos
por el parque o por el malecón causando la admiración de vecinos y turistas.
Los paseos de Gillo y Horacio se convirtieron en todo un acontecimiento para
los viandantes del malecón, y hasta de los coches saludaban al gallinazo que
iba convirtiéndose en una celebridad mediática - ¡Hola Señor Horacio! –
Horacio, casi sin inmutarse, movía su cabecita como asintiendo los saludos,
pero su mirada y su invariable postura seguían siendo la de un refinado
intelectual académico que estaba allí para observar y escudriñar el
comportamiento de los humanos. Se me ocurre que Horacio hasta podía ser un
alienígena encarnado en un gallinazo de cabeza roja, para no despertar
sospechas de que nos observaba y espiaba quien sabe con qué fines. Las
conjeturas que yo iba sacando sobre el extraordinario Horacio, al parecer sí
tenían asidero, pues fui testigo de sus conocimientos y reacciones sobre la
empatía, el amor, y el desamor de los humanos…
Una tarde Gillo me llamó de urgencia,
estaba teniendo una crisis emocional y me necesitaba como soporte. Subí a la
motocicleta, y en unos minutos estaba en casa de mi amigo. Me recibió, saludé a
ambos, tomamos asiento en la sala, y Gillo, sin mediar palabras se echó a
llorar. Yo no sabia qué hacer…o decir. Horacio se puso de pie, caminó hacia
donde estaba Gillo, saltó hacia sus rodillas, con su cabecita roja desplumada
le restregó las lágrimas de sus mejillas, le miró fijamente, le cubrió el pecho
con una de sus alas, y depositó su cabecita sobre el regazo del camarada
afligido…
Así continuaron los paseos de Gillo y
el Señor Horacio, entre saludos, fotos con turistas, y miradas de curiosos
apostados alrededor; pero a horacio parecía no interesarle para nada la fama. Estoy
casi seguro que el malecón era su laboratorio; el viento del Pacífico su
biblioteca; y su materia de estudio, las personas que se detenían a mirarlo
creyendo que observaban un ave, cuando en realidad era él quien los contemplaba
y analizaba.
Cuando falleció Gillo, entre todos
los familiares y asistentes al velorio apareció Horacio, caminando con marcada actitud
de aristócrata, con un refinamiento casi elegante. Para asombro de todos,
Horacio, de un brinco saltó sobre el ataúd, por la mirilla de vidrio contemplo
a su amigo fallecido, dio dos picotazos sobre la mirilla, brincó hacia el piso
y sin perder su compostura se fue. Muchos de los presentes aseguran que Horacio
tenía lagrimas en los ojos al salir.
Por los años transcurridos, Horacio
también ya debe ser difunto, sin embargo, aun hay personas en el malecón que,
de puros despistados, al ver un gallinazo de cabeza roja lo saludan - ¡Hola
Señor Horacio! -



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