Entrada destacada

sábado, 1 de agosto de 2026

DONDE QUEDÓ TU GRÁCIL VUELO





Iustración y cuento de Oswaldo Mejía

(Derechos de autor, protegidos)




Llevaba varias horas vagando entre la chatarrería buscando piezas para restaurar una motocicleta. Ya casi estaba desanimado, cuando para asombro mío, en el interior de un destartalado Volkswagen escarabajo, hallé un nido de gallinazos de cabeza roja. La madre estaba allí empollando sus huevos. Me pareció un ave hermosa; me aseguré de que no fuera agresiva, y me puse lo más cómodo posible para dedicarme a observarla. Ella no se inquietó para nada con mi presencia; es más, al rato hasta me permitió que le acariciara su desplumada cabecita.

De regreso a casa, sin las piezas necesarias para la restauración de la motocicleta, lo primero que hice fue recabar toda la información posible sobre los gallinazos de cabeza roja. Así, leyendo y consultando sobre la vida de los gallinazos de cabeza roja, repentinamente estaba fascinado con la vida de aquella ave. A la mañana siguiente volví a la chatarrería, pero no para buscar repuestos para la motocicleta, sino para continuar con mi observación de los gallinazos y de su hábitat.

Esta vez, apenas me vio llegar, la madre gallinazo, como si fuera su intención mostrarme sus huevos, se puso de pie al costado del nido. La nidada, como máximo, por naturaleza, debían ser dos huevos amarillentos con algunas manchas oscuras. Sin embargo, esta vez fueron tres; y para redondear lo insólito, el tercer huevo tenía una extraña coloración celeste, y era más grande que el tamaño normal; realmente daba la impresión de tratarse de una joya, en contraste con su nido en medio del basural. Luego de dos meses de abnegada incubación por parte de su madre y su padre por turnos, los tres huevos eclosionaron, el celeste, y más grande, fue el último. Los tres, como todos los polluelos de gallinazo, tenían plumones color marrón, mas, el último se diferenciaba de sus hermanos por ser más grande y mostrar cierta altives en cada uno de sus actos, además, no tenía los ojos en los laterales como los demás de su especie; sus ojos estaban ubicados en el frontis de su rostro, es decir, estaba dotado de vista estereoscópica, como los depredadores, los simios, y los humanos ¡Sí! Su mirada tenía la profundidad del mirar humano. Durante todo ese tiempo yo asistí sin faltar ni un día. Ahora estaba extasiado de ver todas estas características especiales, anatómicas y de comportamiento del polluelo tan especial. En mi mente de artista surrealista, se generaban elucubraciones sobre su origen, que llevaron mi imaginación hacia hechos ocurridos en el pasado de nuestra historia republicana.

<<El bisabuelo de este peculiar pajarraco debió ser testigo presencial de aquella sangrienta batalla del cincuenta y siete, donde ambos bandos, los Partisanos y los Partidistas iban a enfrentarse a balazos por conflictos políticos, pero tuvieron que abstenerse de disparar los Winchester, y lidiarse a puño limpio, a pedradas, con palos, y con bayonetas y arma blanca, pues debido al mal tiempo nunca llegaron las municiones. Luego de casi cuatro horas de continuas escaramuzas bajo la lluvia torrencial, los pocos sobrevivientes de ambos bandos debieron retirarse llevando a sus respectivos heridos y dejando el campo de batalla plagado de cadáveres que, por falta de personal, nadie se tomó la molestia de enterrar.

Durante varias semanas, el bisabuelo del avechucho protagonista de nuestra narración, junto con otros congéneres, debieron revolotear el escenario de la masacre, y luego bajarían a darse su festín de carroña con los restos de los combatientes abatidos. Quizás en esas opíparas ingestas de cadáveres absorbió proteínas con genes de ADN humano que se adhirieron a su propio ADN como genes recesivos, pasando a su prole sin manifestarse, hasta llegar a su biznieto del huevo celeste, en quien se hicieron evidente algunos rasgos humanizados.>>

Al cabo de unas semanas, nuestro personaje ya mostraba un hermoso plumaje negro tornasolado, con destellos verdes y azules. Fue el primero en abandonar el nido… Puedo imaginarme como fue esa crucial despedida:

<<Nuestro joven y hermoso amigo alado extendiendo sus enormes alas y rodeando como en un abrazo a su familia mientras cariñosamente restregaba su cabeza contra las cabezas de sus progenitores y hermanos, luego debió irse entusiasmado, a buscar otros vientos, otras realidades, otro futuro.>>

Por razones de trabajo deje de asistir a la chatarrería por mucho tiempo, y cuando decidí volver, ya no había rastros de lo que fuera el habitáculo de la familia de gallinazos. Pasaron unos meses, y olvidé por completo el asunto.

Un día decidí visitar a mi amigo el loco Gillo en su casona ubicada en la zona más exclusiva de la capital, aunque en contraste, él pasaba penurias económicas; esa enorme y otrora lujosa casa era herencia de sus ancestros adinerados. “El loquito”, como solía llamarlo, andaba muy mal mental y emocionalmente debido al consumo excesivo de diversas drogas y estupefacientes, aun así, era una persona noble y compartíamos nuestra pasión por las motocicletas y el rock duro. Cuando llegué a la casa, Gillo me invito amablemente a pasar a lo que sería su sala ¡¿Y a quién encontré allí?! …¡¡Al gallinazo especial que conocí desde su nacimiento en la chatarrería!! Gillo lo miró con mucho respeto, y me lo presento – Amigo mío, él es el Señor Horacio. Es un halcón que vino volando a visitarme, y me hizo el honor de quedarse a vivir conmigo-… ¡¿Halcón?!...¡¡Pero si este es un gallinazo!!... Mas no tuve el valor de refutarle. El ahora señor Horacio nos miraba desde su silla con la solemnidad y el porte de un excéntrico catedrático en filosofía. Su mirada era atenta y daba la impresión de derrochar inteligencia y hasta ironía; sus ademanes y movimientos se habían sofisticado. En un momento se retiró a mirar desde la terraza al malecón; su andar era lento, con la seguridad de quien se sabe un elemento importante de la escena y del paisaje. Gillo y yo lo mirábamos extasiados, sin pronunciar palabra alguna.

La amistad entre Gillo y Horacio fue in crescendo, hasta convertirse en una simbiosis. Era común ver a ambos juntos por el parque o por el malecón causando la admiración de vecinos y turistas. Los paseos de Gillo y Horacio se convirtieron en todo un acontecimiento para los viandantes del malecón, y hasta de los coches saludaban al gallinazo que iba convirtiéndose en una celebridad mediática - ¡Hola Señor Horacio! – Horacio, casi sin inmutarse, movía su cabecita como asintiendo los saludos, pero su mirada y su invariable postura seguían siendo la de un refinado intelectual académico que estaba allí para observar y escudriñar el comportamiento de los humanos. Se me ocurre que Horacio hasta podía ser un alienígena encarnado en un gallinazo de cabeza roja, para no despertar sospechas de que nos observaba y espiaba quien sabe con qué fines. Las conjeturas que yo iba sacando sobre el extraordinario Horacio, al parecer sí tenían asidero, pues fui testigo de sus conocimientos y reacciones sobre la empatía, el amor, y el desamor de los humanos…

Una tarde Gillo me llamó de urgencia, estaba teniendo una crisis emocional y me necesitaba como soporte. Subí a la motocicleta, y en unos minutos estaba en casa de mi amigo. Me recibió, saludé a ambos, tomamos asiento en la sala, y Gillo, sin mediar palabras se echó a llorar. Yo no sabia qué hacer…o decir. Horacio se puso de pie, caminó hacia donde estaba Gillo, saltó hacia sus rodillas, con su cabecita roja desplumada le restregó las lágrimas de sus mejillas, le miró fijamente, le cubrió el pecho con una de sus alas, y depositó su cabecita sobre el regazo del camarada afligido…

Así continuaron los paseos de Gillo y el Señor Horacio, entre saludos, fotos con turistas, y miradas de curiosos apostados alrededor; pero a horacio parecía no interesarle para nada la fama. Estoy casi seguro que el malecón era su laboratorio; el viento del Pacífico su biblioteca; y su materia de estudio, las personas que se detenían a mirarlo creyendo que observaban un ave, cuando en realidad era él quien los contemplaba y analizaba.

Cuando falleció Gillo, entre todos los familiares y asistentes al velorio apareció Horacio, caminando con marcada actitud de aristócrata, con un refinamiento casi elegante. Para asombro de todos, Horacio, de un brinco saltó sobre el ataúd, por la mirilla de vidrio contemplo a su amigo fallecido, dio dos picotazos sobre la mirilla, brincó hacia el piso y sin perder su compostura se fue. Muchos de los presentes aseguran que Horacio tenía lagrimas en los ojos al salir.

Por los años transcurridos, Horacio también ya debe ser difunto, sin embargo, aun hay personas en el malecón que, de puros despistados, al ver un gallinazo de cabeza roja lo saludan - ¡Hola Señor Horacio! -





















No hay comentarios:

Publicar un comentario