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La Madre tierra prodigaba todo lo
necesario para subsistir, y más… Vivir en esa realidad era realmente una
dadiva. Había de todo en cantidad suficiente, y al alcance de la mano. Era lo
más cercano a la idealización de un paraíso. Ni siquiera morir era un acto
dramático. No existían las enfermedades; quienes cumplían su ciclo de vida, se
acostaban por sus propios medios, y dormían soñando sueños hermosos donde la
vida, como despedida, les daba la razón en todos sus actos vividos. Los deudos
y familiares del difunto solían destaparle el cráneo, extraer los sesos y
devorarlos de manera compartida; la creencia era que así se transmitían las
habilidades y conocimiento del fallecido. Con ese ritual, además, se presumía
que el difunto no se iba, que sus ideas y pensamientos estarían siempre
presentes en el clan.
Todo parecía estar calculado para
brindar dicha y abundancia; a un lado estaba el río de mediano caudal, cargado
de peces, y el resto del perímetro rodeado de escarpadas montañas protegiendo a
la comunidad de los vientos y las heladas. Nadie nunca tuvo el aliciente ni la
necesidad de salir del lugar. Era un mundo dentro del mundo, sin interrelación,
felizmente aislado e ignorado.
Sorpresivamente, una mañana llegaron
unos forasteros errantes que atravesaron el río con sus miserias a cuestas. Era
evidente que además de su pobreza, traían un profundo temor. Los miembros de la
aldea los recibieron con beneplácito, pues hasta ese momento, jamás habían
interactuado con nadie venido del otro lado del río, y estos despertaban
curiosidad e inspiraban empatía. Les dieron de comer y les proporcionaron
cobijo. De primera impresión a todos les pareció una buena idea tener nuevos
miembros en la aldea; al fin y al cabo, había
subsistencias para todos, y más. Inicialmente no hubo necesidad de imponer
costumbres ni cultura, los recién llegados se adecuaron a la forma de vida de
los lugareños, sin asperezas.
A las pocas semanas, otro grupo de
errantes aparecieron vadeando el río; igualmente fue general la disposición de
aceptarlos y darles cobijo, aunque esta vez era aún más notorio el miedo que
cada uno de ellos traía consigo. Entre ellos vinieron brujos, shamanes,
adivinos, y todo tipo de manipuladores de la mente y las emociones. Aunque lo
peor llegó con la cuarta oleada de inmigrantes: la religión; con sus falsos
profetas y sacerdotes predicadores de doctrinas que amenazaban con terribles
castigos a aquellos que desobedecieran sus pregones. Estos personajes motivaban
en la muchedumbre un temor desmedido a la muerte y condenas infernales por toda
la eternidad si no fueron obedientes, sumisos, y devotos en vida. Con estos
argumentos mantenían a todo el gentío en permanente sentimiento de culpa, remordimiento,
y temor por los supuestos castigos divinos que les acaecerían.
Ahora el lugar iba rebasado de una
población multirracial y multicultural, donde la gente nativa iba quedando como
la minoría. Las creencias y supercherías importadas por los nuevos pobladores
fueron calando fácilmente en las mentes de los oriundos pobladores, otrora
libres de lastres emotivos y espirituales. De a pocos, la alegría fue siendo
reemplazada por la ansiedad, temores irracionales, fobias, y angustias
obsesivas. Aquella comuna rebosante de plenitud, ahora era una sociedad enferma
y apática. La muerte empezó a presentarse como un verdadero drama finalizador,
y los hijos de los aborígenes cambiaron el antiguo ritual de devorar los sesos
de los difuntos para asimilar las habilidades y conocimiento del fallecido por el
llanto y los rezos. Ya no había forma de acudir a la sabiduría de los
ancestros.
En un escaso lapso de tiempo, cuatro
generaciones habían estado expuestas a estas predicas invasivas y
contaminantes. Gente obsesionada orando, implorando, auto flagelándose física y
mentalmente; y viviendo su muerte mucho antes de morir.
Las personas enfermas de espíritu,
enferman el lugar que habitan y el suelo que pisan. La tierra dejó de ser
fructífera; cada vez había menos frutos para consumo humano, y menos pasto para
el ganado. Todo había degenerado; no solo eran las supercherías de los brujos,
astrólogos, adivinos, shamanes; las sectas, y religiones… ¡Sí! Pluralizo, pues
no era una sola secta ni una sola religión; estas habían proliferado en número
y también en cantidad de dioses y credos. Cada secta y cada religión aseguraba
que su culto estaba dirigido a un dios único y verdadero; lo cual desembocaba en
una rivalidad, que terminaba en enfrentamientos de devotos radicales, los
cuales peleaban por la supremacía y exclusividad de su dios.
Era frecuente, de pronto hallarse en
medio de una multitudinaria gresca de gente armada con palos y piedras, y
dándose a matar. La otrora armonía reinante en el lugar, por culpa de las
sectas y las religiones, se había convertido en el escenario de cruentas
batallas campales con muertos y heridos.
Para cuando las matanzas se hicieron
un accionar de cada día, los grupos neutrales y los no radicales fueron
abandonando el que alguna vez fuera un lugar paradisiaco y acogedor.
Los grupos de fugitivos que salían
huyendo en todas direcciones, en su camino se encontraban cara a cara con gentíos
que venían en sentido contrario; paradójicamente, estas muchedumbres también
huían de situaciones similares, pero en versión macro. A sus espaldas estaban
dejando sangrientas guerras santas, en las que se masacraban todos contra
todos, cada uno luchando por la convicción de que su dios era el verdadero por
encima de los demás.
Todos y cada uno de los bandos
juraban que su dios era el único, el verdadero, y que era todo amor.



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