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Aquella tarde ocurrió una seguidilla
de acontecimientos que pasaban por ser presagios de malos augurios. El
atardecer tiñó el cielo de rojo carmesí, cual si el ocaso estuviera
desangrándose; luego las aguas se retiraron varios metros mar adentro, como si
este tuviera temor de algo terrible que estaba por suceder. La noche cayó entre
un zumbido perturbador que no se sabía de donde provenía, pero estaba presente
en todo el ambiente. Gente de todos los lugares aledaños se fueron apostando
cautelosamente en las riberas, llenos de curiosidad y temor. Fue entonces que de
entre las arenas húmedas empezaron a emerger unos seres difíciles de distinguir
en medio de la oscuridad; lo que sí resultaba notorio era el número,
rápidamente se multiplicaban, en unos instantes coparon todo el litoral hasta
donde la vista alcanzaba, y seguían saliendo más y más, parecía que las
entrañas del subsuelo se habían desbocado pariendo de manera interminable estas
raras criaturas. Los lugareños, un tanto aturdidos por el zumbido que
acompañaba la dantesca escena, como si estuvieran siendo hipnotizados permanecían
oteando estupefactos, haciéndose cada vez más visibles y vulnerables a
cualquier posible hostilidad por parte de los recién llegados; quizás esa era
la función efecto del zumbido que se esparcía en el espacio. De pronto, como si
se tratara de una macabra coreografía, las criaturas alzaron sus brazos,
lanzaron un gruñido ensordecedor, y amenazadores se lanzaron a la carrera
contra los grupos de curiosos ubicados en las riberas. Solo unos cuantos
lograron reaccionar y huir, los de las primeras líneas fueron alcanzados,
despanzurrados, y rápidamente devorados. Las huestes infernarles tenían garras
fuertes y filudas, así como mandíbulas dotadas de dientes aserrados, que
desgarraban la carne y tendones con gran facilidad. Cuando alcanzaban a sus
presas, empezaban mordisqueando los genitales y las partes blandas; aun con
vida les devoraban las entrañas a sus víctimas, continuaban luego con los músculos
y tendones hasta dejar solo las osamentas completamente descarnadas, entonces
se lanzaban sobre una nueva víctima.
Las personas que lograron escapar de
la primera embestida de la apocalíptica horda, corrían por sus vidas, y aunque
no había comunicación oral, a su paso todos se alertaban y se unían a la huida
aun sin saber de qué huían; era fácil leer y
contagiarse del pánico de los huyentes. El dantesco enjambre solo se detenía
unos instantes para devorar a cualquier ser vivo que tuviera sangre y carne,
luego continuaban para atrapar la siguiente presa.
Conforme iban asolando y desolando
aldeas y caseríos, también seguían creciendo en número; y es que esta especie
de seres, todas eran hembras, y no requerían de machos para procrear; se
reproducían por partenogénesis, eso les permitía parir y reproducirse mientras
continuaban cazando.
El fenómeno de la repentina aparición
de estos seres se había dado en todas las playas del mundo, era un fenómeno
global, y en su avance hacia el interior de la parte continental iban
acorralando a todos los seres vivos, haciendo inminente que sucumbieran a su
voracidad. Cuando todos los frentes convergieron en los centros de las zonas
continentales, detrás de ellos dejaban diezmado y aniquilado todo tipo de vida
caminante, voladora o rastrera, excepto algunos insectos pequeños.
Ahora ya no quedaba nada que pudiera
saciar la enorme voracidad de las infernales huestes. Frente a frente, se
miraron a los ojos, lentamente fueron alzando los brazos; un alarido
estentóreo, que se oyó por toda la faz del mundo; pues un calco de este evento
se estaba dando en todos los puntos centrales de las zonas continentales.
Entonces se desató el canibalismo, especie contra especie, raza contra raza;
hermana contra hermana…La matanza en pro de la tragazón, Todos contra todos; la
sangre inundando el suelo; alaridos amenazantes, gritos de dolor, ayes de
agonía. Nadie se detenía, ataque y defensa. La muerte no cesaba de danzar de
aquí para allá… Igualmente, la vida continuaba brotando.
Muchas de estas criaturas iban
pariendo mientras atacaban y eran atacadas. Era tan insaciable su voracidad
que, las madres alumbraban, y al instante devoraban a sus crías intentando
evitar que las demás las despojaran de esos bocados.
Cada vez eran menos en pie; los campos iban quedando cubiertos únicamente por
osamentas desnudas, y es que estos seres infernales no desperdiciaban nada, ni
musculo, ni piel… hasta la sangre que caía era lamida del piso. La vida valía
poco en ese contexto, un bocado de carne importaba más que exponer la
existencia.
Cuando solo quedaron unas pocas,
empezaron las persecuciones, muchas de ellas como actos suicidas. Literalmente
morían por su desmedida glotonería.
Finalmente, las pocas sobrevivientes
que quedaron, se guarecieron de manera solitaria en cavernas, o se retiraron
hacia las montañas, pero lamentablemente sin oportunidad de sobrevivencia ni
como individuos ni como especie. Si parían, se comerían a sus hijas. Su
extinción estaba marcada como pronto; y con ello
también se determinaba la extinción de la vida en el planeta…
Quizás los insectos desarrollarían
más sensatez y evolucionarían a ser las nuevas especies dominantes de este
mundo...



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