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domingo, 10 de abril de 2022

SOMBREROS PARA LA NOCHE




 Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.


  (Derechos de autor, protegidos)



Temo a la eterna, silenciosa y solitaria noche entre la que deambulo, pero aun así no detengo mi andar. Habito un mundo de barrotes que a duras penas si los distingo, mas, percibo rejas y encierro por doquier. Creo que fueron destinados para detener mis pasos, y sin embargo no lo consiguen, ya que soy como volátil humo viajando con el viento de aquí para allá, aunque no más allá de esta bóveda oscura donde sólo hay cabida para mí y los demonios que debo enfrentar… mis propios demonios… Sí, ellos son de mi exclusiva propiedad, están dentro de mí; y aunque se empeñan en torturarme mostrándome cada minuto siguiente como insalvable, siempre me doy maña para caminar hacia nuevos instantes que se eternizan junto a mi imperecedera existencia.

Mientras dormía de pie, soñé con una lucecita, tenue, tibia, pero suficiente para que hoy, inicie mi solitario vuelo con una sonrisa…

¿Crees que por soñar lo que quizás no me corresponde soy un orate?










sábado, 9 de abril de 2022

EXTRAÑO Y LEJANO COMO CARICIAS DE AYER




                  Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.

  (Derechos de autor, protegidos)



El noble león no detiene su huida, aunque herido y cansado aún se mantiene en pie. Tiene el anhelo de llegar pronto a sus bosques abiertos y sabanas donde él es el Monarca,  pues sabe que su grácil y delicada hembra, cual fémina cariñosa y complaciente, aguarda annsiosa, confiando en que por ella vendrá un guerrero y no un desgastado ejemplar de circo...

Ya está cerca. Ya siiente el olor de sus territorios, y el aroma de las feromonas de ella...










viernes, 8 de abril de 2022

VARADOS EN UNA PESADILLA

                                       


Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.

  (Derechos de autor, protegidos)



El filo de la hoja inicia su premeditado recorrido abriéndose paso entre el ruido de la muchedumbre y el espacio propiedad del viento. La piel no le detiene, el tejido pulmonar tampoco. Limpiamente, el frío metal se aloja en el mismo centro del corazón, susurrando que su mensaje es el último, que luego de ello no habrá más…

Un ¡OH!, y luego, el dictatorial silencio. El hombre empieza su lenta caída. Desde su cuerpo erguido hasta el suelo, hay una eternidad… Y sí, todos pueden ver al detalle cómo se desploma. Él es una leyenda y las leyendas caen lentamente, pues tras su caída arrastran todo un orden, una filosofía, un modo de interpretar y enfrentar la vida…Está cayendo un ejemplo a seguir.

Cuando su boca abierta, por fin mordió el polvo, miles de manos cubrieron millares de rostros pletóricos de estupor. Ya nada sería igual. Quien trajo el mensaje del fin, puede descansar y gozar la satisfacción de ver su obra cumplida.

“Nunca mates a quien hace la historia, si no eres capaz de continuar escribiéndola tú, o muchas almas quedarán gritando en el vacío”.



















viernes, 1 de abril de 2022

SOMBREROS PARA EL DIA




Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.

 (Derechos de autor, protegidos)




Si se desmoronan mis piernas y brazos, me recluyo en mi diminuto ataúd en el que apenas cabe mi torso, mas desde aquí puedo emprender mi vuelo migratorio hacia cielos demenciales donde los pies no son los que dejan huellas. Déjame ir a ese mundo  que para ti es bizarro, ese donde las casas se construyen con humo, con palabras o con pensamientos delirantes. No te interpongas, Lógica, o atravesaré tu perceptible presencia como saeta irracional que soy. Esto está destinado a los sensibles y a los orates… y de eso, traigo mucho en mis bolsillos. Apártate Sensatez, que mi rumbo ya está trazado y es ineludible ¿O creen que me vestí de amarillo y pinté mi rostro de dos colores para hacer juego con la cordura?

Este enajenado no huye, se guarece en la sinrazón, pues aquí siempre es tibia la soledad.








jueves, 10 de marzo de 2022

RODARON LAS IDEAS DEL BAUTISTA




Ilustración y poema de Oswaldo Mejía.

 (Derechos de autor, protegidos)








Guardianes descarados

Alardean con su voz.

El rebaño esgrime “haches”

Loas a su redentor.

Las lenguas lamerán,

El soberano eructará.

La diferencia es melodía…

¡Cierren puertas los de atrás!

¡Cierren puertas los de atrás!

 

Son cantos de sirena,

Son mentiras desde afuera.

Sólo huecos al vacío…

¡Cierren puertas los de atrás!

¡Cierren puertas los de atrás!

El pregón es la locura…

¡Cierren puertas los de atrás!

¡Cierren puertas los de atrás! 










lunes, 7 de marzo de 2022

LA SEÑAL




Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

Cap. 17 del libro "Delirios del Lirio"

(Derechos de autor, protegidos)






¡Brooooooom! ¡Brooooooom! ¡Brooooooooooom! ¡Brooooooooooom! ¡Brooooooom!

El ruido ensordecedor, repetitivo y acompasado, cada vez más cercano, hacía temblar el suelo como si se tratara de las pisadas de un gigantesco coloso. Me levanté asustado pero presto a dar batalla a lo que fuere, mi naturaleza de veterano guerrero así me lo imponía. Instintivamente me calcé el yelmo y cogí mi hacha de dos filos. Aunque estaba desnudo, aquellos elementos me bastaban para protegerme y enfrentar cualquier situación que pusiera en peligro la integridad de la Semidiosa, esa que se me había encomendado salvaguardar y con quien compartía mi lecho. Antes de salir de la habitación me volví para echarle una mirada. Estaba en total desnudez, agazapada en un rincón, con la mirada desencajada y los labios en “O”. Su pánico se hacía evidente en el color verde esmeralda al que había virado su piel, tonalidad propia de los desamparados. Me acerqué con intención de abrazarla, pero ella no me lo permitió. Me atajó con un movimiento de manos que danzaron en el aire cual mariposa aturdida, centró su mirada llorosa en mis pupilas y exclamó:

 -¡Vienen por mí! ¡Otra vez vienen por mí!

 Yo también la miré pese a que en esa contemplación había desconcierto ¿Quién? ¿quiénes venían por ella? No me detuve a pensarlo, simplemente salí corriendo del recinto dispuesto a dar la vida por ella, nadie iba a llevársela, no se lo dije, pero lo di por sentado. El ruido y el temblor que semejaba las pisadas de un gigantesco coloso habían sido reemplazados por un griterío impreciso donde se entremezclaban plegarias de mujeres, llanto de niños, retumbos de marchas a la carrera de decenas de soldados y órdenes de oficiales que los conminaban a ocupar lugares estratégicos.

A punto estaba de llegar a las murallas de protección cuando un oficial se interpuso en mi camino, cubrió mi desnudez con un taparrabo de piel y a continuación me dijo:

-Son cientos de miles de seres que parecen salidos de las mismas entrañas del     infierno.

Con unos cuantos trancos recorrí las escaleras que me condujeron hacia lo alto de los andamios que servían para transitar el perímetro amurallado. Miré hacia el horizonte y lo que vi era espeluznante, incluso para mí que infinidad de veces me había visto cara a cara con la muerte. Hasta donde alcanzaba mi vista, estaba plagado de cuadrúpedos deformes. Sus cuartos traseros más pequeños, les otorgaba una marcada ondulación en sus lomos a modo de joroba. Hocicos enormes provistos de filosa dentadura remataban su amenazante corporeidad cubierta de crines e hirsuto pelaje negro. En el centro del enjambre, se erigía una descomunal anda y sobre ella, un trono en el que estaba sentada una fémina demoníaca completamente desnuda. De su entrepiernas salían llamaradas. Detrás de ella, tres monjes con túnicas grises, sujetaban un cartel que llevaba escrito “SOY LA DUDA, LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS”

En las murallas seguían los ajetreos y correrías de los soldados y oficiales preocupados por abastecer de pertrechos a quienes, en primera línea, inútilmente intentarían repeler el inminente ataque cuando este aconteciera. Uno de los tres sacerdotes cogió una tea y la encendió con el fuego que brotaba de la entrepiernas de la infernal dama. Bajó de las andas y la muchedumbre le abrió paso. El monje no caminaba, se deslizaba levitando a unos veinte centímetros del piso y así fue acercándose hasta el portón que flanqueaba la entrada a nuestra ciudadela.

-¡Hey,  tú, guerrero! LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS reclama a la Semidiosa que albergas y pretendes proteger ¡Entrégamela y ven tú con ella! Tienes la promesa de que, si lo haces, seguiremos de largo sin llevarnos ninguna de las vidas de esta nauseabunda aldea.

En voz baja pedí a uno de los oficiales que me alcanzara un perol de aceite hirviente e incandescente y sorpresivamente lo arrojé contra el monje, como respuesta a su propuesta.

- ¡Púdrete en los infiernos, tú y tu soberana! - Mientras el monje se retorcía carbonizándose, elevé amenazante mi hacha de dos filos y vociferé retándoles:

 -¡Vengan por nosotros, huestes de esa ramera infernal! Aquí los espera el filo de mi hacha y la fortaleza de mi alma iracunda.

LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS se puso de pie y aunque no podíamos oír lo que decía, intuí que arengaba a su horda a atacarnos pues sus movimientos eran enérgicos y no cesaba de señalar nuestras murallas como objetivo principal.

Miré a mí alrededor. En los rostros de los oficiales, se reflejaba el pavor de la cercanía del fin. Sentí que todos, en silencio, me preguntaban con tono de acusación “¿Qué hiciste?”. Debo reconocer que tenían razón para hacerlo ya que, arbitrariamente, los había condenado a una muerte segura pudiendo evitarlo con sólo entregarme y entregarles a la Semidiosa. LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS nos quería a los dos, nada más…

Afuera, el enjambre diabólico se movía de aquí para allá como una marejada, estaban ansiosos esperando la orden para arrasarnos sin piedad alguna. Unas cuantas criaturas subieron al anda y encendieron unas teas que hundieron en la entrepierna de la fémina infernal que los guiaba. Con anterioridad, habían apostado varias catapultas frente a nuestras murallas y varios grupos de aquellas cuadrúpedas criaturas las iban cargando con una sustancia oleaginosa mientras que los portadores de las teas iban encendiéndolas una a una. En ese instante y de un modo impensado, súbitamente el cielo se oscureció. Las lenguas de fuego que emergían de las cargas de las catapultas y de la entrepierna de LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS, eran la única iluminación existente sobre la faz de la tierra, tornando más tétrica la presencia de aquel enjambre de heraldos de la muerte. Los que estábamos tras las murallas no podíamos distinguir nada, sabíamos que estábamos allí pues escuchábamos el llanto, la respiración agitada y las plegarias de quienes teníamos cerca.

De pronto, a nuestras espaldas, un resplandor celeste acaparó nuestra atención. Todos los que estábamos en la muralla volteamos en actitud defensiva esperando lo peor. Quedamos paralizados al ver a la Semidiosa en la plenitud de su desnudez. De su piel irradiaba aquella luz celestial. El pánico había desaparecido al igual que su mirada llorosa. Se dirigía resueltamente hacia el portón de entrada. Cuando logré salir de la quietud en que nos sumió su radiante presencia, bajé velozmente y me interpuse en su ruta. La Semidiosa estiró su brazo y señalando con su índice la entrada, me ordenó:

-¡Abre ese portón! He vivido toda mi existencia esquivándola, pero ha llegado el momento de enfrentarla. Ella, LA DUDA, MADRE DE TODOS LOS MIEDOS, es mi madre, pero ya no le temo más. No intentes detenerme.

Sus pupilas estaban desmesuradamente dilatadas, parecía en trance, sus ojos se presentaban negros en totalidad, sin iris, una mirada sin brillo, casi sin vida. Quise atajarla, pero al acercarme a su resplandor, se me chamuscó la palma de la mano y una fuerza sobrenatural me arrojó de espaldas varios metros atrás. No sentí el dolor del impacto de mi caída ni el ardor lógico de la quemadura en mi mano, pero sí noté que mi hacha había desaparecido de mi otra mano y en su reemplazo empuñaba una larga pluma blanca.

La Semidiosa continuó su camino ante la atónita mirada de todos los que estábamos en este lado de la muralla. Cuando llegó al portón, su proximidad hizo estallar en mil pedazos los bloques de madera reforzada con hierro, infundiéndole miedo a la horda de sitiadores. Ella, impasible, prosiguió la marcha. A su paso, aquellas bestias babeantes y atontadas, se hacían a un lado.

Cuando llegó al pie de las andas, LA DUDA, MADRE DE TODOS LOS MIEDOS, se irguió al verla. La Semidiosa con su refulgencia se le acercó, le tomó las manos y le dio un beso en la frente. Instantáneamente el anda fue el epicentro de una gran explosión cuya onda expansiva desintegró todo resto de ese infernal enjambre. A quienes estábamos en este lado de la muralla nos llegó una ola de cenizas que amenazó con asfixiarnos, mas, pronto se disipó, nos permitió salir y ver a la Semidiosa de rodillas en el mismo lugar donde antes estuvo el anda… sola y desnuda. Corrí hacia ella con una manta que hallé y cubrí su cuerpo.

Quise tomarla en brazos para llevarla a lugar seguro, pero en ese momento se desató una gran tormenta, pero no era agua, eran plumas ¡Plumas blancas! Quedé aturdido por lo que sucedía, mas, cuando pude reponerme, la extraña tormenta cesó, el suelo estaba cubierto con las plumas, y ya no estaba la semidiosa. Me puse de cuclillas y comencé a limpiar la zona, necesitaba hallarla, temí que se asfixiara debajo de ese mar de plumas, eran millones de plumas blancas cubriéndolo todo, pero…

- ¿Dónde está? ¡Respondan! - grité a los pocos hombres que habían sobrevivido a ese fenómeno inusual- Silencio absoluto, cabizbajos, sólo atinaron a señalar hacia mis espaldas.

A lo lejos, entre nimbos, alcancé a ver una guadaña, la sombra de la muerte…y ella, mi niña semi-diosa…transportada en sus brazos hacia el más allá…

- ¡Nooooooooooooooooooooooooo!-Mi aullido atravesó el firmamento y el cielo se oscureció…

Continúa...











domingo, 6 de marzo de 2022

EVADADORA





Ilustración y poema de Oswaldo Mejía.

 (Derechos de autor, protegidos)







¡Madre! ¡Madre! ¿Estás allí?

… ¿Es que mis lágrimas no me permiten distinguirte?

Me proveíste del agua de tu mar,

Pero me falta tu cariño.

Necesito la tibieza de tu seno; tengo frío y el vivir me duele.

¡Madre! ¡Madre! ¡Vuelve a mí!

¿Quién lavará mis pánicos?

Temo dar mis pasos en soledad.

¿Quién acariciará mis escamas, para convertirlas en plumas?

No me condenes a ser reptil el resto del camino.

No me niegues la oportunidad de ser ángel.

¡Madre! ¡Madre! ¿Estás allí?

… ¿Es que mis lágrimas no me permiten distinguirte?
















NO REVERSIBLE


Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

Cap. 15 del libro "Delirios del Lirio"

(Derechos de autor, protegidos)




*-¿Deseas saber quién eres?  Quizás Debas viajar hacia ti mismo, rebuscar entre tus recuerdos olvidados…en lo más recóndito de tu mente… yo esperaré aquí tu retorno…

 

La luz del sol atravesando nuestros parpados anuncia un nuevo día para ir hacia no sabemos dónde, en compañía de no sabemos quiénes,  para hallar  quien sabe qué.

-¡Despierten!…- Recibimos órdenes de quienes no vemos, ni escuchamos, ni sabemos nada…y nosotros obedecemos. Todos a la vez abrimos los ojos en el momento preciso para un nuevo día, y sin mediar pregunta o palabra alguna, todos a la vez nos ponemos de pie esperando la orden -¡Caminen!- Entonces, juntos emprendemos  la caminata por la ruta que se nos vaya indicando.  Somos muchos, mas todos obedecemos esas órdenes silenciosas que retumban dentro de nosotros.

Tenemos al Sol abrazador quemando nuestras espaldas, y nuestros pies sangran. Sólo eso tenemos, nuestro dolor  y el vacío de nuestras mentes. Nuestras almas también han empezado a dolernos, pero seguimos caminando. Pasamos sobre arenas calientes, campos espinosos y rocas filosas.

La caminata no se detiene mientras no recibamos orden de hacerlo. Cualquiera de nuestras necesidades fisiológicas debemos atenderla sobre la marcha, sin detenernos. Nuestra suciedad queda en el camino, y quienes vienen detrás la pisotean embarrándose  los pies heridos y empolvados.  Hasta hace poco sólo teníamos dolor en nuestras pieles; pero ahora este se está apoderando también de nuestras mentes…

Tenemos un recuerdo borroso de que llegamos desde muy lejos.  No sabemos cómo ni cuándo, pero ese recuerdo está allí. Lo único que tenemos claro es que hace mucho tiempo llevamos caminando por estos rumbos, los cuales parecen no tener fin.

En un momento del día llega la orden -¡Deténganse!- Todos la percibimos; pero no hubo sonido… mas, obedecemos. Todos elevamos nuestras miradas hacia el cielo, pero no lo miramos. Nuestra atención está fija en la aparición de algo que estamos esperando ¡Y sí! Empezó a caer del cielo una lluvia de bolitas blancas. Las cogemos en el aire con nuestras bocas abiertas y también con nuestras manos extendidas; y las tragamos rápidamente. Cuando el cielo deja de dar, bajamos nuestras miradas, nos agachamos para recoger e ir comiendo las bolitas que cayeron al suelo en nuestro rededor.

-¡Caminen!- Es la orden, siempre sin ruido alguno. Todos obedecemos. Seguimos un camino que vamos descubriendo paso a paso. La luz del día va apagándose mientras el cielo varía de color. Ahora es rojo como nuestra sangre. Así va presentándose la noche.

-¡Deténganse!- Esa es la orden sin sonido que se nos impone. Nos detenemos, y en ese mismo lugar nos sentamos o recostamos. Momento para rascarnos o sobar nuestras heridas, esperando aliviar en algo nuestro dolor. Poco a poco la masa va compactándose. Nos vamos juntando hasta rozar nuestros cuerpos, esperando el momento de la orden -¡Duerman!- Orden que no oiremos, pero que hará caer nuestros parpados. Mañana será siempre igual al día anterior: el  amanecer, la caminata diaria, y la misma pregunta que hace un tiempo da vueltas en nuestras cabezas -¿Qué hacemos aquí?-  …Igual, no habrá respuestas…

Nos despierta una luz tan intensa, que hiere nuestros ojos, a pesar de que nuestros parpados estaban cerrados. Luego sentimos un estruendo y el piso se sacudió violentamente. Cuando nos dimos cuenta, nos mirábamos los unos a los otros. Los ojos y las bocas abiertas, buscando respuestas en nuestras miradas llenas de asombro… Las luces hirientes se repiten, así como los estruendos y temblores. Vamos juntando nuestros cuerpos, buscando compartir nuestra confusión, y hacer de nuestro temor uno solo. Juntos estamos conociendo al miedo.

Este día no hubo las órdenes. Estábamos despiertos y mirando el cielo porque nos despertaron las luces hirientes, los estruendos y los temblores. Por primera vez no estamos vacíos… estamos llenos de pánico, pero atentos. Vimos grandes bolas brillantes volando de aquí para allá, y no eran estrellas. Estas se movían rápidamente dejando marcas a su paso, como si arañaran el cielo.

Aquel día sin órdenes silenciosas, no hubo caminata, no hubo bolitas blancas cayendo del cielo. Pasamos todo el tiempo mirando atentamente al cielo. Algunas veces las luces hirientes eran tan fuertes que quedábamos ciegos por un rato;  entonces buscábamos que tocarnos con las manos, como para saber que seguíamos allí. Así fue que nos percatamos que a algunos nos había aparecido una protuberancia en cada omóplato; aunque nuestro miedo no nos permitió darle mucha atención al hecho.

Así, con todo ese miedo llenando nuestras mentes, llegó el atardecer. Las luces hirientes, los estruendos y los temblores fueron haciéndose cada vez más distanciados…más lejanos…hasta hacerse, apenas un zumbido, que luego se perdió en el silencio. Y no hubo más… La noche se acercaba. El cielo se tiñó de color rojo, entonces nos dimos cuenta que habíamos pasado el día sin la compañía de los invisibles que guiaban nuestra vida.

Jamás los habíamos visto, pero sabíamos que estaban allí, caminando con nosotros y entre nosotros. Invisibles pero allí, guiándonos… Y hoy no estuvieron…

Esta mañana el miedo se nos había presentado por primera vez, y con él vino también eso que, aunque muy débil, empezaba a encenderse en nuestras mentes primitivas. Supimos que esa masa que caminaba día a día, éramos “Nosotros”. Unidos en el miedo, supimos que nos teníamos los unos a los otros…

Con la noche se nos presentó el miedo más grande… La soledad que grita el abandono ¿Quién nos guiaría hacia lo desconocido del siguiente paso? Llorando en silencio a la noche sorda, nos fuimos quedando dormidos. Sin órdenes silenciosas que nos indicaran cerrar nuestros parpados, sin la…vigilante…compañía…de los…

Al amanecer,  cuando sentimos la orden silenciosa -¡Despierten!- Abrimos nuestros ojos, y nos encontramos con una mañana sin Sol y un cielo nublado. Nuestros cuerpos estaban empapados; la noche debió llorar sobre nosotros mientras dormíamos. Su llanto debió ser de tristeza, pues lo que cayó sobre nuestras pieles fueron lágrimas negras y malolientes.

-¡Caminen!- Nos pusimos de pie y empezamos la caminata diaria. El saber que quienes nos guiaban, aunque invisibles, estaban nuevamente con nosotros y entre nosotros, invadió  nuestras mentes oscuras y vacías con una sensación desconocida…nos sentimos bien.

Algo dentro de nosotros había empezado a cambiar. De a pocos íbamos llenándonos de preguntas  -¿Por qué han empezado a aparecernos estos apéndices en nuestras espaldas? ¿Por qué nos hacen caminar estos senderos? ¿Hacia dónde vamos realmente?   ¿Por qué no nos dejan mirar hacia atrás?... De pronto, al sentir las órdenes silenciosas, olvidamos todo…y obedecimos.

Algunas veces, antes de la orden -¡Duerman!-  Miramos hacia el cielo, vemos las estrellas, y sin saber por qué, algunas lágrimas ruedan por nuestras mejillas. Quisiéramos decir algo, pero no sabemos cómo. Nuestras bocas resecas no saben decir nada. Son nuestras miradas las que a veces dicen cosas, pero es poco…o es…nada…

Otro amanecer. Otro día para caminar. Las órdenes de siempre: -¡Levántense! ¡Caminen!- …Y caminamos. Siempre hemos caminado vacíos, pero no lo sentíamos. Ahora empezamos a sentirlo, y nos duele. Cuando el sol estuvo sobre nuestras cabezas, pasamos por un campo donde sólo había arena y piedras, y llegó la orden silenciosa -¡Deténganse!- Sabíamos que era momento de mirar hacia arriba y esperar con nuestras bocas y manos abiertas, que cayeran las bolitas blancas ¡Y sí! Empezaron a caer, pero sólo por un instante… ¡Y dejaron de caer! Al inicio miramos al cielo con asombro, luego, algo dentro de nosotros se quebró, y dolió mucho. Queríamos preguntar al cielo porqué nos negaba lo bueno.  Nos sentimos abandonados. Lentamente fuimos bajando nuestras miradas y nos vimos a los ojos; vimos nuestras caras y tuvimos miedo unos de otros. Nos agachamos con profundo recelo, sin dejar de mirarnos a los ojos. Entonces no recogimos las bolitas blancas. Lo que cogimos fueron piedras.

Un zumbido llenó nuestras cabezas y luego las órdenes silenciosas doliéndonos.

-¡Atacar! ¡Atacar! ¡Atacaaaaaar!

Nunca antes habíamos sentido esas órdenes, pero obedecimos. Empezamos a lanzarnos las piedras unos a otros. Lanzábamos y recibíamos pedradas. Sentíamos mucho dolor con cada pedrada que golpeaba nuestros cuerpos, pero no nos deteníamos. A más dolor, más ganas de seguir lanzando pedradas.

No nos dimos cuenta en que momento fue y como empezó, pero de nuestras bocas salieron sonidos. Estábamos gritando. Temblábamos, sudábamos y sangrábamos. Muchos caían y no se movían más. Las piedras no dejaron de llover hasta que llegó la orden desde el silencio

-¡Deténganse!- Entonces fuimos soltando las piedras que aún teníamos entre las manos… Y vino la calma.

-¡Caminen!- Y empezamos a caminar los que aún podíamos hacerlo. Muchos sólo dieron unos pasos y luego cayeron. Los que veníamos más atrás pasamos pisoteando los cuerpos de los caídos y de los que siguieron cayendo en el camino.

-¡Deténganse!-

Nos dejamos caer. Estamos agotados. La sangre de nuestras heridas está secando, pero el dolor que nos dejaron las pedradas en nuestros cuerpos sigue allí. Y en nuestras mentes, un dolor más grande. Cada día conocemos algo nuevo, pero todo nos viene con dolor -¡Duerman!- …Con mucho…dolor…con…mucho…

Cuando desperté, el sol estaba directamente sobre mí, y a mi rededor sólo había unos cuantos cuerpos inertes… La manada se había ido, seguramente siguiendo las órdenes de los invisibles.

Una pluma blanca en el suelo llamó mi atención; la recogí y empecé a caminar en sentido contrario a las huellas que dejaron los que hasta ayer fueron “Nosotros”…

Continúa...




















viernes, 4 de marzo de 2022

EPISTOLAS DEL EXQUISITO


Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.

 (Derechos de autor, protegidos)





Esa bruja me tildó de falso.

-¡Quiero viajar y no me das el pasaje! ¡Tú sí irás a pasear a NEUROPA!-dijo.

Hubiera querido darle mi boleto…pero este viaje no se lo deseo a nadie; mueres poco a poco mientras observas el paisaje. No se sabe si avanzas o es el camino el que retrocede, las ventanas nunca dicen la verdad pura, siempre guardan algo de mentira… Quizá el vidrio le diga a la hechicera que me fui sonriendo, cuando en verdad, mis labios eran incapaces de manifestar alegría.

Sólo quiero desconectarme, detener este viaje a NEUROPA ¿Me servirán estas tijeras para intentarlo? Voy introduciéndolas por mi nariz… las puntas tocan mi cerebro, sangro profusamente y me duele el alma ¡Maldición, quiero hacerlo, pero no sé qué es lo que debo cortar!

¿Por qué te fuiste papá? Tú siempre estirabas tus manos y me alcanzabas todo…ahora esto está allá, muy arriba, y no logro desconectarlo.

Quiero detener este mi viaje a NEUROPA.

¡Papáaaaaaaaa! Estoy sangrando excesivamente y me duele el alma ¿Quieres decirme qué debo cortar para desconectarme?

Ahora voy a dormir, te espero allá, en mis sueños… No te tardes papá, es incómodo dormir con tijeras dentro de la nariz.

Esa bruja me tildó de falso.

-¡Quiero una escoba nueva y no me la das! ¡Tú sí te irás a pasear a NEUROPA!- Dijo